El renacer: Viajar en pareja

Amo viajar, siento que al igual que los libros, viajar enriquece y alimenta mi alma, me da un respiro, oxigena mi vida.

Desde pequeña siempre me ha gustado; sin embargo, a decir verdad, fue en la época de la Universidad donde comencé a hacer realidad este sueño.

Conocer otras ciudades, otros lugares, otros climas, otras maneras de llamar las cosas, otros acentos, otros olores, en fin, es una riqueza sin igual.

No obstante, había un elemento que siempre añoraba y difícilmente podía hacer realidad: Viajar en pareja.

Ahora aquí aclaro que pareja no de un rato, me refiere a la pareja que eliges para compartir tu vida con luz y sombra y quien también elige estar a tu lado a pesar de tus oscuridades.

Esa pareja con la que puedes ser cómplice, a la que puedes mirar a los ojos con tus miedos y vulnerabilidades y quien también puede confidenciarte sus temores y debilidades.

Recuerdo que el primer viaje que hice con mi pareja fue caótico porque además fue en medio de una pelea, es decir, ya habíamos acordado viajar y días antes de partir peleamos.

Confieso que ahí me debatí ¿qué hago?

¿Viajo o no viajo?

Continuar leyendo


En busca de uno de muchos sueños

Íbamos felices a esa isla bella donde el mar se expresa en distintas tonalidades, le llaman el mar de los siete colores… a miles de kilómetros buscando ese paisaje mágico que sólo conocía por fotos, era el momento de vencer los miedos, para intentar atreverme y vivir la experiencia de pasear por muchos aviones para llegar a la soñada Isla de San Andrés.

Les comentaba que el tema era atrevernos, pues vivimos en una zona aislada donde para aterrizar debemos tener mucho coraje, ya que cruzamos nada más y nada menos que el famoso Estrecho de Magallanes, ubicado en el extremo sur de Chile, si miran en un mapa es lo último que se ve.

Con casi siempre muchas rachas de viento, por lo que la experiencia casi siempre es como estar en la ruleta rusa, para quienes no tienen miedo a volar es maravilloso pero para quienes somos un poco más cobardes créeme que es todo un desafío.

Cada avión que tomábamos nos iba relajando pues estar en el avión era como ir sobre las nubes que nos iban meciendo…  La sensación era tan exquisita que nos atrevimos a ver por las ventanas el exquisito sol que pintaba de suaves y tenues colores cada nubecilla que se paseaba como  tiernos dulces de algodón.

Al llegar los miedos desaparecen y cómo no si ves la isla desde esa altura, comienzas a ver ese mar bañado de colores, cada rayito de sol lo pinta de distintos colores, es como estar tocándolo con las manos, definitivamente un paraíso.

La Isla en sí y sus encantos es fascinante, el calor que supera los 42 grados y su gente regalando sonrisas, hospitalidad, ternura y enseñando orgullosos su cultura en todos los sentidos es el mejor regalo de bienvenida.

Continuar leyendo