La vieja casona de mi tía

Recuerdo mi infancia con añoranzas y agradecimientos. Cuando era niña iba con mi madre y mi abuela a ver a mis tíos y tías a un pueblito cerca de mi ciudad.

En esos tiempos  era un panorama ideal, recuerdo que preparábamos maletas y nos íbamos por semanas.

Llegábamos a destino y todos mis tíos estaban fuera de la casa esperándonos con ansias y esos abrazos eran interminables.

Nos llenábamos de cariño, éramos un grupo grande y yo en ese entonces la única niña.

Traviesa y juguetona es como me veía, una niña feliz rodeada de amor.

Por su lado tenía un mundo de vecinos/as que me esperaban en la casa de al lado para comenzar a jugar rápidamente para aprovechar el tiempo.

Esos juegos en los que no necesitabas una consola o un computador, esos juegos donde compartías con los demás, donde podías tirar la pelota al vidrio de la vecina y esta salía con cara de enojada a decirte que no se repita.

Podíamos estar hasta altas horas de la noche y no pasaba nada malo.

Sabía que era hora de entrarme porque se sentía ese olor a comida exquisito que avecinaba que había terminado la jugarreta.

Me despedía de mis amigos y coordinábamos el día siguiente con hora y lugar… no perdíamos el tiempo.

Entraba a la casa de mi tía y continuaba para mí la diversión, pues después de cenar mi tía en compañía de mi mamá recogían la loza dejaban todo listo y jugábamos a las cartas, mientras mi abuela se iba a dormir.

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La ceremonia de titulación de mi sobrina

A decir verdad provengo de una familia pequeña, en la que del matrimonio somos 2 hermanas (mi hermana mayor y yo) y de su propia familia tengo 1 sobrina de 27 años aproximadamente.

La relación con mi sobrina cuando la miro a lo largo de estos años fue creciendo de menos a más.

Antes que ella llegara yo era el centro de atención, entonces antes que ella naciera, sentía celos y miedo que fuera a quitarme el lugar que tenía hasta ese momento.

Sin embargo, cuando nació tengo que confesar que todo cambió, me enterneció y también reconozco que el papel de mi hermana en esto fue fundamental porque no me hizo a un lado.

Todo lo contrario, me invitaba a que le diera de comer, a que la hiciera dormir, dejaba que la cargara, entonces dejaba que fuera parte de este hermoso proceso.

Yo adolescente, en ese entonces, seguí en mi mundo y cuando mi sobrina comenzó a balbucear las primeras palabras y dar los primeros pasos andaba detrás de mí.

Sinceramente, siendo adolescente, esto me molestaba o inquietaba porque como comprenderán en la adolescencia a duras penas te aguantas por rato a ti misma.

Cuando comenzó a dibujar me hacía infinidad de dibujos, podría decir sin temor a equivocarme que todos los días tenía este hermoso regalo.

De la infinidad de obras de arte que me hizo, guardo una preciada colección.

Así transcurrieron los años y yo terminé por convertirme en quien revisaba sus tareas, y quizá, a mi modo de ver, la veía.

Hasta que llegado un momento descubrí que en vez de estar siendo la tía estaba asumiendo el rol más de mamá, obviamente que darme cuenta de esto, fue gracias a un proceso terapéutico.

Ahí muy a pesar mío, decidí que era hora de asumir el lugar que me correspondía de ser tía, aún si eso implicaba dejar sola a mi sobrina en la casa, en términos de la presencia y el rol que venía trayendo con ella hasta ese momento.

Fue una transición dura y dolorosa, implicó que por decisión propia me fuera a vivir sola y ahí recuerdo las palabras de una gran amiga que me dijo: “si quieres ayudar a tu sobrina, demuéstrale que se puede ser feliz con tu propio ejemplo, que la vida puede ser distinta”.

Me costó no se imaginan cuánto, me dolió y sentí mucha culpa porque a pesar de saber que era lo que necesitaba hacer, también sabía que era abandonarla y por mi propia historia tengo temas con eso, porque sé lo que se siente ser abandonada.

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¿Crees en las señales?

Hace bellos y hermosos 9 años comencé la mejor aventura de mi vida, esa que te hace decidir y luchar, enfrentarte y atreverte a hacerle frente al mundo, aquella que sólo la intuición es guía y que es acompañada de claras señales que van dándote pistas de que es tu momento y que vas a la segura.

Se preguntarán de qué estoy hablando. Pues bien, es precisamente de lo que nos mantiene en pie, de lo que necesitamos para nutrir y embellecer nuestra alma, lo que purifica cada célula de tu piel… el Amor.

Crecí creyendo en cada cuento de hadas que me contaban, crecí pensando y sintiendo el amor en todos sus matices, sin embargo,  con el correr de los años todo se fue tornando de colores abstractos y poco nítidos que cambiaban mi forma de verlo, de sentirlo, pero de igual forma lo añoraba.

La ilusión estaba rota, pues pensaba que cada cuento de hadas de final feliz no era más que historias narradas en donde todo era bueno y en lo real no existía.

Estuve emparejada 6 años y junto a mi familia éramos todo un clan, en donde todo lo que hacíamos era comunitario, tan así que con mi en ese momento pareja habíamos perdido ese espacio de pareja, si bien es cierto nos queríamos y lo pasábamos bien pero si lo puedo graficar de mejor manera diría que éramos unos super amigos.

Si lo pienso creo que como pareja disfrutamos un año de los 6, ya el resto era el disfrute de estar juntos entre su familia y la mía, idas al campo, salidas a comer, disfrutar de tardes de canto, en fin, llegaba la hora de despedirnos y nosotros ya ni hablábamos sin ellos.

Tanto era el cariño de mi familia por mi pareja que cada ve se empezó a notar más ese claro interés porque en todo lo que hiciéramos estuviese… ya a mi no me veían.

Esto me llevó a aislarme, a sentirme extraña y claramente comencé a ilusionarme con que quería y anhelaba un cambio… pero obviamente no pasaba nada porque la rutina era trascendental en mi casa y familia.

Cuando ya sentía que debía quedarme cómodamente incómoda, es decir, rendida viendo cómo la vida pasaba frente a mis narices mi familia me pide que vaya a una de sus casas pues tenían una comida y querían que yo conociera a sus invitados.

Recuerdo que me negué tanto que me puse de mal genio con tanta insistencia, como vivimos en casas casi pegadas a mi tía no se le ocurre mejor idea que comenzar a golpear la ventana y gritar que me esperaban.

Me sentía como entre la espada y la pared, si me preguntan, creo que con ella jugaba a ser la rebelde, pues como es tan dominante yo no quería darle en el gusto, pero algo me decía que debía ir.

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Sí puedo ser tía

Siempre tuve la ilusión de ser tía o madrina, pero era imposible porque de partida no tengo hermanos/as, y mis primas/os hermanas/os  tienen a sus hijos/as y a pesar de habernos crecido como hermanas me hacían sentir que yo era esa tía madrina que tanto soñaba, me portaba como una mamá, disfrutaba haciendo esas tareas que a cuantas mamás les aburre, creo que a mi me gustaban porque sabía que era sólo a ratos, de hecho a medida que fueron creciendo viví experiencias tan lindas con ellos que hoy atesoro en mi corazón.

El destino conspiró en nuestra contra porque los grandes comenzamos a tener problemas de comunicación por diferencia de pareceres y ellos obviamente tomaron parte sin ni si quiera saber qué ocurría pero no los culpo por haberse alejado, atesoro esas muestras de amor vividas y hoy a pesar de que nos vemos ya nada es igual.

Con ellos tenía el sueño de que sin ser madre ellos pudieran saludarme para el día de la mamá, era un regalo que yo quería vivir que nunca llegó y que conversando con alguien muy especial me dijo que eso no correspondía, claramente si pasaba era un regalo pero obviamente yo no era la mamá de ellos. Pensé que cuando crecieran me contarían de sus cosas, podríamos ya más grandes tomarnos un café o compartir anécdotas, cosas que nunca se dieron.

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La viejecilla de gafas… Mi súper tía

Aún la veo en un rincón de la cocina, en su diván, sentada tejiendo las bufandas para sus sobrinos en una fría mañana de invierno… su forma de ver la vida era magnífica, una mujer extremadamente limpia, preocupada de que todo le combinara a pesar de no tener el disfrute de ver los colores, cocinaba y ese toque mágico que le daba a sus preparaciones no necesitaban verse sino sentirse… aquella viejecilla delgada, que caminaba mostrando en sus canas la experiencia de la vida dura que le había tocado vivir mostraba en todo su esplendor  cómo los años pasaban por su lado y la mantenían intacta a sus sesenta casi setenta años… la sabiduría en cada palabra, la sonrisa en los labios en cada conversación, sus manos con esas arrugas fruto del esfuerzo, pues para ella era difícil vivir pero la energía que irradiaba permitía que eso se mantuviera en el más completo anonimato.

Le bastaron siete años para vivir completamente “sana” y disfrutar de su familia, hermanos y hermanas, primos/as y tíos/as, del compartir con sus padres en tiempos antiguos donde se daba el espacio del disfrute, donde la tecnología no hacía de las suyas. De ahí para adelante una dura enfermedad acabó por arrebatarle la vista, imagina que de pronto todo se oscurece y te dicen que ya no podrás ver más, que eso literalmente había sido todo… En nuestras muchas conversaciones tuve el tiempo de conocer su infancia, sus dolores y amarguras y la postura con que enfrentó desde ahí su nueva situación, su nuevo enfrentar la vida… Y re-comenzó todo con esa chispa que le dieron sus siete años de vida guiándose solita y armando su propio recorrido.

Desde pequeña recuerdo que para mí era mi super tía, pues no entendía cómo ella andaba para todos lados, lavaba, cocinaba, planchaba, combinaba su ropa, sabía dónde dejaba sus remedios y cómo diferenciarlos, es que de verdad era para mí mi super tía.

Recuerdo que de noche la iba a acompañar a su pieza, pues le encantaba encerrarse tempranito y escuchar música, colocaba una radio viejita a pilas debajo de su almohada la que no se apagaba hasta el otro día cuando se levantaba. Eran unas conversaciones llenas de sabiduría y reflexión, siempre el optimismo y las ganas de vivir estaban intactas para ella y siempre me aconsejaba en cada cosa que le contaba.

Una noche antes de que se fuera a descansar hablamos justamente de eso, como si la vida nos estuviera preparando para separarnos, incluso reímos mucho porque ella era muy práctica, ya con su pensión de invalidez había comprado su terreno en el cementerio y su lápida, como verán era extremadamente ordenada y me decía que por favor no hiciera tal de gastar dinero en flores o misas, porque cuando ella partiera estaría tan bien que nada de eso sería necesario, como todos al hablar de este tema siempre creo que decimos “las cosas que hablas, si eres joven aún para eso”, o evitamos diciendo “no quiero hablar de eso”, pero como siempre ella tenía una muletilla que decía “yo te digo no más”.

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