Mundial de fútbol

Cada vez que tengo la oportunidad de disfrutar de un Mundial de Fútbol lo hago con mucha alegría pues es un evento que me encanta.

Creo que ello se debe en gran medida a que cuando era niña, solía ver los partidos de fútbol de los mundiales con mi cuñado.

Recuerdo que de él aprendí a colocar la tv en silencio y la radio encendida, entonces veía el partido y escuchaba la narración del partido de la radio.

Lo que no le aprendí era la calma con la que veía los partidos, ni se inmutaba, en cambio yo, intentaba no gritar; sin embargo, me costaba mucho.

Para mí cada vez que había un mundial de fútbol era una fiesta, además porque en Colombia en junio suelen ser las vacaciones de los colegios, así que mi único panorama en estas fechas era disfrutar del mundial, cuando había, y de la compañía de mi cuñado viendo el mundial.

A medida que fui creciendo esta fiesta se fue haciendo más complicada porque cuando ya eres adulta e ingresas al mundo laboral, por mucho mundial que haya tienes que ir a trabajar.

Por ende, la fiesta a veces se me aguaba porque por los horarios de los partidos, dependiendo en qué lugar del mundo se realizara el mundial, coincidían con mi jornada laboral.

Eso sí, cuando podía aprovechaba para verlos.

Ahora, a mis 39 años, veo con otros ojos el mundial:

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La vieja casona de mi tía

Recuerdo mi infancia con añoranzas y agradecimientos. Cuando era niña iba con mi madre y mi abuela a ver a mis tíos y tías a un pueblito cerca de mi ciudad.

En esos tiempos  era un panorama ideal, recuerdo que preparábamos maletas y nos íbamos por semanas.

Llegábamos a destino y todos mis tíos estaban fuera de la casa esperándonos con ansias y esos abrazos eran interminables.

Nos llenábamos de cariño, éramos un grupo grande y yo en ese entonces la única niña.

Traviesa y juguetona es como me veía, una niña feliz rodeada de amor.

Por su lado tenía un mundo de vecinos/as que me esperaban en la casa de al lado para comenzar a jugar rápidamente para aprovechar el tiempo.

Esos juegos en los que no necesitabas una consola o un computador, esos juegos donde compartías con los demás, donde podías tirar la pelota al vidrio de la vecina y esta salía con cara de enojada a decirte que no se repita.

Podíamos estar hasta altas horas de la noche y no pasaba nada malo.

Sabía que era hora de entrarme porque se sentía ese olor a comida exquisito que avecinaba que había terminado la jugarreta.

Me despedía de mis amigos y coordinábamos el día siguiente con hora y lugar… no perdíamos el tiempo.

Entraba a la casa de mi tía y continuaba para mí la diversión, pues después de cenar mi tía en compañía de mi mamá recogían la loza dejaban todo listo y jugábamos a las cartas, mientras mi abuela se iba a dormir.

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Mi supuesta amiga y hermana

Hace mucho tiempo tuve la dicha de conocer a una amiga, de esas que caen como estrellas fugaces en tu vida, esas que ni te avisan, esas que con simples sonrisas llegan para quedarse y enseñarte formas distintas de ver la vida.

Creo que el poder de la amistad es infinito y poderoso y cederle poder puede ser muy peligroso pues nos inundamos de las cosas buenas y las malas quedan guardadas o nunca afloran.

Pasamos momentos muy lindos con ella, de hecho la conocí porque llegó a trabajar a mi oficina, el grupo de compañeras en ese entonces era delicioso, pues a pesar de tener a una Jefa algo loca (risas) lográbamos pasarlo bien y generar un buen trabajo en equipo.

Ella estuvo presente en muchos momentos importantes de mi vida, lo cual le agradezco infinitamente.

El tema es que esta estrella fugaz de un día para otro comenzó a alejarse, se volvió muy yo-yo (modismo que define que sólo existía ella).

Justo dejó de trabajar con nosotras y creo si mal no recuerdo que tuvimos la dicha de reunirnos tal vez un par de meses que seguían, de ahí no más.

Ya no teníamos tema de conversación, sólo era pasarlo bien y salir de fiestas, ya no existía un cómo estás…

Eso generó que yo comenzara a inquietarme, pues de pasar a compartir a diario y a reírnos de la vida y sus matices pasamos a ni vernos, ni llamarnos sin explicación alguna.

Recuerdo que hice muchos intentos de llamarla, de ir a su casa y nada.

De hecho varias veces la encontré en la calle y me saludaba muy atenta pero siempre con un tono como de “ocupada”.

Un día me avisan que fallece su hermano en un trágico accidente, obviamente dejo de lados todas mis dudas e inquietudes y pienso que lo ideal es ir a acompañarla en tan doloroso momento.

Cuando nos vimos nos dimos un abrazo tan exquisito que creo que dejaba entre ver que había mucho cariño y que aún tenía la chance de conversar con ella y ver qué le pasaba.

Claramente no era ése el momento, ella me dice que con lo de su hermano ella pretende recuperar el tiempo perdido y remediar las estupideces que hacía desde que se había salido de su centro, con esas mismas palabras que no olvido.

Yo me alegro y le digo que qué rico sería tenerla de vuelta, pues siempre hubo una conexión como si en alguna otra vida hubiésemos sido hermanas.

Si cuando fuimos de visita al cementerio hace algún tiempo nos quedamos perplejas cuando vemos la tumba de una hermana mía que falleció antes que yo naciera que lleva su mismo nombre y año de nacimiento.

Cosas así fueron las que nos generaron mucho amor y cariño, esas cosas que la vida te brinda sin aviso y que llegan como sorpresas positivas a alimentar tu alma.

Ella es de muchas palabras y fue así que cuando salimos del funeral de su hermano me prometió y juró que nos juntaríamos.

Pasó mucho tiempo y nunca lo hizo, salvo cuando mi pareja le pidió que estuviera en mi cumpleaños, que era preparado de sorpresa por lo que mucho después me enteré.

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Aprender a conducir

Desde que era niña soñaba con manejar un auto, carro o vehículo como quieran llamarle. Recuerdo que tendría más o menos 8 años, tomaba alguna tapa de olla de la cocina, las cajas de betún y los cepillos para sacar lustre a los zapatos, con esta confesión, estoy revelando mi edad de manera exorbitante jaja.

Me sentaba dentro de una especie de bañera o si no, así no más, en el piso y simulaba que entre las cajas de betún y cepillos para sacar brillo, eran los pedales, que la tapa de la olla era el volante y si por ahí había una sombrilla o paraguas era mi caja de cambios.

¡¡¡Listo a conducir se dijo!!!, podía pasar horas jugando a eso, imaginando que recorría grandes distancias, que a veces en vez de auto era un bus de transporte público y entonces la cosa se ponía más entretenida porque tenía que lidiar con pasajeros (tod@s en mi imaginación) y dar vuelto.

Al crecer, a los 36 años, pude comprar mi primer vehículo, es un jeep y le amo, me imagino como tod@s aman o recuerdan a su primer auto.

Ya teniendo el jeep, estaba lista para evocar esos juegos de infancia; sin embargo, tenía un problema o una dificultad: Aprender a conducir y además sacar la licencia para manejar.

Me matriculé en un curso de esos en que te llevan en un auto y el/la instructor/a anda con pedales adaptados en el lado del/a copiloto/a por si requiere usarlos.

Lo encontré súper precavido; sin embargo, el problema era cuando la instructora (en mi caso) maniobraba los pedales y yo ni cuenta me daba, o me daba instrucciones para estacionarme de reversa y yo obedecía por inercia sin comprender qué era lo que estaba haciendo.

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El poder que le cedí al miedo

 

De niña siempre lo digo tuve una infancia tan exquisita, tan perfecta que crecí pensando que el mundo era espectacular porque simplemente estaba rodeada de mi familia que eran muchos/as y recuerdo los cumpleaños, los malones, las fiestas y todos en patota. Hija única viviendo con adultos era muy entretenido pues era la regalona (modismo chileno para referirse a consentida), de ellos/as y los ojos de mi madre. Pasaba días tan lindos, en un ambiente donde al menos para mí todo era como de cuento, salía a pasear de la mano de mamá, intentaba aprender a andar en bicicleta y ella se sentaba a verme. La protección y esa unión tan fuerte que teníamos era sencillamente deliciosa y permitía que yo fuera y me sintiera la niña más feliz del mundo. A medida que llegaba la noche como yo era muy niña le pedía a mamá dormir juntas, y ahí toda la alegría se transformaba en una opresión en el pecho, pues siempre que nos acostábamos ella tomaba mi mano y me daba el beso de buenas noches y yo cuando ella lo hacía sentía mucha angustia, ganas de llorar y le decía que tenía mucho miedo de que ella se pudiera morir. Creo que ella intentaba consolarme pero que a ella igual le hacía sentido o al menos quedaba con la misma angustia no expresada.

Tuve la dicha de tenerla junto a mi hasta los 15 años de mi vida cuando un cáncer terminal le quitó la vida drásticamente, yo veía que ella se iba apagando lentamente y no podía aguantar el dolor que sentía de verla con todas esas cosas que le colocan en el hospital, por lo que le pedía con todas mis fuerzas a Dios que se la llevara y que yo me haría cargo de mi vida… creo si bien nunca me arrepentí de lo que pedí, nunca dimensioné el dolor hasta el día de hoy que siento por no tenerla, es más siempre le pido al universo la dicha de encontrármela en sueños para volver a sentirla, a escucharla, a contarle que hoy después de muchos años y de muchas tormentas tengo el amor que yo y ella soñamos, ese que te respeta, el que te acuna, el que te ama con su vida…

En esos muchos años viví nuevas pérdidas, muchas desilusiones  y fui testigo de cómo ese sueño de infancia al perder a mi madre comenzó a mostrarse en facetas horribles en donde sentí miedo, desconfianza y mucho dolor de ver y vivir cómo la gente que tanto me amaba hacía su vida y sin ningún pudor me daba la espalda en momentos en los que yo optaba por tomar mis propias decisiones, me hacían sentir que cualquier persona que me quisiera o se acercara a mi sería por interés como si yo no valiera nada y tantas miles de otras situaciones que ni en un libro alcanzaría a describir.

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Cambio de piel: Viajar

Confieso que desde pequeña siempre me ha gustado viajar; sin embargo, por razones económicas no lo hacíamos en mi familia, de hecho, crecí creyendo y aún lo hago, que a mi mamá no le gustaba viajar, más allá que no hubiese dinero para hacerlo.

El viaje más largo que de niña hice y recuerdo fue cuando mi madrina me llevó con su pareja, ahora esposo, a una hacienda (finca le decimos en Colombia) que él cuidaba y en ella había un “riachuelo”, honestamente era menos que un intento de charco de agua, con esa promesa me llevaron y lo que me encontré no me dio para sumergir más allá de la pantorrilla, tenía 9 años, creo.

Años después, cuando mi cuñado estaba recién de novio con mi hermana, él nos invitó a todas (mi hermana, mi mamá y yo) a Popayán, una ciudad más pequeña que en la que vivíamos, a un poco más de 2 horas en auto (carro le decimos en Colombia). Allí estuvimos 2 días si la memoria no me falla, ese sí que fue mi primer viaje, oficialmente hablando, con decirles que en el hotel ninguna de las 3 sabíamos que el aparato que ahora no recuerdo el nombre, para solicitar algo a recepción servía para eso y creímos ilusamente que era una radio, ahí tenía 12 años aproximadamente.

Mi primer viaje en avión fue cuando cumplí 15 años y mi hermana de regalo me envió a las hermosas Islas de San Andrés en Colombia, para quienes conocen saben de la belleza de la que hablo y para quienes aún no, les invito a conocer el mar de 7 colores (por las 7 tonalidades de azul que tiene). Ese viaje fue inolvidable, imagínense con las hormonas de adolescente en una isla paradisiaca, jaja, fue muy divertido.

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