Historias de una hora de colación (almuerzo)

Salgo del trabajo, las temperaturas están apenas en dos grados, el sol imponente desliza sus rayos como diciendo presente, logra formar un bello paisaje y entibiar el alma que tantos masajes necesita.

Camino disfrutando cada paso, me fascina ver todos los gestos de la gente, aquellos que corren atrasados, aquellos pausados, me fijo hoy de manera fija en nuestros adultos mayores.

Y como no, si a ellos nadie los apura, tal vez porque ya pasaron por la etapa en que la vida era una competencia, ahora van sin desgaste pausadamente disfrutando de la vida… que loco no?

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Cada día intento verme

He dormido profunda toda la noche, siento el cansancio en mi cuerpo, en mi cabeza por cosas del día a día, el trabajo, la casa, las deudas… esa rutina que a veces no ve el sol.

Cada día que amanece procuro mirarme al espejo y VERME, a su vez VEO en mi rostro el paso del tiempo, y me niego a pensar que mi cara de cansada sea por esos factores.

Sé que van pasando la cuenta cada una de las preocupaciones.

Hoy cuando me miraba al espejo había algo que me decía que iba a ser un buen día, algo que aflora en mi mente y en mi corazón, esas señales que hay que saber distinguir en momentos.

Salí acompañada de mi pareja, hablábamos camino al trabajo de cómo enfrentar la rutina pero veía destellos de luz que me decían que algo ocurriría a favor.

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El día que me elegí

Aún recuerdo el día que me elegí… una mañana helada de invierno, me levanté temprano con la clara intención de mirarme al espejo y VERME…

Recuerdo que pasé encerrada en el baño como una hora contemplándome en ese espejo que parecía hablarme.

Tenía claro todo lo que se me venía encima pero mi conciencia estaba tan llena de remordimientos y de culpas que poco a poco comencé a descargarlas en suaves y tiritones suspiros, esos que te dejan sin aliento…

Tenía a mis yo internas debatiéndose, estaba la osada, la cobarde y la temerosa…

Sabía que romper con una relación de años en donde si leíste mi historia anterior pudiste ver que era una relación de amistad disfrazada de amor, claramente existía el amor pero ese fraternal que en nada se compara al amor real de pareja.

Recuerdo que salí del baño y fui a conversar con mi ex pareja, le dije que necesitábamos conversar, recuerdo que titubeó, evitó y casi salió corriendo pero no lo permití porque ese era el momento en que sí o sí debía enfrentarme a mi verdad y también tener el coraje de conversarlo.

Después de un rato de espera y como estaba encerrado en su pieza voy a verle y le digo que debemos conversar ahora.

Sabes que al recordarlo aún me sudan las manos y se me acelera el corazón, no por sentirme mal sino porque ese día me sentí  grande.

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Así dan ganas de comenzar el día

Hoy salí temprano de mi hogar rumbo al trabajo, recorrí varias calles y comencé a ver la pigmentación de colores que disfruto a cabalidad cada vez que estamos en este otoño que derrite mi corazón.

Siempre camino buscando historias, pero esta vez no era propiamente de la naturaleza, era como ella junto a los seres humanos mezclándonos sin diferencias.

Le mostraba al universo que nosotros le enviamos regalos igual y que no es sólo recibir.

Iba de bajada cuando veo al señor que recoge la basura, que limpia las calles… acá ellos se ven a distancia pues le colocan unos trajes con colores vivos.

Era un hombre longevo, sus años se escondían en su caminar, con una inmensa sonrisa me da los buenos días y ya con eso estaba feliz de saber y sentir que la comunicación aún sigue viva.

De sentir que en este mundo cada vez más frío aún podemos dar señales de volver a sentir esas simples cosas que tanto nos engrandecen el alma.

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Examen de conducción

El gran día

En una historia anterior les conté sobre el proceso que viví para aprender a conducir.

Si aún no la has leído te invito a que deambules por las estaciones y revivas junto conmigo ese momento.

Como todo en la vida tiene un comienzo y un final, en mi caso había llegado justamente el instante de cerrar este ciclo o quizá continuar manteniéndolo abierto, me refiero a que había llegado la hora de enfrentarme a sacar la licencia de conducir.

Para ser sincera no era la primera vez que me veía enfrentada a este proceso:

En Colombia hice un curso para manejar y de hecho saqué licencia de conducir.

El asunto es que en ese entonces, era más un requisito que otra cosa, porque si hacías un curso (obviamente pagando por él), te hacían sólo el examen psicotécnico y teórico.

No había examen práctico, entonces, había un 100% de probabilidad que obtuvieras dicho documento.

Bueno, siendo realista la posibilidad era de un 99% (en caso que no estudiaras).

En cambio en Chile, el examen incluye tres partes: Prueba psicotécnica, prueba teórica y prueba práctica (salir a conducir teniendo como copiloto/a al/a evaluador/a).

Habiendo clarificado el panorama al que me enfrentaba, mi día había llegado.

Mi pareja como siempre cómplice y partner me acompañó en esto, además porque el examen de conducción se había transformado en un mito urbano:

Historias como que quienes se presentaban le pedían al/a evaluador/a que se colocara el cinturón de seguridad, éste/a no accedía y si le insistías, ¿qué tanto? Te reprobaban.

Ojo que esto no fue mito, me lo contó una conocida, que le había pasado a su hija.

Historias como que quienes te evaluaban te pedían que te estacionaras donde no correspondía o que hicieras alguna maniobra prohibida para “probarte” y si accedías te reprobaban y si no también.

En fin, para ser sincera, iba dispuesta a encontrarme con el típico personaje villano de cualquier libro, teleserie, película, en fin.

A mi paso salió un caballero quien de manera muy escueta (para ser honesta seco) que me dijo “¿dónde está su auto?”

Yo lo señalé y partimos hacia esa dirección.

A estas alturas ya no veía a mi pareja. Éramos sólo el señor evaluador, mi jeep y yo.

Nos fuimos, yo como me imagino es natural en estas situaciones, iba súper nerviosa, manos heladas y transpirando, corazón latiendo a mil.

Eso sí como he dicho en otras historias, siempre digna, o como dicen por ahí antes muerta que sencilla.

El examen práctico contiene 2 recorridos: El primero es opcional (te dan varias rutas y tú eliges cuál quiere tomar) y el segundo te lo indican. Para cada uno de ellos hay un límite de tiempo y si estando en el primero se cumple el tiempo pasas de inmediato al segundo.

En total son aproximadamente 25 minutos de conducción.

Iba súper bien, según mi percepción, en el primer recorrido, o quizá era un intento de mi parte por darme ánimo, si no lo hacía yo ¿entonces quién? El señor con cara de enojo o metralla (como dicen en mi país) que iba al lado?

Hasta que llegamos al segundo recorrido y cuando me pide que cruce por un lado había un bus gigantesco estacionado justamente en esa esquina, entonces no pude doblar y tuvimos que cambiar de tramo.

Nos adentramos por una parte de la ciudad que no conocía y eso sí que era arriesgado para mí porque se podría duplicar la probabilidad de cometer infracciones o errores caros al desconocer el terreno por el que manejaba.

Para mi sorpresa, salió bastante bien, nuevamente, desde mi punto de vista.

Hasta que llegó el momento de estacionarme, que era justo afuera de las oficinas donde me había presentado a tomar el examen.

Ese es un lugar de la ciudad muy transitado, siendo horario de mañana había bastante movimiento, por lo que NO había estacionamiento disponible.

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