Una noche de quemas

Hace un año viajé a una isla hermosa llena de mística y de historias de brujos, una isla donde nuestros abuelos nacieron, hombres y mujeres de esfuerzo que tuvieron que dejar sus tierras desde niños para irse a otras ciudades y desde corta edad empezar a trabajar para llevar el pan a casa…
Hoy esa isla mágica conocida como Chiloé llena de paisajes hermosos donde el verde de sus praderas y sus emblemáticas iglesias forjan diariamente la historia de aquellos viejos que ya partieron y hoy honran sus memorias.
Llegar es todo un desafío pues primero viajamos en avión, después en barquitos que te mecen suavemente mientras ves las toninas (animales parecidos a delfines) saludando a los viajeros que van en busca de sus sueños.
Los días son cálidos llenitos de sol, te maravilla ver sus casitas antiguas afirmadas de troncos de madera que salen del mar, conocidas como palafitos.
Qué mejor que ir con tu pareja a recorrer esos paisajes en donde de seguro caminaban tus abuelos.

Llegar a destino y que tu mejor amiga te esté esperando porque por ahora vive allá.
Es uno de los tantos regalos que la vida me da día a día y de los cuales soy una eterna agradecida.
Llegar y recordar que hace años tuve la posibilidad de ir me hacía evocar algunas cosas.

Por ello para mi no era terrible que los viejitos de calle estuvieran esperándote a la llegada para darte su singular bienvenida y pedirte unas monedas…
Mi pareja no conocía nada de aquello por lo que no le gustaba mucho ese primer momento pero claramente con mi amiga le explicamos y lo entendió tornándose en risas saber que claramente no estamos acostumbrados a eso.
Llegar a su casa que estaba en un cerro gigantesco y que nos esperaran sus grandes perros era toda una aventura para mí, ya que, si bien me gustan, los prefiero lejos de mí, pues les tengo miedo.
Ella amablemente se coordinaba con mi pareja para acurrucarlos mientras yo entraba a su hogar, pues a decir verdad los perros eran de mi porte entonces no era bueno hacerme la valiente (risas).
La vista es privilegiada pues a tus pies están todas las islitas con su singular brillo y esos pedacitos de mar se conjugan para embellecerse con el encanto de la luna, unas copas y una buena conversación bajo este bello paisaje y sueño cumplido… que más podía pedir.
Mi amiga bella se ha perfeccionado mucho en variados temas y nos invita a una noche de limpieza espiritual para darle la bienvenida al nuevo año y quemar el año que pasó, me dice que hay que aprovechar la luna llena que viene para ese ritual.
Como andábamos de vacaciones y con ganas de experimentar cada regalo accedimos a ir.

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En busca de uno de muchos sueños

Íbamos felices a esa isla bella donde el mar se expresa en distintas tonalidades, le llaman el mar de los siete colores… a miles de kilómetros buscando ese paisaje mágico que sólo conocía por fotos, era el momento de vencer los miedos, para intentar atreverme y vivir la experiencia de pasear por muchos aviones para llegar a la soñada Isla de San Andrés.

Les comentaba que el tema era atrevernos, pues vivimos en una zona aislada donde para aterrizar debemos tener mucho coraje, ya que cruzamos nada más y nada menos que el famoso Estrecho de Magallanes, ubicado en el extremo sur de Chile, si miran en un mapa es lo último que se ve.

Con casi siempre muchas rachas de viento, por lo que la experiencia casi siempre es como estar en la ruleta rusa, para quienes no tienen miedo a volar es maravilloso pero para quienes somos un poco más cobardes créeme que es todo un desafío.

Cada avión que tomábamos nos iba relajando pues estar en el avión era como ir sobre las nubes que nos iban meciendo…  La sensación era tan exquisita que nos atrevimos a ver por las ventanas el exquisito sol que pintaba de suaves y tenues colores cada nubecilla que se paseaba como  tiernos dulces de algodón.

Al llegar los miedos desaparecen y cómo no si ves la isla desde esa altura, comienzas a ver ese mar bañado de colores, cada rayito de sol lo pinta de distintos colores, es como estar tocándolo con las manos, definitivamente un paraíso.

La Isla en sí y sus encantos es fascinante, el calor que supera los 42 grados y su gente regalando sonrisas, hospitalidad, ternura y enseñando orgullosos su cultura en todos los sentidos es el mejor regalo de bienvenida.

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