El poder del amor

Durante toda mi vida me ha costado trabajo obtener cada cosa, mis logros han sido fruto del esfuerzo.

No sé si en algo tendrán que ver las palabras de mi mamá diciéndome “la vida es dura mija”, “hay que romperse el lomo para conseguir sus cosas”.

Con ello se refería a que hay que trabajar mucho para alcanzar algo.

O simplemente que formo parte de ese 99% de habitantes en la tierra para quienes la lucha es diaria y surgir es sinónimo de esfuerzo, sacrificio, perseverancia y muchísima tolerancia a la frustración.

En fin, la historia con mi pareja por supuesto, no podía estar exenta de ello; no obstante ése no es el relato que traigo para ustedes hoy.

Al menos no en lo que se refiere a cómo surgió nuestra historia de amor, por ahora les compartiré que estos 9 años de relación también han sido fruto del esfuerzo y la lucha que ambos hemos dado.

Cuando me uní a mi pareja ésta atravesaba por una difícil situación financiera.

Para resumir el cuento, estaba en franca banca rota, endeudada hasta los huesos, ello producto de relaciones de abuso vividas con su familia que de seguro, serán parte de otros relatos también.

Nunca dimensioné el nivel de endeudamiento porque yo venía de un hogar donde mi mamá siempre me inculcó que debía evitar las deudas, al menos las que no pudiera pagar.

Entonces este mundo de cobradores, saldos en rojo, cobros llegando a la casa, era nuevo para mí.

No conocía tantas tarjetas hasta que estuve con mi pareja.

De a poco nos fuimos organizando y pasados muchos años, poco a poco empezó a ir saliendo de las deudas, no es que ahora no tenga ni una, sigue pagando, sólo que ya está organizada.

Fueron años donde los sueldos que recibíamos se iban en pagar deudas.

Por ende, tuvimos también que reducir al máximo los gastos que teníamos, es decir, tratar al máximo de caminar para evitar pagar los pasajes de micro o colectivo.

Años sin saber lo que era salir de vacaciones, porque nos quedábamos en la casa.

Menos de hacer arreglos en la casa, no para renovarla sino para tapar los agujeros del techo que hacían que en los días de lluvia algunos sectores de la casa se convirtieran prácticamente en piscina.

O arreglos a la electricidad que hacían que una parte de la casa estuviera a oscuras, andábamos con velas y si encendíamos algo teníamos que apagar el resto.

Cada vez que miro hacia atrás siento tanta emoción, porque fue muy difícil, más aún, cuando su familia en vez de ser un aporte había sido la causante de esta penuria y se convirtieron en los primeros enemigos al ver que ya no estaba la que pasaba las tarjetas para que se compraran lo que se les antojara con la falsa promesa que le iban a pagar.

Y mi familia estaba lejos, no se imaginan cuántas veces añoré ese abrazo de mi mamá prometiéndome que todo iba a pasar…

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Cuando muerdes la mano del que te da de comer

Soy de las personas que cree que debemos ser agradecidos de la vida y de quienes están junto a nosotros no sólo en los buenos tiempos sino también en los malos.

No podemos borrar nuestra historia, nuestro pasado, nuestras heridas y quienes estuvieron ahí para salvarnos.

Claramente no es lo que me tocó ver y vivir hace algún tiempo atrás por parte de un familiar muy cercano.

A él y su núcleo familiar les cambió la vida radicalmente pero a favor, luego de años de problemas de alcohol, de desorden, de vivir una vida a punta de regalos, de no conocer el origen de los gastos, etc.

Después de estar esperando las horas para que literalmente muriera luego de que su cuerpo reventara por el alcohol, cuando ya no le quedaba sangre en el cuerpo y los doctores decían que de esa noche no pasaba viene el regalo de Dios para él que lo continuaba dejando en la tierra.

Sus posibilidades comenzaron a hacerse una realidad y salió del peligro, tanto así que por alrededor de dos o tres años cambió su vida a favor y junto a él la de su núcleo familiar.

Durante ese tiempo rejuveneció, ya no probaba nada de alcohol, hacía ejercicios y su semblante era muy distinto.

Junto con este cambio vinieron otros. Se apoderó de un negocio de su padrastro, quien estaba muriendo lentamente y donde las cuentas eran negativas.

El toma este negocio y lo repunta, con claros intereses lucrativos por ser como él.

Lo logra, y él y su núcleo tienen un cambio de vida que es a toda vista a otro nivel.

En este cambio el comienza a sentirse dueño del mundo y de quienes también somos familiares y ahí comienza el caos.

Pretendía manejarnos todo y comprarnos con su sucio dinero. Como no me hice parte comenzó a destruirme, más bien dicho a tratar de hacerlo.

Fueron tantos altercados y tanta prepotencia que al recordarlo me viene esa nostalgia de sentir y creer que nuestros padres tenían tanta bondad que no lograba entender de dónde él sacaba ese genio, esa forma de ser tan cruel y humillativa.

Claramente cuando él vivía con sus adicciones quienes estábamos ahí éramos nosotros, velando por sus hijos que a veces no tenían ni qué comer ni mucho menos con qué vestirse.

Hoy para ellos no existe tal pasado, ahora ya no saluda, ya no se junta con gente como nosotros, dice que no lo hace porque somos unos aprovechadores sin ningún atisbo de encontrar de dónde.

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Cómo conocía a Santa Martha

Hace 10 años cuando recién llegué a Chile, una amiga colombiana que residía aquí me la presentó.

A ver, primero que todo permítanme les doy algo de contexto:

Colombia, al igual que varios países latinoamericanos se caracteriza por tener en sus raíces costumbres religiosas, específicamente, es un país con una alta tendencia católica.

Por eso, es muy común que se le conozca también como el “país del Sagrado Corazón de Jesús”, cuanta fiesta o ceremonia católica exista, allá se celebra.

La religión y la fe son dos elementos que forman parte de la vida de l@s colombian@s, sea porque creen y practican alguna religión, sea porque no.

En mi caso, provengo de un hogar católico, donde además en esos tiempos, no me preguntaban si a mi me interesaba formar parte de esta creencia, simplemente, se daba por hecho que era “lo normal”.

Fue así como me bautizaron, luego me hicieron hacer la primera comunión, de ahí, la confirmación, y por supuesto, no me perdía cuanta semana santa había, ni novena de navidad (rezo que se hace por 9 días para celebrar el nacimiento del niño Dios).

Reitero no porque fuera mi deseo, sino porque era una práctica habitual en mi casa que además no se cuestionaba, se hacía y punto.

Por supuesto como era de esperarse, al ir creciendo y teniendo más voz, me aparté de la religión y de la fe, porque además para mi en ese momento eran lo mismo.

Esto es lo que suele ocurrir cuando impones las cosas y no le das sentido.

Llegué a cuestionarme si existe Dios, no entendía los rituales de la Iglesia Católica y me enojaba sentir que se quedaron en la forma y no en el fondo.

Me molestaba ver cómo la gente profesaba adoración por los curas, como si fueran Dioses y no simples mortales igual que tú y yo.

Ese doble estándar de la religión me indignaba, cómo eran capaces de juzgar al mundo entero sintiéndose dueñ@s de la verdad cuando en su propia casa tenían tremendo rabo de paja (expresión que se usa en Colombia “el que tiene rabo de paja que no se acerque a la candela”, y que refiere a que si puedes salir implicad@ mejor quédate callad@).

En fin, fueron años de conflicto interno y también de discusiones familiares por ser “malagradecida” con Dios.

Como condimento adicional, haber estudiado Psicología tampoco favorecía mucho las certezas que son la base de cualquier religión.

Con el paso del tiempo y luego de experiencias personales, aprendí que religión y fe no son sinónimos y que si sentía la necesidad de conectarme con una energía más universal y contenedora sea Dios, Diosa, Universo, o el nombre que le quiera dar, lo podía hacer.

Aprendí que ese Dios castigador que al menos a mí me presentaron, el de si no haces lo que te digo vas al infierno y acá en la tierra sufre como un berraco para hacerte digna del paraíso, no tenía porque ser el mío.

Aprendí que también existía un Dios/Diosa llamado Amor y que cuando me conectaba con él/ella me inundaba una sensación de paz.

También aprendí que había algunos ritos de la religión católica que a mi me hacían sentido y que desde ahí podía seguir practicándolos.

Todo esto para llegar a Chile, que una compatriota en una conversación sobre las adversidades que forman parte de la vida me dijera: “¿Conoces a Santa Martha?”

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¿Crees en las señales?

Hace bellos y hermosos 9 años comencé la mejor aventura de mi vida, esa que te hace decidir y luchar, enfrentarte y atreverte a hacerle frente al mundo, aquella que sólo la intuición es guía y que es acompañada de claras señales que van dándote pistas de que es tu momento y que vas a la segura.

Se preguntarán de qué estoy hablando. Pues bien, es precisamente de lo que nos mantiene en pie, de lo que necesitamos para nutrir y embellecer nuestra alma, lo que purifica cada célula de tu piel… el Amor.

Crecí creyendo en cada cuento de hadas que me contaban, crecí pensando y sintiendo el amor en todos sus matices, sin embargo,  con el correr de los años todo se fue tornando de colores abstractos y poco nítidos que cambiaban mi forma de verlo, de sentirlo, pero de igual forma lo añoraba.

La ilusión estaba rota, pues pensaba que cada cuento de hadas de final feliz no era más que historias narradas en donde todo era bueno y en lo real no existía.

Estuve emparejada 6 años y junto a mi familia éramos todo un clan, en donde todo lo que hacíamos era comunitario, tan así que con mi en ese momento pareja habíamos perdido ese espacio de pareja, si bien es cierto nos queríamos y lo pasábamos bien pero si lo puedo graficar de mejor manera diría que éramos unos super amigos.

Si lo pienso creo que como pareja disfrutamos un año de los 6, ya el resto era el disfrute de estar juntos entre su familia y la mía, idas al campo, salidas a comer, disfrutar de tardes de canto, en fin, llegaba la hora de despedirnos y nosotros ya ni hablábamos sin ellos.

Tanto era el cariño de mi familia por mi pareja que cada ve se empezó a notar más ese claro interés porque en todo lo que hiciéramos estuviese… ya a mi no me veían.

Esto me llevó a aislarme, a sentirme extraña y claramente comencé a ilusionarme con que quería y anhelaba un cambio… pero obviamente no pasaba nada porque la rutina era trascendental en mi casa y familia.

Cuando ya sentía que debía quedarme cómodamente incómoda, es decir, rendida viendo cómo la vida pasaba frente a mis narices mi familia me pide que vaya a una de sus casas pues tenían una comida y querían que yo conociera a sus invitados.

Recuerdo que me negué tanto que me puse de mal genio con tanta insistencia, como vivimos en casas casi pegadas a mi tía no se le ocurre mejor idea que comenzar a golpear la ventana y gritar que me esperaban.

Me sentía como entre la espada y la pared, si me preguntan, creo que con ella jugaba a ser la rebelde, pues como es tan dominante yo no quería darle en el gusto, pero algo me decía que debía ir.

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Sí puedo ser tía

Siempre tuve la ilusión de ser tía o madrina, pero era imposible porque de partida no tengo hermanos/as, y mis primas/os hermanas/os  tienen a sus hijos/as y a pesar de habernos crecido como hermanas me hacían sentir que yo era esa tía madrina que tanto soñaba, me portaba como una mamá, disfrutaba haciendo esas tareas que a cuantas mamás les aburre, creo que a mi me gustaban porque sabía que era sólo a ratos, de hecho a medida que fueron creciendo viví experiencias tan lindas con ellos que hoy atesoro en mi corazón.

El destino conspiró en nuestra contra porque los grandes comenzamos a tener problemas de comunicación por diferencia de pareceres y ellos obviamente tomaron parte sin ni si quiera saber qué ocurría pero no los culpo por haberse alejado, atesoro esas muestras de amor vividas y hoy a pesar de que nos vemos ya nada es igual.

Con ellos tenía el sueño de que sin ser madre ellos pudieran saludarme para el día de la mamá, era un regalo que yo quería vivir que nunca llegó y que conversando con alguien muy especial me dijo que eso no correspondía, claramente si pasaba era un regalo pero obviamente yo no era la mamá de ellos. Pensé que cuando crecieran me contarían de sus cosas, podríamos ya más grandes tomarnos un café o compartir anécdotas, cosas que nunca se dieron.

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El Perdón

Alguna vez te has planteado la posibilidad de pedirle perdón a la persona que según tú te lastimó? Complejo cierto?

A la edad de un año mis padres se separaron y desde entonces viví sólo con mi mamá, añorando y pidiéndole ver a mi padre, a lo cual ésta accedía; sin embargo, el problema era que él no estaba disponible para mí. Esto qué significa? Que cuando yo iba a verlo en el taller de mecánica donde trabajaba, él simplemente no estaba o se encontraba ocupado, cuando me prometía algo no cumplía y lo que era más triste y doloroso para mí era verlo ser tan dulce y tierno con otro hijo que él tenía un poco más pequeño en edad que yo. Esta última parte reconozco que me lastimaba mucho porque me hacía preguntar qué tiene él que no tenga yo? O lo que es peor qué tengo yo de malo?

Claramente y por obvias razones que no entraré a detallar más para no hacer más largo el relato reconozco que crecí con un profundo resentimiento hacia mi papá, era rabia, ira en su máxima expresión, lo que sentía por aquel hombre. Ni los años en terapia, ni los miles de cojines que golpeaba o los muchos gritos que exclamaba me ayudaban a dejar de sentir rabia y para colmo de males como la vida es sabia a la edad de 25 años por esas vueltas que da mi papá terminó viviendo con nosotras (mi mamá y yo) en nuestra casa, aclaro que no es que hubiesen vuelto, simplemente por problemas económicos, básicamente no tenía dónde vivir, accedimos (la verdad es que yo no) a vivir con él y ahí fue más terrible porque de repente de 1 año a 25 años ha pasado claramente bastante agua debajo del puente como dicen, entonces de repente tener un papá que intente ser papá hablándome de mi mamá o lo que es peor intentando tímidamente controlarme con las salidas fue la gota que rebasó la copa. Todo esto es un intento resumido para intentar transmitirles que claramente mi relación con mi papá era de lo más complicada y compleja por decir menos.

Quiero destacar que ya siendo más grande tuve algunos tímidos acercamientos con él y en esto me ayudó profundamente ser estudiante de Psicología, por aquel entonces, en esos encuentros, mediados por el alcohol, él me pedía perdón, pero la verdad yo no le creía, crecí creyendo que mi papá no me quería porque no había indicios que me demostraran lo contrario, entonces por qué creerle ahora? Más aún cuando claramente no era un hombre que cumpliera su palabra y esto para mí lo hacía de no fiar.

En fin, a estas alturas de este relato, me imagino que es posible que el/la lector/a vea que con justa razón, yo le tenía rabia, en otras palabras, él se lo había buscado y desde ahí estaba más que justificado mi sentir. Si lo pusiéramos en términos de víctima y victimario, él era el victimario y yo la víctima, en un prisma blanco y negro, él sería lo negro y yo lo blanco.

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Nueva Familia

Es increíble cómo te cambia la vida la llegada de un animal a tu hogar, a ti y más si cuando llega es justamente en el momento en el que estás lejos de tu familia, de tu tierra, de tu gente, incluso por qué no, de tu identidad.

Más o menos algo así fue lo que me pasó a mi con mi gato Copito, ahora para quienes no han tenido gatos y para quienes los/as tienen, déjenme decirles que son un tanto “especiales”, por decirlo menos, de hecho, cuenta la creencia que ni siquiera uno/a los elige sino que son ellos quienes deciden si darte o no el privilegio de su compañía…

Antes de Copito debo confesar que no me gustaban para nada los gatos, los respetaba pero si de mi dependiera de verdad, de adentro de mi corazón, que ojalá estuvieran bien lejos de mí y como también cuentan que ellos/as perciben eso, cuando iba a casas de amigos/as que tenían gatos, que ahora que lo pienso eran los menos porque la mayoría tenía perros, los hijuemadres andaban merodeándome y yo tiesa de miedo.

Sin embargo, cuando llegué a vivir a Chile lo primero que me encontré fue que a la casa donde yo llegaba había un visitante un poco particular o escurridizo, era un pequeño gatico de menos de 5 meses aproximadamente (eso lo supe mucho después cuando lo llevé a la veterinaria), con muestras claras a tan corta edad del paso inexorable de la calle por su vida…

Era blanco o eso suponía que era en medio del mugre, la tiña, la grasa de auto y aparentemente el color de su ojos era azul, entre conjuntivitis y un tremendo ruido (porque eso no era sonido) que provenía de sus vías respiratorias.

En la casa donde llegué a vivir le daban de comer y aún así éste no dejaba que nadie se le acercara, si pasabas por coincidencia o mala suerte por donde él estaba salía corriendo como gato que lleva el diablo y ni qué decir de los días en los que tenías que barrer y él justamente andaba por ahí, era terror lo que yo interpretaba que le tenía a las escobas.

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