Examen de conducción

El gran día

En una historia anterior les conté sobre el proceso que viví para aprender a conducir.

Si aún no la has leído te invito a que deambules por las estaciones y revivas junto conmigo ese momento.

Como todo en la vida tiene un comienzo y un final, en mi caso había llegado justamente el instante de cerrar este ciclo o quizá continuar manteniéndolo abierto, me refiero a que había llegado la hora de enfrentarme a sacar la licencia de conducir.

Para ser sincera no era la primera vez que me veía enfrentada a este proceso:

En Colombia hice un curso para manejar y de hecho saqué licencia de conducir.

El asunto es que en ese entonces, era más un requisito que otra cosa, porque si hacías un curso (obviamente pagando por él), te hacían sólo el examen psicotécnico y teórico.

No había examen práctico, entonces, había un 100% de probabilidad que obtuvieras dicho documento.

Bueno, siendo realista la posibilidad era de un 99% (en caso que no estudiaras).

En cambio en Chile, el examen incluye tres partes: Prueba psicotécnica, prueba teórica y prueba práctica (salir a conducir teniendo como copiloto/a al/a evaluador/a).

Habiendo clarificado el panorama al que me enfrentaba, mi día había llegado.

Mi pareja como siempre cómplice y partner me acompañó en esto, además porque el examen de conducción se había transformado en un mito urbano:

Historias como que quienes se presentaban le pedían al/a evaluador/a que se colocara el cinturón de seguridad, éste/a no accedía y si le insistías, ¿qué tanto? Te reprobaban.

Ojo que esto no fue mito, me lo contó una conocida, que le había pasado a su hija.

Historias como que quienes te evaluaban te pedían que te estacionaras donde no correspondía o que hicieras alguna maniobra prohibida para “probarte” y si accedías te reprobaban y si no también.

En fin, para ser sincera, iba dispuesta a encontrarme con el típico personaje villano de cualquier libro, teleserie, película, en fin.

A mi paso salió un caballero quien de manera muy escueta (para ser honesta seco) que me dijo “¿dónde está su auto?”

Yo lo señalé y partimos hacia esa dirección.

A estas alturas ya no veía a mi pareja. Éramos sólo el señor evaluador, mi jeep y yo.

Nos fuimos, yo como me imagino es natural en estas situaciones, iba súper nerviosa, manos heladas y transpirando, corazón latiendo a mil.

Eso sí como he dicho en otras historias, siempre digna, o como dicen por ahí antes muerta que sencilla.

El examen práctico contiene 2 recorridos: El primero es opcional (te dan varias rutas y tú eliges cuál quiere tomar) y el segundo te lo indican. Para cada uno de ellos hay un límite de tiempo y si estando en el primero se cumple el tiempo pasas de inmediato al segundo.

En total son aproximadamente 25 minutos de conducción.

Iba súper bien, según mi percepción, en el primer recorrido, o quizá era un intento de mi parte por darme ánimo, si no lo hacía yo ¿entonces quién? El señor con cara de enojo o metralla (como dicen en mi país) que iba al lado?

Hasta que llegamos al segundo recorrido y cuando me pide que cruce por un lado había un bus gigantesco estacionado justamente en esa esquina, entonces no pude doblar y tuvimos que cambiar de tramo.

Nos adentramos por una parte de la ciudad que no conocía y eso sí que era arriesgado para mí porque se podría duplicar la probabilidad de cometer infracciones o errores caros al desconocer el terreno por el que manejaba.

Para mi sorpresa, salió bastante bien, nuevamente, desde mi punto de vista.

Hasta que llegó el momento de estacionarme, que era justo afuera de las oficinas donde me había presentado a tomar el examen.

Ese es un lugar de la ciudad muy transitado, siendo horario de mañana había bastante movimiento, por lo que NO había estacionamiento disponible.

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Aprender a conducir

Desde que era niña soñaba con manejar un auto, carro o vehículo como quieran llamarle. Recuerdo que tendría más o menos 8 años, tomaba alguna tapa de olla de la cocina, las cajas de betún y los cepillos para sacar lustre a los zapatos, con esta confesión, estoy revelando mi edad de manera exorbitante jaja.

Me sentaba dentro de una especie de bañera o si no, así no más, en el piso y simulaba que entre las cajas de betún y cepillos para sacar brillo, eran los pedales, que la tapa de la olla era el volante y si por ahí había una sombrilla o paraguas era mi caja de cambios.

¡¡¡Listo a conducir se dijo!!!, podía pasar horas jugando a eso, imaginando que recorría grandes distancias, que a veces en vez de auto era un bus de transporte público y entonces la cosa se ponía más entretenida porque tenía que lidiar con pasajeros (tod@s en mi imaginación) y dar vuelto.

Al crecer, a los 36 años, pude comprar mi primer vehículo, es un jeep y le amo, me imagino como tod@s aman o recuerdan a su primer auto.

Ya teniendo el jeep, estaba lista para evocar esos juegos de infancia; sin embargo, tenía un problema o una dificultad: Aprender a conducir y además sacar la licencia para manejar.

Me matriculé en un curso de esos en que te llevan en un auto y el/la instructor/a anda con pedales adaptados en el lado del/a copiloto/a por si requiere usarlos.

Lo encontré súper precavido; sin embargo, el problema era cuando la instructora (en mi caso) maniobraba los pedales y yo ni cuenta me daba, o me daba instrucciones para estacionarme de reversa y yo obedecía por inercia sin comprender qué era lo que estaba haciendo.

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