La desilusión en el trabajo

A mis 38 años aún, puedo decir sin miedo a equivocarme que quizá estoy atravesando por un momento difícil en el ámbito laboral o profesional. Me explico.

Típico que cuando me preguntaban para qué había elegido estudiar Psicología respondía totalmente convencida y segura “para ayudar a las personas”.

Con el tiempo descubrí que más que ayudar al resto era a mí misma a quien quería ayudar.

De eso han pasado ya más de 10 años quizá, y he transitado afortunadamente por distintos ámbitos de mi carrera.

En todos ellos siempre queriendo aportar, creyendo en que sí es posible generar un cambio social por muy adversa que sea la situación.

En varios de estos espacios de trabajo he salido hastiada por la corrupción, la violencia, por una realidad social marginal que se me viene encima.

Siempre recuerdo cuando en alguna intervención, con la mejor de las intenciones le decía a un joven “siempre la mejor vía para resolver los problemas es el diálogo” y él con esa experiencia que te da la calle me respondía “dígale eso a la bala que me disparan si intento ponerme a charlar y no salgo corriendo”.

¿Qué respondes?

Encoges tus hombros y tomas conciencia que por muy buena voluntad que tengas, estamos inmers@s en un sistema que es superior y que sería totalmente irresponsable seguir diciendo esas pelotudeces.

Si hay algo de lo que me hastié fue de trabajar en el área social.

Hay que tener estómago para estar ahí o hay que volverse indolente.

Yo no tengo ni lo uno ni lo otro.

Cuando miro hacia atrás los distintos empleos en los que he estado hay varios elementos en común:

Gente floja que no quiere hacer nada, gente floja que además de no querer hacer nada estorba o le molesta que el resto sí haga y gente inescrupulosa.

Ahora también hay la gente que sí quiere trabajar y aportar, lamentablemente, en muchos casos esa es la menor.

Yo siempre he dicho que para poder estar en un trabajo necesito vibrar con él, que me haga sentido.

Y es verdad, si no siento pasión por él, por lo que hago, lamentablemente no puedo estar, o mejor dicho, no estoy.

Esto va más allá de ganar dinero y de la necesidad que tenemos la mayoría de las personas que habitamos este planeta de pagar los consumos, la comida y de mantenernos.

Sin embargo de un tiempo para acá me he ido percatando de otra cosa:

El trabajo en vez de ser un factor protector y generador de placer se ha convertido en un factor estresante.

Persona con la que hablo me dice que está cansada, sin tiempo y lo que es peor, yo igual así me siento.

Agendas hasta mediados de año llenas o hasta fines inclusive, días a los que le faltan horas para poder responder con todas las demandas del resto.

Yo me pregunto: ¿para qué?

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Movimientos feministas

Déjenme contarles que desde hace ya un tiempo y especialmente durante este año, en Chile, los movimientos feministas han sido noticias por las diversas manifestaciones y protestas que han desarrollado.

Cada quien podrá tener sus propias apreciaciones sobre lo que entiende por feminismo y por movimientos feministas; sin embargo, el hecho es que han dado de qué hablar, estando en la palestra pública.

Estas manifestaciones están junto con otras como los derechos de las personas transgénero a tener su propia identidad, el derecho al aborto en 3 causales (violación, inviabilidad del feto o riesgo de muerte de la madre), ley Zamudio a propósito de un joven que fue vil y cruelmente asesinado y torturado por su orientación sexual, y que con esta ley se busca decir NO a cualquier forma de discriminación.

También han surgido otras leyes como la del acoso callejero que lo que busca es evitar que las mujeres sean víctimas de piropos malintencionados o que tengan una connotación sexual o peyorativa (eso es lo que al menos entiendo).

¿Por qué les hablo sobre esto?

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El inexorable paso del tiempo

“El tiempo pasa volando” Es una frase que tiene mucho de verdad y que lamentablemente, cuando nos damos cuenta de ello es porque justamente el tiempo ha pasado…

Recuerdo que antes cuando viajaba mis prioridades eran:

Hospedarme en lo que saliera barato, aseado y no importaba si era o no bonito o cómodo porque el centro de atención estaba en que había que optimizar el dinero para la rumba, el carrete, la salida después del congreso, en fin.

Eso además de hacer un reajuste en la economía de acuerdo al bolsillo de estudiante universitaria, implicaba también que podía perfectamente terminar de rumbear a las 7 de la mañana y a las 8 de la mañana estar de pie en el congreso escuchando la conferencia o lo que fuera que había que ir a ver.

¿Comida? Eso era lo de menos, optimizaba los cafés o colaciones que entregan en los congresos porque vuelvo a insistir, la prioridad era dinero y energía para rumbear.

Ojo eso sí que durante el día era productiva, es decir, asistía a las conferencias, participaba en los talleres, tomaba notas, de verdad había también un interés académico.

Tenía la energía y vitalidad de cualquier adolescente o mujer adulta joven, con la adrenalina circulando por mi cuerpo casi, a toda hora.

Era muy sociable, se podría decir, sin ánimo a equivocarme, que era el alma de la fiesta o una de las almas, al menos.

Simpática, extrovertida, enérgica y fanática del baile, se me iban los pies al compás de cualquier sonar de tambores, creo que esto último, debido a mi origen colombiano y la relación que algun@s tenemos con la música.

20 años más tarde mi vida ha dado un vuelco increíble y quizá para mis compañer@s de aventuras de esa época de estudiante universitaria, hasta inverosímil:

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