El helado de regalo

En tiempos de feministas al poder y de distintas olas es hermoso recibir el regalo de caballerosidad que poco se ve en estos tiempos y es buenísimo convertirlo en historia.

Hoy salí del trabajo a almorzar, me fascina sentarme a ver las expresiones de la gente que acude en masa a hacerlo.

Me llama la atención ver cómo algunos casi ni comparten, pues se la pasan pegados al celular comiendo cada uno por su lado.

Observo una pareja joven, de tal vez unos 27 años, mientras ella mira las vitrinas él pide los almuerzos.

Y así desde niños haciendo lo que quieren sin supervisión de los padres hasta ancianos acomodando sus bastones para comer solos.

Pasan por mi mente un sin número de sentimientos, pues entre que hay situaciones que te hacen reír, otras son insólitas y algunas muy tristes.

Termino de almorzar y como siempre que voy a ese sitio sale mi niña interior a pedir un helado, el que se ha convertido en el favorito, pues son deliciosos salvo que quienes lo venden casi nunca saben cómo tratar al cliente.

Siempre que voy llegando a la heladería pienso con qué reacción me encontraré, tal vez esperando que algún día se reciba un buen trato.

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La bondad de mi padre

Años atrás cuando en un intento por mejorar la relación con mi papá, acordamos reunirnos al menos de vez en cuando, sí a ese nivel estaba la relación desde siempre, tan sólo para charlar y compartir un rato recuerdo una ocasión en particular.

Mi papá aún vivía sólo en el taller de mecánica que tenía, o mejor dicho arrendaba, era un día sábado y habíamos acordado que yo iría para allá para almorzar juntos.

El contexto financiero de mi papá era en total bancarrota, siempre me sorprendió, ahora que lo pienso, la tremenda capacidad que tenía para sonreír así la vida no lo hiciera muy seguido con él.

Llegué al taller y allí estaba él, sonriente, lleno de grasa, con sus ojos café oscuros y grandes, y su típico saludo de “hola mija”, parecía que no tenía mucho movimiento de trabajo de un tiempo para acá, le pregunté a dónde íbamos a almorzar y me respondió que al restaurante del frente.

Mi papá era un hombre de estatura baja (1,64 cm aproximadamente), siempre que lo recuerdo mayoritariamente fue de contextura gruesa; sin embargo, desde ese tiempo estaba flaco y para nadie era un desconocimiento que no tenía plata ni para comer muchas veces; no obstante, el salía airoso de la lucha diaria.

Reconozco que yo aceptaba la invitación a almorzar porque nunca me había invitado a nada en la vida, era mi manera de sentir, quizá, que él por fin, estaba asumiendo, así fuera tarde, la responsabilidad de tener una hija.

En fin, ese día, fuimos al restaurante del frente, él saludó amablemente a l@s dueñ@s a quienes parecía les conocía, me invitó a sentarme en alguna mesa y de inmediato ordenamos la comida.

Comenzamos a conversar de lo cotidiano del día; sin embargo, lo que a continuación ocurrió me dejó perpleja, tanto, que hasta la fecha lo recuerdo con total nitidez:

De la nada apareció un hombre pidiendo limosna, llámesele habitante de la calle, pordiosero, limosnero o como sea que se les dice en su ciudad, el caso es que este caballero se asomó a la puerta de entrada del restaurante pidiendo comida, hasta aquí esto no tiene nada de impactante, al menos no en Colombia.

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