¿Crees en las señales?

Hace bellos y hermosos 9 años comencé la mejor aventura de mi vida, esa que te hace decidir y luchar, enfrentarte y atreverte a hacerle frente al mundo, aquella que sólo la intuición es guía y que es acompañada de claras señales que van dándote pistas de que es tu momento y que vas a la segura.

Se preguntarán de qué estoy hablando. Pues bien, es precisamente de lo que nos mantiene en pie, de lo que necesitamos para nutrir y embellecer nuestra alma, lo que purifica cada célula de tu piel… el Amor.

Crecí creyendo en cada cuento de hadas que me contaban, crecí pensando y sintiendo el amor en todos sus matices, sin embargo,  con el correr de los años todo se fue tornando de colores abstractos y poco nítidos que cambiaban mi forma de verlo, de sentirlo, pero de igual forma lo añoraba.

La ilusión estaba rota, pues pensaba que cada cuento de hadas de final feliz no era más que historias narradas en donde todo era bueno y en lo real no existía.

Estuve emparejada 6 años y junto a mi familia éramos todo un clan, en donde todo lo que hacíamos era comunitario, tan así que con mi en ese momento pareja habíamos perdido ese espacio de pareja, si bien es cierto nos queríamos y lo pasábamos bien pero si lo puedo graficar de mejor manera diría que éramos unos super amigos.

Si lo pienso creo que como pareja disfrutamos un año de los 6, ya el resto era el disfrute de estar juntos entre su familia y la mía, idas al campo, salidas a comer, disfrutar de tardes de canto, en fin, llegaba la hora de despedirnos y nosotros ya ni hablábamos sin ellos.

Tanto era el cariño de mi familia por mi pareja que cada ve se empezó a notar más ese claro interés porque en todo lo que hiciéramos estuviese… ya a mi no me veían.

Esto me llevó a aislarme, a sentirme extraña y claramente comencé a ilusionarme con que quería y anhelaba un cambio… pero obviamente no pasaba nada porque la rutina era trascendental en mi casa y familia.

Cuando ya sentía que debía quedarme cómodamente incómoda, es decir, rendida viendo cómo la vida pasaba frente a mis narices mi familia me pide que vaya a una de sus casas pues tenían una comida y querían que yo conociera a sus invitados.

Recuerdo que me negué tanto que me puse de mal genio con tanta insistencia, como vivimos en casas casi pegadas a mi tía no se le ocurre mejor idea que comenzar a golpear la ventana y gritar que me esperaban.

Me sentía como entre la espada y la pared, si me preguntan, creo que con ella jugaba a ser la rebelde, pues como es tan dominante yo no quería darle en el gusto, pero algo me decía que debía ir.

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