El robo de la inocencia

Hoy escribo desde el silencio que guardó mi corazón cuando hace muchos años, en pleno crecimiento viví abusos de índole sexual.

Querían robarme la inocencia, a tal punto que debo decir que de cierta forma lo consiguieron.

Yo tenía apenas 9 años en una infancia que me inundaba de dicha, tenía todo lo que soñaba y estaba acompañada del mejor regalo de hija única… mi madre.

Entre tantos cumpleaños que se celebraban en casa de mis familiares y al cual asistían primos de mis primas, yo jugaba con esa pasión que tienen los niños sin ver más allá.

Los juegos eran al aire libre, al son de un columpio, de correr en campos que para mi eran gigantes.

Recorríamos de esquina a esquina ese sector detrás de una pelota, entre risas y gritos.

Hasta que una tarde como recuerdo llovía mucho nos hicieron jugar en casa, los primos de mis primas eran más grandes, recuerdo que eran 6 hombres.

Claramente todos distintos, dentro de ellos había uno que jugaba a hacerse el grande y comenzó por hacerlo con nosotras… niñas pequeñitas que no entendíamos qué era lo que pasaba.

Él comenzaba a hacerse el papá de la casa y eso incluía una voz de mando en la que inocentemente creíamos.

Desde preparar las tacitas del té a atender a las visitas pasábamos horas jugando hasta que esas visitas se iban y se quedaba él con nosotras.

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Mundial de fútbol

Cada vez que tengo la oportunidad de disfrutar de un Mundial de Fútbol lo hago con mucha alegría pues es un evento que me encanta.

Creo que ello se debe en gran medida a que cuando era niña, solía ver los partidos de fútbol de los mundiales con mi cuñado.

Recuerdo que de él aprendí a colocar la tv en silencio y la radio encendida, entonces veía el partido y escuchaba la narración del partido de la radio.

Lo que no le aprendí era la calma con la que veía los partidos, ni se inmutaba, en cambio yo, intentaba no gritar; sin embargo, me costaba mucho.

Para mí cada vez que había un mundial de fútbol era una fiesta, además porque en Colombia en junio suelen ser las vacaciones de los colegios, así que mi único panorama en estas fechas era disfrutar del mundial, cuando había, y de la compañía de mi cuñado viendo el mundial.

A medida que fui creciendo esta fiesta se fue haciendo más complicada porque cuando ya eres adulta e ingresas al mundo laboral, por mucho mundial que haya tienes que ir a trabajar.

Por ende, la fiesta a veces se me aguaba porque por los horarios de los partidos, dependiendo en qué lugar del mundo se realizara el mundial, coincidían con mi jornada laboral.

Eso sí, cuando podía aprovechaba para verlos.

Ahora, a mis 39 años, veo con otros ojos el mundial:

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