Mi primera mascota

Nunca fui de crecer con mascotas, de hecho esquivaba siempre a esos animalitos que rondaban por mi casa, nunca crecí ni con perros ni gatos, pero con el correr de los años, una tarde de rutina me encuentro con un gatito chiquitito fuera de una casa, era tan indefenso y bebé, con suerte tendría unas semanas y lo veo ahí solito, maullando como quien pide a gritos que lo vean, que lo sienta.

No pude evitar acercarme y cuando lo vi me enamoré de ese ser indefenso, era tan exquisito, de colores café con leche y blanco, la dulzura de sus ojitos pardos me cautivaron y dije… parece un ángel… así que el nombre surgió de una… se llamará Angelito…

Es así como con ayuda de otras personas me lo llevé a la casa, tenía miedo de cómo sería nuestra convivencia pues nunca en mi vida había cargado ni tocado a un gato, así que era todo un desafío….

Me tocó enseñarle que podía estar en la casa y que yo lo querría y respetaría pero que él también tenía que hacerlo, pues a mi no me gustaba que me tocara.

De verdad creo que todo era muy raro.

Por suerte en la casa había quien le hiciera mimos, pero yo debía aprender a hacerlo y de hecho lo intenté muchas veces y creo que lo logré pero no como a él le hubiese gustado creo yo….

Tuve la dicha de tenerlo cerca de seis años a mi lado y nos hicimos buenos amigos, resultó ser todo un cazador, un gato muy perceptivo, muy llevado de sus ideas y por sobre todo muy pero muy desordenado.

A veces no llegaba a la casa por días, después que lo hacía llegaba todo cochino como si tuviera una pandilla de amigos.

Una noche cerca de navidad nos quedamos solos en casa y como de costumbre la ventana quedaba abierta para que él saliera a juntarse con su pandilla, lo extraño fue que como nunca estaba muy pegado a mi y como que no quería salir.

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El poder que le cedí al miedo

 

De niña siempre lo digo tuve una infancia tan exquisita, tan perfecta que crecí pensando que el mundo era espectacular porque simplemente estaba rodeada de mi familia que eran muchos/as y recuerdo los cumpleaños, los malones, las fiestas y todos en patota. Hija única viviendo con adultos era muy entretenido pues era la regalona (modismo chileno para referirse a consentida), de ellos/as y los ojos de mi madre. Pasaba días tan lindos, en un ambiente donde al menos para mí todo era como de cuento, salía a pasear de la mano de mamá, intentaba aprender a andar en bicicleta y ella se sentaba a verme. La protección y esa unión tan fuerte que teníamos era sencillamente deliciosa y permitía que yo fuera y me sintiera la niña más feliz del mundo. A medida que llegaba la noche como yo era muy niña le pedía a mamá dormir juntas, y ahí toda la alegría se transformaba en una opresión en el pecho, pues siempre que nos acostábamos ella tomaba mi mano y me daba el beso de buenas noches y yo cuando ella lo hacía sentía mucha angustia, ganas de llorar y le decía que tenía mucho miedo de que ella se pudiera morir. Creo que ella intentaba consolarme pero que a ella igual le hacía sentido o al menos quedaba con la misma angustia no expresada.

Tuve la dicha de tenerla junto a mi hasta los 15 años de mi vida cuando un cáncer terminal le quitó la vida drásticamente, yo veía que ella se iba apagando lentamente y no podía aguantar el dolor que sentía de verla con todas esas cosas que le colocan en el hospital, por lo que le pedía con todas mis fuerzas a Dios que se la llevara y que yo me haría cargo de mi vida… creo si bien nunca me arrepentí de lo que pedí, nunca dimensioné el dolor hasta el día de hoy que siento por no tenerla, es más siempre le pido al universo la dicha de encontrármela en sueños para volver a sentirla, a escucharla, a contarle que hoy después de muchos años y de muchas tormentas tengo el amor que yo y ella soñamos, ese que te respeta, el que te acuna, el que te ama con su vida…

En esos muchos años viví nuevas pérdidas, muchas desilusiones  y fui testigo de cómo ese sueño de infancia al perder a mi madre comenzó a mostrarse en facetas horribles en donde sentí miedo, desconfianza y mucho dolor de ver y vivir cómo la gente que tanto me amaba hacía su vida y sin ningún pudor me daba la espalda en momentos en los que yo optaba por tomar mis propias decisiones, me hacían sentir que cualquier persona que me quisiera o se acercara a mi sería por interés como si yo no valiera nada y tantas miles de otras situaciones que ni en un libro alcanzaría a describir.

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