El robo de la inocencia

Hoy escribo desde el silencio que guardó mi corazón cuando hace muchos años, en pleno crecimiento viví abusos de índole sexual.

Querían robarme la inocencia, a tal punto que debo decir que de cierta forma lo consiguieron.

Yo tenía apenas 9 años en una infancia que me inundaba de dicha, tenía todo lo que soñaba y estaba acompañada del mejor regalo de hija única… mi madre.

Entre tantos cumpleaños que se celebraban en casa de mis familiares y al cual asistían primos de mis primas, yo jugaba con esa pasión que tienen los niños sin ver más allá.

Los juegos eran al aire libre, al son de un columpio, de correr en campos que para mi eran gigantes.

Recorríamos de esquina a esquina ese sector detrás de una pelota, entre risas y gritos.

Hasta que una tarde como recuerdo llovía mucho nos hicieron jugar en casa, los primos de mis primas eran más grandes, recuerdo que eran 6 hombres.

Claramente todos distintos, dentro de ellos había uno que jugaba a hacerse el grande y comenzó por hacerlo con nosotras… niñas pequeñitas que no entendíamos qué era lo que pasaba.

Él comenzaba a hacerse el papá de la casa y eso incluía una voz de mando en la que inocentemente creíamos.

Desde preparar las tacitas del té a atender a las visitas pasábamos horas jugando hasta que esas visitas se iban y se quedaba él con nosotras.

Continuar leyendo


La vieja casona de mi tía

Recuerdo mi infancia con añoranzas y agradecimientos. Cuando era niña iba con mi madre y mi abuela a ver a mis tíos y tías a un pueblito cerca de mi ciudad.

En esos tiempos  era un panorama ideal, recuerdo que preparábamos maletas y nos íbamos por semanas.

Llegábamos a destino y todos mis tíos estaban fuera de la casa esperándonos con ansias y esos abrazos eran interminables.

Nos llenábamos de cariño, éramos un grupo grande y yo en ese entonces la única niña.

Traviesa y juguetona es como me veía, una niña feliz rodeada de amor.

Por su lado tenía un mundo de vecinos/as que me esperaban en la casa de al lado para comenzar a jugar rápidamente para aprovechar el tiempo.

Esos juegos en los que no necesitabas una consola o un computador, esos juegos donde compartías con los demás, donde podías tirar la pelota al vidrio de la vecina y esta salía con cara de enojada a decirte que no se repita.

Podíamos estar hasta altas horas de la noche y no pasaba nada malo.

Sabía que era hora de entrarme porque se sentía ese olor a comida exquisito que avecinaba que había terminado la jugarreta.

Me despedía de mis amigos y coordinábamos el día siguiente con hora y lugar… no perdíamos el tiempo.

Entraba a la casa de mi tía y continuaba para mí la diversión, pues después de cenar mi tía en compañía de mi mamá recogían la loza dejaban todo listo y jugábamos a las cartas, mientras mi abuela se iba a dormir.

Continuar leyendo