La fuga de Copito (I parte)

Como les había contado en otras historias anteriores, al año de haber llegado a vivir a Chile, decidí que era momento de irme a vivir sola, es decir, con mi gato.

Quienes tienen o han tenido contacto con gatos saben que éstos son animales de hábitos.

Por consiguiente, cualquier cambio que introduces en sus vidas, puede generar alteraciones en sus conductas o estados de ánimo.

Así que si puedes, la idea es ir introduciendo de a poco estos cambios.

Lo menciono porque Copito desde que yo llegué había estado en esa casa, al comienzo afuera y luego adentro.

Era un gato que salía a recorrer y volvía a dormir, a pesar que la veterinaria me había sugerido que si podía lo dejara sólo adentro.

No obstante como vivía con 2 personas más era imposible que éstas fueran estrictas en esto con él, por lo tanto, él seguía saliendo.

Cuando ya había decidido irme a vivir sólo con él, se iban a presentar varios cambios:

  • Cambio de casa
  • Cambio de personas alrededor
  • Cambio de alrededores
  • Ya no podría salir, es decir, iba a ser un gato indoor.

No era menor lo que le esperaba o mejor dicho, lo que nos esperaba.

Lo primero que hice fue llevarlo a que estuviera un rato en la casa mientras la limpiábamos, para que se familiarizara con el entorno.

Al día siguiente nos fuimos con todas nuestras maletas y aquí comenzó la odisea.

Miraba la casa y la recorría al comienzo con curiosidad, a mi modo de entender, luego empezaba a maullar, me imagino, que llamando a las otras personas o queriendo salir.

Nos habíamos ido a vivir a una casa en el centro de la ciudad, por ende era una lugar muy transitado por vehículos, era un entorno desconocido para él.

Las posibilidades que se perdiera eran infinitas o que le pasara algo y yo no estaba dispuesta a arriesgarlo así.

Reconozco que esos días fueron muy intensos y tensos porque lo que menos quería era lastimarlo y sentía que lo estaba haciendo.

Como le había consultado a la veterinaria y me había documentado para hacer este cambio, decidí entonces, comprarle un arnés (especie de collar para sacar a pasear a gatos o perros).

Averigüé cuáles eran los mejores y más seguros, supuestamente.

Copito estaba alterado, maullaba, recorría la casa y en ocasiones se echaba en un rincón.

Pensarán que soy la más bruja de todas las brujas, créanme que peor me sentía yo.

Sentía miedo, Copito era lo único que tenía y no quería arriesgarme a perderlo.

Era mi conexión con la humanidad, no la ajena, si no la propia, por llamarlo de alguna forma.

Una vez comprado el arnés, el plan era primero probarlo con él en la casa de a poco, 1 minuto, luego 3 y así sucesivamente, hasta que se familiarizara con éste y así lograr sacarlo a pasear.

Fui persistente e insistente con esto. Al comienzo le molestaba.

Copito ha sido un gato al que no le gustan ni collares, ni arnés, ni ropa, ni nada que le coloques.

Ésa es una de sus características desde siempre.

Sin embargo, yo tenía la esperanza que con el arnés fuera distinto.

Transcurrido un mes quizá, pensé, ilusamente, que ya estábamos listos para dar el primer gran paso:

Sacarlo a pasear con el arnés, ahí alrededor, es decir, afuera de la puerta de la casa, literalmente.

Esta experiencia fue positiva dentro de todo, intentó zafarse del arnés y ahí yo apliqué presión, en términos, que era yo la que estaba al mando, obviamente, sin lastimarlo.

Duramos unos breves y a la vez largos minutos, yo muerta de susto; no obstante, como todo salió “bien”, dentro de lo abordable, no tuve problema.

Así seguimos por varias semanas, incrementando frecuencia en días y tiempo de salida, eso sí, siempre afuera de la puerta de la casa.

Hasta que un día como de costumbre lo saqué a pasear con el arnés, él intentó como era habitual zafarse y como siempre pasábamos por este ritual, yo le llamaba la atención y listo.

Él comenzaba a oler y caminar alrededor hasta que pasados unos minutos nos entrábamos, pensé que era más de lo mismo.

Estaba muy equivocada…

De repente estando en medio de esta pugna que se intenta zafar y es como si caminara hacia atrás y yo que le llamaba la atención, cuando en cuestión de segundos, me quedé con el arnés en la mano.

Se había logrado soltar.

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