Una linda sorpresa

La historia que a continuación les voy a contar es algo que sinceramente no creí que fuera a vivir y menos a compartir, porque simplemente pensé que eso no pasaba y menos a mí.

Hace algunos días atrás, como siempre, andaba corriendo de un lugar a otro por temas de trabajo.

Estresada, mirando el reloj en todo momento para intentar llegar a tiempo y cumplir con las tareas comprometidas.

Era mediodía y yo la verdad, es que ya estaba agotada, exhausta y me esperaba una larga jornada porque justo ese día trabajaba hasta más tarde, es decir, por fuera de mi horario habitual.

De eso que miras tu reloj y de sólo pensar en todo lo que aún te falta por hacer ya te cansas.

En fin, en un día había transitado por 3 lugares distintos, diametralmente opuestos, con todo lo que ello en términos de recorrido y de estrés implica.

Estar en medio de trancones o tacos (es decir horarios en los que hay mucho tráfico vehicular) y yo afanada tratando de respirar para no ir a colapsar.

Así estuve durante todo el día, ya cuando me trasladé al último lugar que tenía por visitar, iba a una reunión donde yo tenía que hablar y para ser sincera, a esa hora del día ya estaba colapsada, muy cansada.

De eso que te sientes tan cansada que te das cuenta que tu pensamiento se enlentece, tu cuerpo no responde de la misma manera y lo que es peor, en vez de preocuparte o asustarte, lo aceptas con resignación.

Así estaba yo cuando llegó la hora de la verdad y me tocó intervenir, lo hice intentando que no se notara que se me olvidaban las palabras o que no las encontraba con tanta facilidad en mi mente.

Después de un rato, la conversación fue agradable, la gente presente opinaba y a decir verdad, fue una buena reunión desde mi punto de vista.

Creo que puede ser también porque siempre he disfrutado hablar en público, a pesar que me da nervios, es una emoción que me motiva a seguir haciéndolo y me desafía.

Terminada la reunión, ya de noche, yo estaba en un sector de la ciudad que en distancia estaría a 20 minutos de mi casa.

Llovía, hacía viento (recuerden que acá el viento no es la leve brisa que cualquier mortal conoce, vientos de más de 70 ó 100 km/h) y yo esperando tomar bus o colectivo como le llaman acá.

Tenía mucho frío, estaba muy cansada y tenía hambre.

Mejor dicho, lo único que quería era llegar a mi casa, besar a mi pareja y abrazar a mi gato.

Habrán pasado más de 20 minutos y no pasaba ningún colectivo que me sirviera, que a decir verdad era sólo 1 ruta.

Ya estaba mojada, muerta de frío, resignada y a decir verdad un poco asustada porque este sector de la ciudad es un poco peligroso.

De repente de una de las casas sale una señora mayor, delgada y de estatura baja, me sonríe y se acerca a un auto que estaba justo donde yo esperaba el colectivo.

Me saluda y me pregunta “¿para donde va?”

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