La Cata y la Niña

Como ya he mencionado en historias anteriores, mi percepción y relación con los animales cambió desde que conocí a Copito.

Por el sector donde vivo hay un par de perras, mestizas, que comúnmente se les conoce como Cata y Niña.

Cata es una perra hermosa y grande de color naranjo, con unos ojos cafés profundos, juguetona y muy tierna.

Por su parte Niña es una perra gris, muy delgada, que le ladra a todo lo que se mueve y a veces emite sonidos que pueden interpretarse como aullidos.

En promedio pareciera que Cata consigue más la gracia de la gente que Niña; sin embargo, esto no ha sido impedimento para que deambulen juntas.

Se la pasan la mayor parte del día en la calle, desde muy temprano y a veces hasta muy tarde de la noche.

En ocasiones, con mucha frecuencia para ser honesta, sin importar las inclemencias del tiempo, es decir, con lluvia y viento.

Entre algún@s vecin@s sin que nos hubiésemos coordinado, nos encargamos de darles alimento y a veces, quienes pueden, cobijo.

Lo que es curioso y si aún no lo adivinan es que tanto Cata como Niña tienen dueñ@s; no obstante y para ser sincera, la manera como las cuidan deja mucho que desear.

Así han transcurrido varios años, el tiempo que hace que vivo en ese lugar y desde antes que yo llegara me cuentan ellas ya estaban.

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La fuga de Copito (I parte)

Como les había contado en otras historias anteriores, al año de haber llegado a vivir a Chile, decidí que era momento de irme a vivir sola, es decir, con mi gato.

Quienes tienen o han tenido contacto con gatos saben que éstos son animales de hábitos.

Por consiguiente, cualquier cambio que introduces en sus vidas, puede generar alteraciones en sus conductas o estados de ánimo.

Así que si puedes, la idea es ir introduciendo de a poco estos cambios.

Lo menciono porque Copito desde que yo llegué había estado en esa casa, al comienzo afuera y luego adentro.

Era un gato que salía a recorrer y volvía a dormir, a pesar que la veterinaria me había sugerido que si podía lo dejara sólo adentro.

No obstante como vivía con 2 personas más era imposible que éstas fueran estrictas en esto con él, por lo tanto, él seguía saliendo.

Cuando ya había decidido irme a vivir sólo con él, se iban a presentar varios cambios:

  • Cambio de casa
  • Cambio de personas alrededor
  • Cambio de alrededores
  • Ya no podría salir, es decir, iba a ser un gato indoor.

No era menor lo que le esperaba o mejor dicho, lo que nos esperaba.

Lo primero que hice fue llevarlo a que estuviera un rato en la casa mientras la limpiábamos, para que se familiarizara con el entorno.

Al día siguiente nos fuimos con todas nuestras maletas y aquí comenzó la odisea.

Miraba la casa y la recorría al comienzo con curiosidad, a mi modo de entender, luego empezaba a maullar, me imagino, que llamando a las otras personas o queriendo salir.

Nos habíamos ido a vivir a una casa en el centro de la ciudad, por ende era una lugar muy transitado por vehículos, era un entorno desconocido para él.

Las posibilidades que se perdiera eran infinitas o que le pasara algo y yo no estaba dispuesta a arriesgarlo así.

Reconozco que esos días fueron muy intensos y tensos porque lo que menos quería era lastimarlo y sentía que lo estaba haciendo.

Como le había consultado a la veterinaria y me había documentado para hacer este cambio, decidí entonces, comprarle un arnés (especie de collar para sacar a pasear a gatos o perros).

Averigüé cuáles eran los mejores y más seguros, supuestamente.

Copito estaba alterado, maullaba, recorría la casa y en ocasiones se echaba en un rincón.

Pensarán que soy la más bruja de todas las brujas, créanme que peor me sentía yo.

Sentía miedo, Copito era lo único que tenía y no quería arriesgarme a perderlo.

Era mi conexión con la humanidad, no la ajena, si no la propia, por llamarlo de alguna forma.

Una vez comprado el arnés, el plan era primero probarlo con él en la casa de a poco, 1 minuto, luego 3 y así sucesivamente, hasta que se familiarizara con éste y así lograr sacarlo a pasear.

Fui persistente e insistente con esto. Al comienzo le molestaba.

Copito ha sido un gato al que no le gustan ni collares, ni arnés, ni ropa, ni nada que le coloques.

Ésa es una de sus características desde siempre.

Sin embargo, yo tenía la esperanza que con el arnés fuera distinto.

Transcurrido un mes quizá, pensé, ilusamente, que ya estábamos listos para dar el primer gran paso:

Sacarlo a pasear con el arnés, ahí alrededor, es decir, afuera de la puerta de la casa, literalmente.

Esta experiencia fue positiva dentro de todo, intentó zafarse del arnés y ahí yo apliqué presión, en términos, que era yo la que estaba al mando, obviamente, sin lastimarlo.

Duramos unos breves y a la vez largos minutos, yo muerta de susto; no obstante, como todo salió “bien”, dentro de lo abordable, no tuve problema.

Así seguimos por varias semanas, incrementando frecuencia en días y tiempo de salida, eso sí, siempre afuera de la puerta de la casa.

Hasta que un día como de costumbre lo saqué a pasear con el arnés, él intentó como era habitual zafarse y como siempre pasábamos por este ritual, yo le llamaba la atención y listo.

Él comenzaba a oler y caminar alrededor hasta que pasados unos minutos nos entrábamos, pensé que era más de lo mismo.

Estaba muy equivocada…

De repente estando en medio de esta pugna que se intenta zafar y es como si caminara hacia atrás y yo que le llamaba la atención, cuando en cuestión de segundos, me quedé con el arnés en la mano.

Se había logrado soltar.

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Visitas inesperadas

Siempre intentamos planear distintos fines de semana, esos que nos llenan el alma, pues es la posibilidad de estar en casa o no depender del tiempo para hacer lo que queramos.

Así fue como este fin de semana estábamos motivados por pasar momentos exquisitos y fue así que disfrutamos segundo a segundo.

Al llegar la noche y ya con ganas de descansar nos vamos a acostar pensando y sintiendo esos deseos por dormir sin un despertador, que díganme si no es maravilloso.

Estábamos acostados cuando comenzamos a ver no una sino varias tijeretas, para quienes no las conocen son unos bichos horribles y muy feos que entran a las casas a pasear sin permiso.

Dicen que no puedes matarlas pues ellas como son muy artistas si las matas dejan sus asquerosos huevos lo que permite que se multipliquen.

A decir verdad, son horribles y nosotros les tenemos asco.

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Mi Copito

Hace unos días escribí sobre la historia de mi primera mascota, y hoy quiero compartir con ustedes lo prometido, cuando se me fue mi angelito juré y re juré que nunca más tendría otra mascota pues era terrible pensar tan solo en volver a vivir el dolor por partida doble.

Saber que podía encariñarme y que otra vez sufriera en sólo pensarlo era espantoso, por lo que pasaron algunos años y ya casi me había acostumbrado a vivir con ese dolor y sabiendo que ya no había nadie esperándome en casa. 

Vivíamos tres personas en la casa, una amante de los animales, la otra que los podía ver pero no tocar, ni menos tenerlos en casa y yo que muy resentida con ese amargo recuerdo no traspasaba la barrera de aquellos comentarios que a menudo hacían por los animales, en especial los abandonados.

Un día estábamos compartiendo y comenzamos a sentir desde el patio el maullido de un gato que se veía era muy chiquito, salimos a ver y era desesperante sentir que maullaba con tanto dolor pero que al recorrer no lo lográbamos ver, pues se escondía por temor y a la vez imploraba ayuda.

Recuerdo ese momento tan nítido, pues se me apretaba el estómago pensar que un ser indefenso clamaba por ayuda pero a la vez se escondía con tanto temor.

Pasaron tantas cosas por mi cabeza, debo reconocer que yo ante este tipo de situaciones quedo paralizada, pues pasan por mi mente tantas cosas que me las quedo pensando y claramente no actúo.

Afortunadamente estaba la amante de los animales que era mucho más aguerrida que yo, quien inmediatamente mientras yo pensaba qué hacer ella ya estaba trepada en los árboles buscándolo hasta que dio con él. 

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Misión Copito

Como lo prometido es deuda, según dicen en mi país, aquí está la historia sobre qué paso con Copito y conmigo una vez tomé la decisión de irme a vivir sola (y con él obviamente).

Esto pasó más o menos, al año de haber llegado a Chile y de estar conviviendo en la casa de 2 personas que amablemente me abrieron las puertas de su hogar y su vida.

Una de ellas en particular era más cercana con Copito y yo suponía, ese sexto sentido que llaman, que al compartirles mi decisión podría colocarme problemas para llevarme a Copito conmigo.

Una noche que estábamos cenando, entre comida y conversación, les dije que yo tenía intenciones de independizarme y que les informaba que iba a comenzar a buscar un nuevo lugar para mí, agradeciendo toda la hospitalidad y cariño entregados y ahí de inmediato mis mayores temores cobraron forma:

“Sí ningún problema en que te vayas pero Copito se queda”.

Fue su tajante frase.

Yo guardé absoluto silencio, reconozco que me destruyó por dentro; sin embargo, como dicen por ahí, antes muerta que sencilla. Así que digna.

Al retirarme a mi habitación esa noche, me lo lloré todo. Tenía físico miedo, como les conté en el relato anterior, Copito era mi familia, entonces no era agarrar mi ropa e irme así no más, si tenía que dejarlo, era dejar también mi corazón ahí.

Al día siguiente les conté en mi trabajo (el de ese entonces) qué me pasaba y mis compañeras solidarias conmigo, creo que porque también aprendieron a ver a Copito un poco con los ojos míos, empezaron a idear n planes para que me lo llevara.

Por su parte las amigas en Colombia y otras latitudes informadas de esta novedad y obstáculo, vía internet (es maravillosa la magia de la tecnología cuando estás lejos de tod@s) comenzaron a armar bosquejos y posibles estrategias y fue así como empezó a surgir La Misión Copito.

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La cosecha de papas

El día estaba exquisito… el sol apostando a regalarnos sus rayos y el aire calmito y tibio… nosotras, tres mujeres planeando lo que sería el día, una dice que quiere hacer un asado y todas corrimos  rápidamente a dar el sí.

Preparamos la salida a comprar, como hace mucho tiempo que no veíamos a una la idea era regalonearla (complacerla), así que la caminata fue llena de historias del día a día, de compartir experiencias, de lo bueno, lo malo y lo divino que ocurre cada día.

Salimos con todas las compras listas y la verdad que el camino se tornó interesantísimo y ameno, pues de verdad esto de compartir experiencias da para mucho, tanto así que entre que una hablaba y la otra reía, más la que llevaba la bolsa más liviana era la que iba más despistada, cómo no, si le habíamos dicho en reiteradas oportunidades que parecía que fuera bailando con la bolsa de papas, ya que hacía tremendas piruetas (acrobacias) con ella.

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Nueva Familia

Es increíble cómo te cambia la vida la llegada de un animal a tu hogar, a ti y más si cuando llega es justamente en el momento en el que estás lejos de tu familia, de tu tierra, de tu gente, incluso por qué no, de tu identidad.

Más o menos algo así fue lo que me pasó a mi con mi gato Copito, ahora para quienes no han tenido gatos y para quienes los/as tienen, déjenme decirles que son un tanto “especiales”, por decirlo menos, de hecho, cuenta la creencia que ni siquiera uno/a los elige sino que son ellos quienes deciden si darte o no el privilegio de su compañía…

Antes de Copito debo confesar que no me gustaban para nada los gatos, los respetaba pero si de mi dependiera de verdad, de adentro de mi corazón, que ojalá estuvieran bien lejos de mí y como también cuentan que ellos/as perciben eso, cuando iba a casas de amigos/as que tenían gatos, que ahora que lo pienso eran los menos porque la mayoría tenía perros, los hijuemadres andaban merodeándome y yo tiesa de miedo.

Sin embargo, cuando llegué a vivir a Chile lo primero que me encontré fue que a la casa donde yo llegaba había un visitante un poco particular o escurridizo, era un pequeño gatico de menos de 5 meses aproximadamente (eso lo supe mucho después cuando lo llevé a la veterinaria), con muestras claras a tan corta edad del paso inexorable de la calle por su vida…

Era blanco o eso suponía que era en medio del mugre, la tiña, la grasa de auto y aparentemente el color de su ojos era azul, entre conjuntivitis y un tremendo ruido (porque eso no era sonido) que provenía de sus vías respiratorias.

En la casa donde llegué a vivir le daban de comer y aún así éste no dejaba que nadie se le acercara, si pasabas por coincidencia o mala suerte por donde él estaba salía corriendo como gato que lleva el diablo y ni qué decir de los días en los que tenías que barrer y él justamente andaba por ahí, era terror lo que yo interpretaba que le tenía a las escobas.

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