El regreso en barcaza (aprender a aceptar y a soltar)

Como ya he comentado en historias anteriores llegar a estas hermosas tierras australes en Chile no sólo me entregó muchas bendiciones, si no que también, me ha planteado diversos desafíos.

Dentro de ellos, aprender a viajar en avión, bus o barcaza (especie de barco) con condiciones climáticas adversas, principalmente rachas de vientos de más de 100 km/h.

Fue así como descubrí o más bien desarrollé una especie de fobia a viajar, volar, embarcarme (en el caso de la barcaza), porque ante el más leve movimiento comienzo con la sudoración de las manos, temperaturas corporales bajas, palpitaciones fuertes, etc.

Ahora el asunto es que por mi trabajo, al menos 1 vez al mes debo enfrentarme a esto.

La última vez fue esta semana: Partí de regreso junto a un@s compañer@s de trabajo y al estar ya sentad@s en la barcaza y ésta iniciar el viaje de retorno, comenzó de inmediato a mecerse de manera que yo también empecé con la sintomatología antes descrita.

Cuando desarrollas fobias o miedos, lo complejo es que ante el más mínimo estímulo, tu cuerpo lo exacerba y está hiper alerta, entonces lo que para el resto puede llegar a ser imperceptible tú lo identificas de inmediato.

No habían pasado ni 5 minutos y este vaivén seguía, yo estaba sentada en una silla alrededor de una mesa circular, junto con otra compañera y al frente nuestro en una especie de sillón estaban l@s otr@s 2 compañer@s.

Yo me ubico en este lugar porque el espacio entre la silla y la mesa es reducido, entonces coloco mi mochila o maletín encima de mis piernas de manera que me sirva como de salvavidas, diría en broma un compañero, mi espalda erguida, recta, manos debajo de mi mochila encima de mis piernas como sosteniéndola, mp4 listo a todo volumen con música de relajación y ojos cerrados.

Eso sí, en este momento de preparación, les aviso a mis acompañantes que a partir de ese instante, ya no cuentan conmigo, porque literalmente me ensimismaré, por el bien de tod@s.

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Pánico a volar

Algunas veces me pasaba que me costaba trabajo comprender cuando había personas que manifestaban sentir miedo incontrolable hacia algo o alguien, por ejemplo, gente que le tiene miedo a los perros, a las alturas, etc.

No me refiero a los nervios que te puede llegar a producir, me refiero a ese miedo que más que miedo es pánico, es terror, que te petrifica, te detiene, te altera.

La verdad es que pensaba que eran exagerad@s, ¿cómo tanto?

Hasta que me pasó a mí:

Primero aclarar que cuando vives en el lugar donde vivo ahora, vientos que alcanzan más de 100 km/h, ahí te das cuenta que la leve brisa que yo sentía en mi Cali natal no es nada.

Entonces el panorama cambia, lo que antes sentías como “turbulencia” cuando volabas no es la misma que la que puedes sentir estando en el aire con esos vientos que salen acá.

Recuerdo que la primera vez en mi vida, que viajé en avioneta fue justamente acá y se suponía que el vuelo debería durar 11 minutos.

Sí, tan sólo 11 minutos.

¿Qué me podría pasar estando en el aire durante 11 minutos? Pensé.

Bueno mucho, tanto que desde aquel entonces, no soy la misma ni me relaciono de igual forma con los aviones o cualquier medio de transporte que no sea terrestre acá.

La avioneta de la que les hablo cuenta en total con 8 puestos, incluyendo el piloto.

Sale así llueve o truene, es decir, si hay vientos de más de 100 km/h que es común acá, pues sale, ¿cuál es el problema?

Recuerdo que cuando llegué al aeropuerto y la vi dije “qué bonita!”, “tan chiquita”.

De ida fue tranquilo el vuelo, contemplas un paisaje maravilloso, indescriptible, como son los paisajes que hay por estas tierras.

Y a los 11 minutos exactos ya estábamos del otro lado.

“Genial” pensé, esto es todo, qué bien!.

Al  regreso fue que comenzó la odisea.

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El día que me elegí

Aún recuerdo el día que me elegí… una mañana helada de invierno, me levanté temprano con la clara intención de mirarme al espejo y VERME…

Recuerdo que pasé encerrada en el baño como una hora contemplándome en ese espejo que parecía hablarme.

Tenía claro todo lo que se me venía encima pero mi conciencia estaba tan llena de remordimientos y de culpas que poco a poco comencé a descargarlas en suaves y tiritones suspiros, esos que te dejan sin aliento…

Tenía a mis yo internas debatiéndose, estaba la osada, la cobarde y la temerosa…

Sabía que romper con una relación de años en donde si leíste mi historia anterior pudiste ver que era una relación de amistad disfrazada de amor, claramente existía el amor pero ese fraternal que en nada se compara al amor real de pareja.

Recuerdo que salí del baño y fui a conversar con mi ex pareja, le dije que necesitábamos conversar, recuerdo que titubeó, evitó y casi salió corriendo pero no lo permití porque ese era el momento en que sí o sí debía enfrentarme a mi verdad y también tener el coraje de conversarlo.

Después de un rato de espera y como estaba encerrado en su pieza voy a verle y le digo que debemos conversar ahora.

Sabes que al recordarlo aún me sudan las manos y se me acelera el corazón, no por sentirme mal sino porque ese día me sentí  grande.

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Mi Copito

Hace unos días escribí sobre la historia de mi primera mascota, y hoy quiero compartir con ustedes lo prometido, cuando se me fue mi angelito juré y re juré que nunca más tendría otra mascota pues era terrible pensar tan solo en volver a vivir el dolor por partida doble.

Saber que podía encariñarme y que otra vez sufriera en sólo pensarlo era espantoso, por lo que pasaron algunos años y ya casi me había acostumbrado a vivir con ese dolor y sabiendo que ya no había nadie esperándome en casa. 

Vivíamos tres personas en la casa, una amante de los animales, la otra que los podía ver pero no tocar, ni menos tenerlos en casa y yo que muy resentida con ese amargo recuerdo no traspasaba la barrera de aquellos comentarios que a menudo hacían por los animales, en especial los abandonados.

Un día estábamos compartiendo y comenzamos a sentir desde el patio el maullido de un gato que se veía era muy chiquito, salimos a ver y era desesperante sentir que maullaba con tanto dolor pero que al recorrer no lo lográbamos ver, pues se escondía por temor y a la vez imploraba ayuda.

Recuerdo ese momento tan nítido, pues se me apretaba el estómago pensar que un ser indefenso clamaba por ayuda pero a la vez se escondía con tanto temor.

Pasaron tantas cosas por mi cabeza, debo reconocer que yo ante este tipo de situaciones quedo paralizada, pues pasan por mi mente tantas cosas que me las quedo pensando y claramente no actúo.

Afortunadamente estaba la amante de los animales que era mucho más aguerrida que yo, quien inmediatamente mientras yo pensaba qué hacer ella ya estaba trepada en los árboles buscándolo hasta que dio con él. 

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Examen de conducción

El gran día

En una historia anterior les conté sobre el proceso que viví para aprender a conducir.

Si aún no la has leído te invito a que deambules por las estaciones y revivas junto conmigo ese momento.

Como todo en la vida tiene un comienzo y un final, en mi caso había llegado justamente el instante de cerrar este ciclo o quizá continuar manteniéndolo abierto, me refiero a que había llegado la hora de enfrentarme a sacar la licencia de conducir.

Para ser sincera no era la primera vez que me veía enfrentada a este proceso:

En Colombia hice un curso para manejar y de hecho saqué licencia de conducir.

El asunto es que en ese entonces, era más un requisito que otra cosa, porque si hacías un curso (obviamente pagando por él), te hacían sólo el examen psicotécnico y teórico.

No había examen práctico, entonces, había un 100% de probabilidad que obtuvieras dicho documento.

Bueno, siendo realista la posibilidad era de un 99% (en caso que no estudiaras).

En cambio en Chile, el examen incluye tres partes: Prueba psicotécnica, prueba teórica y prueba práctica (salir a conducir teniendo como copiloto/a al/a evaluador/a).

Habiendo clarificado el panorama al que me enfrentaba, mi día había llegado.

Mi pareja como siempre cómplice y partner me acompañó en esto, además porque el examen de conducción se había transformado en un mito urbano:

Historias como que quienes se presentaban le pedían al/a evaluador/a que se colocara el cinturón de seguridad, éste/a no accedía y si le insistías, ¿qué tanto? Te reprobaban.

Ojo que esto no fue mito, me lo contó una conocida, que le había pasado a su hija.

Historias como que quienes te evaluaban te pedían que te estacionaras donde no correspondía o que hicieras alguna maniobra prohibida para “probarte” y si accedías te reprobaban y si no también.

En fin, para ser sincera, iba dispuesta a encontrarme con el típico personaje villano de cualquier libro, teleserie, película, en fin.

A mi paso salió un caballero quien de manera muy escueta (para ser honesta seco) que me dijo “¿dónde está su auto?”

Yo lo señalé y partimos hacia esa dirección.

A estas alturas ya no veía a mi pareja. Éramos sólo el señor evaluador, mi jeep y yo.

Nos fuimos, yo como me imagino es natural en estas situaciones, iba súper nerviosa, manos heladas y transpirando, corazón latiendo a mil.

Eso sí como he dicho en otras historias, siempre digna, o como dicen por ahí antes muerta que sencilla.

El examen práctico contiene 2 recorridos: El primero es opcional (te dan varias rutas y tú eliges cuál quiere tomar) y el segundo te lo indican. Para cada uno de ellos hay un límite de tiempo y si estando en el primero se cumple el tiempo pasas de inmediato al segundo.

En total son aproximadamente 25 minutos de conducción.

Iba súper bien, según mi percepción, en el primer recorrido, o quizá era un intento de mi parte por darme ánimo, si no lo hacía yo ¿entonces quién? El señor con cara de enojo o metralla (como dicen en mi país) que iba al lado?

Hasta que llegamos al segundo recorrido y cuando me pide que cruce por un lado había un bus gigantesco estacionado justamente en esa esquina, entonces no pude doblar y tuvimos que cambiar de tramo.

Nos adentramos por una parte de la ciudad que no conocía y eso sí que era arriesgado para mí porque se podría duplicar la probabilidad de cometer infracciones o errores caros al desconocer el terreno por el que manejaba.

Para mi sorpresa, salió bastante bien, nuevamente, desde mi punto de vista.

Hasta que llegó el momento de estacionarme, que era justo afuera de las oficinas donde me había presentado a tomar el examen.

Ese es un lugar de la ciudad muy transitado, siendo horario de mañana había bastante movimiento, por lo que NO había estacionamiento disponible.

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En busca de uno de muchos sueños

Íbamos felices a esa isla bella donde el mar se expresa en distintas tonalidades, le llaman el mar de los siete colores… a miles de kilómetros buscando ese paisaje mágico que sólo conocía por fotos, era el momento de vencer los miedos, para intentar atreverme y vivir la experiencia de pasear por muchos aviones para llegar a la soñada Isla de San Andrés.

Les comentaba que el tema era atrevernos, pues vivimos en una zona aislada donde para aterrizar debemos tener mucho coraje, ya que cruzamos nada más y nada menos que el famoso Estrecho de Magallanes, ubicado en el extremo sur de Chile, si miran en un mapa es lo último que se ve.

Con casi siempre muchas rachas de viento, por lo que la experiencia casi siempre es como estar en la ruleta rusa, para quienes no tienen miedo a volar es maravilloso pero para quienes somos un poco más cobardes créeme que es todo un desafío.

Cada avión que tomábamos nos iba relajando pues estar en el avión era como ir sobre las nubes que nos iban meciendo…  La sensación era tan exquisita que nos atrevimos a ver por las ventanas el exquisito sol que pintaba de suaves y tenues colores cada nubecilla que se paseaba como  tiernos dulces de algodón.

Al llegar los miedos desaparecen y cómo no si ves la isla desde esa altura, comienzas a ver ese mar bañado de colores, cada rayito de sol lo pinta de distintos colores, es como estar tocándolo con las manos, definitivamente un paraíso.

La Isla en sí y sus encantos es fascinante, el calor que supera los 42 grados y su gente regalando sonrisas, hospitalidad, ternura y enseñando orgullosos su cultura en todos los sentidos es el mejor regalo de bienvenida.

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