El refugio del amor

Existe un lugar mágico fuera de la ciudad donde tenemos la posibilidad de ir y desconectarnos del mundo.

Es un lugar donde la señal de celulares aún no llega y eso créeme que a veces es maravilloso.

Te permite la posibilidad de perderte entre árboles, naturaleza viva y radiante que te espera.

Parece que sus árboles te estuvieran esperando, ese es el camino de entrada, ellos se sacuden con viento en contra como dándote la bienvenida.

El camino es precioso, todo verde y con esos rayos de sol pintando colores de aquel arcoiris que se posa en momentos en que más lo necesitas como una luz de esperanza.

Nos adentramos a observar con quietud la majestuosidad de ese paisaje de ensueño, los pajaritos cantan como felices que llegues.

El sonido de las cascadas de agua que se esconde entre las ramas de esos viejos árboles relaja cada una de tus emociones y sentimientos.

Las pequeñas lagunas que encuentras en el camino son verdaderas llamas de color vivo por ese sol potente que comienza a hacerse ver.

Los patitos revolotean en esa suave y cristalina agua que destila sensaciones únicas.

El día es así, con profundos silencios, salvo el canto de aquellos pajaritos que danzan entre nube y nube.

Y partimos a esa banca que cuenta historias de viajeros por el mundo, frente a una de sus lagunas.

Ya dejando las mochilas y la descarga lista nos vamos por ella en la mejor de las compañías…. Un libro.

Me enamora verla sentada en esa banca, leyendo que es lo que le apasiona.

Veo en su rostro esa gratitud, esa bondad, ese disfrute por hacer lo que le encanta y simplemente me cautiva.

La miro sin cansarme y el silencio cómplice me permite tomar una hoja y un lápiz y escribirle.

Sin que ella lo note le escribo poemas, esas palabras de amor infinito que por ella siento y que fluyen con solo verla.

Quisiera quedarme allí por toda la vida…. Saber que estás con el amor de tu vida, con la templanza de la bendita naturaleza, gozando de ella créeme que eso no tiene precio.

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Los detalles de mi pareja

Siempre soñé con tener a mi lado a una persona detallista, romántica, que fuera capaz de disfrutar de las pequeñas cosas como yo.

A medida que el tiempo pasaba parecía que este sueño era cada vez más difuso, más irreal.

Hasta que apareció mi pareja y si bien nuestra relación no es la del cuento de hadas porque esas sólo existen en los cuentos, sí es una relación en la que nos hemos esforzado por hacerla real.

Dentro de las muchas cosas que hacen que ame a mi pareja y la elija todos los días, cada día, están los detalles que tiene para conmigo, está la manera como mira y vive la vida.

¿A qué me refiero?

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La fuga de Copito (I parte)

Como les había contado en otras historias anteriores, al año de haber llegado a vivir a Chile, decidí que era momento de irme a vivir sola, es decir, con mi gato.

Quienes tienen o han tenido contacto con gatos saben que éstos son animales de hábitos.

Por consiguiente, cualquier cambio que introduces en sus vidas, puede generar alteraciones en sus conductas o estados de ánimo.

Así que si puedes, la idea es ir introduciendo de a poco estos cambios.

Lo menciono porque Copito desde que yo llegué había estado en esa casa, al comienzo afuera y luego adentro.

Era un gato que salía a recorrer y volvía a dormir, a pesar que la veterinaria me había sugerido que si podía lo dejara sólo adentro.

No obstante como vivía con 2 personas más era imposible que éstas fueran estrictas en esto con él, por lo tanto, él seguía saliendo.

Cuando ya había decidido irme a vivir sólo con él, se iban a presentar varios cambios:

  • Cambio de casa
  • Cambio de personas alrededor
  • Cambio de alrededores
  • Ya no podría salir, es decir, iba a ser un gato indoor.

No era menor lo que le esperaba o mejor dicho, lo que nos esperaba.

Lo primero que hice fue llevarlo a que estuviera un rato en la casa mientras la limpiábamos, para que se familiarizara con el entorno.

Al día siguiente nos fuimos con todas nuestras maletas y aquí comenzó la odisea.

Miraba la casa y la recorría al comienzo con curiosidad, a mi modo de entender, luego empezaba a maullar, me imagino, que llamando a las otras personas o queriendo salir.

Nos habíamos ido a vivir a una casa en el centro de la ciudad, por ende era una lugar muy transitado por vehículos, era un entorno desconocido para él.

Las posibilidades que se perdiera eran infinitas o que le pasara algo y yo no estaba dispuesta a arriesgarlo así.

Reconozco que esos días fueron muy intensos y tensos porque lo que menos quería era lastimarlo y sentía que lo estaba haciendo.

Como le había consultado a la veterinaria y me había documentado para hacer este cambio, decidí entonces, comprarle un arnés (especie de collar para sacar a pasear a gatos o perros).

Averigüé cuáles eran los mejores y más seguros, supuestamente.

Copito estaba alterado, maullaba, recorría la casa y en ocasiones se echaba en un rincón.

Pensarán que soy la más bruja de todas las brujas, créanme que peor me sentía yo.

Sentía miedo, Copito era lo único que tenía y no quería arriesgarme a perderlo.

Era mi conexión con la humanidad, no la ajena, si no la propia, por llamarlo de alguna forma.

Una vez comprado el arnés, el plan era primero probarlo con él en la casa de a poco, 1 minuto, luego 3 y así sucesivamente, hasta que se familiarizara con éste y así lograr sacarlo a pasear.

Fui persistente e insistente con esto. Al comienzo le molestaba.

Copito ha sido un gato al que no le gustan ni collares, ni arnés, ni ropa, ni nada que le coloques.

Ésa es una de sus características desde siempre.

Sin embargo, yo tenía la esperanza que con el arnés fuera distinto.

Transcurrido un mes quizá, pensé, ilusamente, que ya estábamos listos para dar el primer gran paso:

Sacarlo a pasear con el arnés, ahí alrededor, es decir, afuera de la puerta de la casa, literalmente.

Esta experiencia fue positiva dentro de todo, intentó zafarse del arnés y ahí yo apliqué presión, en términos, que era yo la que estaba al mando, obviamente, sin lastimarlo.

Duramos unos breves y a la vez largos minutos, yo muerta de susto; no obstante, como todo salió “bien”, dentro de lo abordable, no tuve problema.

Así seguimos por varias semanas, incrementando frecuencia en días y tiempo de salida, eso sí, siempre afuera de la puerta de la casa.

Hasta que un día como de costumbre lo saqué a pasear con el arnés, él intentó como era habitual zafarse y como siempre pasábamos por este ritual, yo le llamaba la atención y listo.

Él comenzaba a oler y caminar alrededor hasta que pasados unos minutos nos entrábamos, pensé que era más de lo mismo.

Estaba muy equivocada…

De repente estando en medio de esta pugna que se intenta zafar y es como si caminara hacia atrás y yo que le llamaba la atención, cuando en cuestión de segundos, me quedé con el arnés en la mano.

Se había logrado soltar.

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Una linda sorpresa

La historia que a continuación les voy a contar es algo que sinceramente no creí que fuera a vivir y menos a compartir, porque simplemente pensé que eso no pasaba y menos a mí.

Hace algunos días atrás, como siempre, andaba corriendo de un lugar a otro por temas de trabajo.

Estresada, mirando el reloj en todo momento para intentar llegar a tiempo y cumplir con las tareas comprometidas.

Era mediodía y yo la verdad, es que ya estaba agotada, exhausta y me esperaba una larga jornada porque justo ese día trabajaba hasta más tarde, es decir, por fuera de mi horario habitual.

De eso que miras tu reloj y de sólo pensar en todo lo que aún te falta por hacer ya te cansas.

En fin, en un día había transitado por 3 lugares distintos, diametralmente opuestos, con todo lo que ello en términos de recorrido y de estrés implica.

Estar en medio de trancones o tacos (es decir horarios en los que hay mucho tráfico vehicular) y yo afanada tratando de respirar para no ir a colapsar.

Así estuve durante todo el día, ya cuando me trasladé al último lugar que tenía por visitar, iba a una reunión donde yo tenía que hablar y para ser sincera, a esa hora del día ya estaba colapsada, muy cansada.

De eso que te sientes tan cansada que te das cuenta que tu pensamiento se enlentece, tu cuerpo no responde de la misma manera y lo que es peor, en vez de preocuparte o asustarte, lo aceptas con resignación.

Así estaba yo cuando llegó la hora de la verdad y me tocó intervenir, lo hice intentando que no se notara que se me olvidaban las palabras o que no las encontraba con tanta facilidad en mi mente.

Después de un rato, la conversación fue agradable, la gente presente opinaba y a decir verdad, fue una buena reunión desde mi punto de vista.

Creo que puede ser también porque siempre he disfrutado hablar en público, a pesar que me da nervios, es una emoción que me motiva a seguir haciéndolo y me desafía.

Terminada la reunión, ya de noche, yo estaba en un sector de la ciudad que en distancia estaría a 20 minutos de mi casa.

Llovía, hacía viento (recuerden que acá el viento no es la leve brisa que cualquier mortal conoce, vientos de más de 70 ó 100 km/h) y yo esperando tomar bus o colectivo como le llaman acá.

Tenía mucho frío, estaba muy cansada y tenía hambre.

Mejor dicho, lo único que quería era llegar a mi casa, besar a mi pareja y abrazar a mi gato.

Habrán pasado más de 20 minutos y no pasaba ningún colectivo que me sirviera, que a decir verdad era sólo 1 ruta.

Ya estaba mojada, muerta de frío, resignada y a decir verdad un poco asustada porque este sector de la ciudad es un poco peligroso.

De repente de una de las casas sale una señora mayor, delgada y de estatura baja, me sonríe y se acerca a un auto que estaba justo donde yo esperaba el colectivo.

Me saluda y me pregunta “¿para donde va?”

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Hay palabras que duelen más que los golpes

Hay palabras que duelen más que los golpes, y créeme que esas heridas no sanan fácil, no basta con colocarle un algodoncito porque con eso solo puedo tapar el dolor y dejar que se pudra, necesitaba limpiarlas y que así pudieran regenerarse.

Una tarde de invierno recibo la llamada de mi prima, la que hasta aquel momento era como mi hermana, me decía que necesitaba urgente conversar conmigo por mi en ese entonces, nueva relación de pareja.

Me sentía nerviosa porque conociéndola lo más probable era que para variar no era lo que ella esperaba, pues toda la vida fue igual, creo que en su juego de ser la hermana mayor se sentía con el derecho a decidir por mi.

Claramente creo que esto no fue gratuito pues yo siempre buscaba su aprobación para todo.

Esta vez para mi era distinto, sabía que al elegir a mi pareja tocaba romper con muchas cosas y entre ellas con gran parte de mi familia.

Estaba consciente de lo que quería y buscaba al menos la posibilidad de que accediera a escucharme y a conocer a mi pareja, pero eso no ocurrió.

Siempre me dijo que cualquier persona que se me acercaba tenía o algún defecto o simplemente era muy poca cosa, como si yo fuera de la realeza, que todos me iban a querer por interés y que debía casi buscarme un artista.

Yo nunca le hice caso, porque al final igual terminaba aceptándolos, pero esta vez ya en 9 años creo que ya no fue.

Recuerdo que al comenzar a conversar lo primero que me dijo es que estaba cometiendo un error y que al igual que los yogurt tenía fecha de vencimiento.

Me dijo que mi pareja era mucho para mi, porque tenia mundo, que era intelectual, estudioso y viajero y que yo no encajaba.

Ya a esas aturas en que yo aún no hablaba me dio mucha risa porque era primera vez que ahora era mucho, ya que siempre era poco.

Me dejó en claro que si tomaba esa decisión implicaba una separación con la familia.

Llegamos al punto que realmente a mi me interesaba, que era cómo iba a quedar la relación con mi sobrino y futuro ahijado.

Ahí sentí como si estuviera en un espectáculo de box pues sentía que venían patadas y golpes duros por la forma en que ella me decía sin tapujos que me olvidara de que todo iba a ser normal con él.

Que me olvidara de ser su madrina y que viviera mi vida.

Recuerdo que me sudaban las manos y sentía mi cuerpo tiritar, intentaba estar digna cuando sentía que el alma se me partía en pedazos.

No podía creer en tanto egoísmo, si bien siempre ella tuvo una forma de ser muy brutal para decir las cosas, como les digo sin gritos pero no por eso no me violentaba.

Lo único que me atreví a decir es que paráramos la conversación, que por su hijo no me preocupaba porque para mi el valor del amor va más allá del título o la “responsabilidad” de ser madrina.

Le dije que no lo compartía y que me dolía pero que esperaría que él creciera pues apenas tenía 3 añitos y que lo que habíamos construido nos delataría con el pasar del tiempo.

A pesar de ser un relato muy duro creo que mi sobrino y yo logramos trascender muchas barreras, hasta el día de hoy él tiene 12 años y nuestro amor sigue intacto.

Luego de pasar por muchos desacuerdos para poder vernos y esperar a que creciera y pudiera él solito buscarme, lo que siempre ha hecho, logramos traspasar todas las piedras del camino.

No ha sido fácil pero ya está más grande y cada vez que viene a Chile como él dice siempre me avisa y me busca y yo le pido autorización a ella para poder verlo.

A pesar de que nunca logramos con ella volver a conversar el tema creo que se resignó y después de todos estos años de repente me escribe o me envía fotos de mi niño.

El poder del amor es tan mágico y tan increíble, pues desde bebé estuvo tan pegadito a mi que creo que fue un lazo tan potente que nos unió de manera magistral y hoy lo veo como dos o tres veces al año e intento disfrutarlo.

Ya sus conversaciones van cambiando, ya vamos dejando los juegos para centrarnos en conversaciones mas de grandes como dice él y yo vivo agradecida de ese regalo, el de sentir cómo nos amamos y de cómo el aceptó a mi pareja y le quiere y respeta.

Tuvimos que dolernos, tuvimos que llorarnos y extrañarnos pero al final siento que valió la pena pues si perdí a una prima creo haber ganado a un ser maravilloso que me refleja la inocencia y la bondad en esa mirada dulce que en él habita.

El me dice que me quiere feliz, que me ama a mi y a mi pareja y eso lo hace sentir en cada visita.


Invierno

El resplandor de tu piel me encanta día a día, la belleza cristalina de esos ojos cautivos son los que me incentivan a continuar avanzando en este camino que día a día mejora el paisaje.

Siento tu olor a cada segundo sobre mi piel, brotando desde mi pecho y mi sentir y eso me hace sentir cada vez mas tuya amor mío…

Hoy en esta mañana helada y a la vez despejada, una vez mas amanecí en tus brazos, desperté con esa suave caricia del día a día, y es lo que mas enriquece el amarte, sentir cada gesto tuyo hacia mi, cada demostración de amor que de ti emana aflora sentimientos tan bellos lo que permiten agradecerle a la vida y a Dios por el regalo de tu llegada, por el regalo de tu amor.

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El llamado del alma: Vivir en Chile

Como les había dicho antes, me encanta viajar y desde hacía un buen tiempo estaba pensando y buscando opciones para irme a vivir por un tiempo fuera de Colombia, ojalá y a estudiar, esto con el fin de poder tener una perspectiva de mi país viéndolo desde fuera, necesitaba alejarme de él, de mi historia en él, de la identidad que construí allí, en fin, necesitaba empezar de nuevo, quizá…

Obviamente como algún@s latin@s, tenía el sueño americano, así que mis países de destino eran Estado Unidos o cualquiera de Europa, ni por equivocación me fueran a decir algún país de Suramérica porque entraría en cólera de la indignación, eso sí sin un peso pero digna, jaja. Por ende, cuanta beca existía, cuanta beca postulaba y entre medio, apostillaba mi título e iba haciendo todos los trámites necesarios para ir adelantando trabajo.

El problema era que de todas las postulaciones que hice, en ninguna quedaba, era intentar encontrar una aguja en un pajar, literalmente. En medio de esto, luego de haber quedado desempleada y de sentirme desilusionada al sentir que había entregado más de mí en mi último trabajo para que en un abrir y cerrar de ojos decidieran prescindir de mis servicios, el panorama se me fue estrechando y con eso también se iba achicando o asfixiando mi alma.

En medio de este estado de devastación en el que me encontraba de repente una amiga, me propuso que la acompañara a Chile porque ella iba a presentar un capítulo de su tesis de magíster en un seminario e iba a aprovechar para pasar a visitar a otra amiga colombiana que llevaba viviendo ya varios años en ese país. La verdad no lo pensé 2  veces, ni siquiera supe porqué acepté pero lo hice y nos enrolamos en ese viaje.

Lo primero que hicimos al llegar fue ir a visitar a la amiga de mi amiga que vivía al sur de Chile, reconozco que me impactó el frío, el viento (más de 100 km/h), lo pintoresco de los techos de las casas porque son de distintos colores, la amabilidad de la gente que nos recibió y que sin conocerme me plantearon la posibilidad de recibirme en sus casas si decidía vivir ahí, hasta ayudarme a encontrar pega (modismo chileno para referirse a empleo o trabajo), la seguridad y tranquilidad de la ciudad, podías dejar tu auto con el motor encendido y la puerta abierta e irte para tu casa a buscar algo y al salir tu auto estaba ahí, intacto. Comprendan que para alguien que vivía en Colombia, país que lamentablemente, no se caracterizaba por ser el más seguro o tranquilo, esto era un milagro.

Con ese panorama con mi amiga nos devolvimos para Santiago al seminario en el que participaría ella como ponente, yo la verdad iba de colada porque el dinero no me había alcanzado para inscribirme en este evento, así que con mi amiga diseñamos un plan en el que yo pasaría como ayudante de ella; sin embargo, a la hora del seminario nos dijeron que como mi amiga no había informado que llevaba ayudante no podrían recibirme, así que me quedé esperándola afuera del auditorio donde en pocos minutos iba a empezar éste y ahí, de repente, otr@s compatriot@as que nos escucharon, me preguntaron si quería entrar y con mi amiga les explicamos lo que nos pasaba y ell@s nos contaron que había una promoción donde por pagar 8 personas la 9 entraba gratis y esa novena persona en su caso no había podido viajar así que si yo quería me cedían ese cupo para que pudiera entrar GRATIS al seminario (este duraba una semana), obvio que mi respuesta fue SÍ!!!

Y así fue como sin más, entré y participé de un seminario extraordinario, en el entremedio mi amiga quería consultar por un doctorado y me pidió que la acompañara a consultar en esa misma Universidad, así que la acompañé y mientras lo hacía de repente encontré un magíster que me encantó en Psicología Comunitaria modalidad semipresencial, así que pensé, yo podría vivir en el sur de Chile y venir a Santiago sólo a las clases presenciales porque el resto lo podría hacer desde allá.

Terminado el seminario, nos devolvimos para Colombia; sin embargo, la que volvía no era la misma que se había ido, porque llevaba una misión: Regresar a Chile a vivir y a estudiar y tenía el tiempo jugando en contra porque el seminario fue a fines de octubre y las clases en el magíster comenzaban en abril.

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