Pánico a volar

Algunas veces me pasaba que me costaba trabajo comprender cuando había personas que manifestaban sentir miedo incontrolable hacia algo o alguien, por ejemplo, gente que le tiene miedo a los perros, a las alturas, etc.

No me refiero a los nervios que te puede llegar a producir, me refiero a ese miedo que más que miedo es pánico, es terror, que te petrifica, te detiene, te altera.

La verdad es que pensaba que eran exagerad@s, ¿cómo tanto?

Hasta que me pasó a mí:

Primero aclarar que cuando vives en el lugar donde vivo ahora, vientos que alcanzan más de 100 km/h, ahí te das cuenta que la leve brisa que yo sentía en mi Cali natal no es nada.

Entonces el panorama cambia, lo que antes sentías como “turbulencia” cuando volabas no es la misma que la que puedes sentir estando en el aire con esos vientos que salen acá.

Recuerdo que la primera vez en mi vida, que viajé en avioneta fue justamente acá y se suponía que el vuelo debería durar 11 minutos.

Sí, tan sólo 11 minutos.

¿Qué me podría pasar estando en el aire durante 11 minutos? Pensé.

Bueno mucho, tanto que desde aquel entonces, no soy la misma ni me relaciono de igual forma con los aviones o cualquier medio de transporte que no sea terrestre acá.

La avioneta de la que les hablo cuenta en total con 8 puestos, incluyendo el piloto.

Sale así llueve o truene, es decir, si hay vientos de más de 100 km/h que es común acá, pues sale, ¿cuál es el problema?

Recuerdo que cuando llegué al aeropuerto y la vi dije “qué bonita!”, “tan chiquita”.

De ida fue tranquilo el vuelo, contemplas un paisaje maravilloso, indescriptible, como son los paisajes que hay por estas tierras.

Y a los 11 minutos exactos ya estábamos del otro lado.

“Genial” pensé, esto es todo, qué bien!.

Al  regreso fue que comenzó la odisea.

Afortunadamente como viajaba con otra compañera de trabajo nos sentamos juntas, había un viento de más de 100 km/h y antes de partir el piloto se voltea y nos mira para decirnos “abróchense los cinturones porque se va a mover un poco”.

¿Qué entenderá ese señor por “poco”?, me pregunto cada vez que recuerdo este episodio.

Partimos y ni habíamos empezado a subir y comienza esa avioneta no a moverse, a azotarse, les juro que comencé a sentir que el corazón se me iba a salir, tuve la inútil ilusión de creer que esto era sólo el despegue y que luego se calmaría.

Groso error, no fue así, cada vez la cosa se ponía peor.

Ya estando en el aire la situación es indescriptible, les juro que mientras escribo estas líneas, la respiración vuelve a acelerarse, el corazón a latir más fuerte y mis manos comienzan a colocarse frías y sudar.

Se movía de lado a lado y lo peor era cuando bajaba como si nos fuéramos de pique, ni les digo la sensación de vacío en el estómago tan horrible.

Creo que todas las lombrices y bichos que hubiese podido tener ese día en mi estómago se murieron del susto tan verraco.

Aclaro que yo no era la única “loca de la avioneta”, tod@s l@s que viajábamos en ese momento estábamos histéric@s, excepto, por supuesto, el piloto, para quien esto era “un leve movimiento”.

Yo no gritaba porque cuando estoy en momentos de mucho estrés o tensión, momentos límite, puedo ser muy controlada de vocabulario; pero por dentro estaba hecha trizas.

Tan sólo le apretaba la mano a mi compañera de trabajo y ésta hacía lo mismo, me miraba y en su cara yo veía la misma angustia y miedo que yo sentía, éramos las 2 intentando hacer de tripa corazón.

En un momento el piloto, esto es verdad, se los juro, suelta los controles de la avioneta, toma una revista y se pone a mirar algo.

Ahí les juro que me tuve que armar de valor para no saltarle directo a la yugular.

Y en ese momento, dejé salir un “hijueputa!!!!”.

La gente comentaba, algunas lloraban, y mientras todo esto pasaba, la avioneta seguía azotándose.

Yo me reconecté con Dios, pensé que hasta ahí me llegaba la dicha, que esto fue debut y despedida, en fin.

Luego de 25 minutos de un tormentoso vuelo, sí 25 minutos, por fin, gracias a Dios, llegamos, aterrizó.

Sanos y salvos.

Un caballero comentó que el siempre todos los días hacía este viaje y que en 20 años de hacer esto, era la primera vez que le había tocado un vuelo “tan feo”.

Ahí casi me desmayo para ser sincera.

Cuando ya estábamos a salvo, miro a mi compañera, nos abrazamos y ahí me dice, me duele la mano.

Sí, la que yo le tenía agarrada durante el viaje.

Pues resulta que de tanto miedo y nervios, la apreté tan fuerte que no me di cuenta que ella tenía un anillo y prácticamente y sin temor a equivocarme, casi le dejo el anillo como parte de la mano.

Nos reímos en medio de tanta angustia.

Sin embargo, la historia no termina ahí.

Desde esta experiencia hace ya 9 años aproximadamente, cada vez que he tenido que viajar en la misma avioneta, en avión o en barcaza (una especie de barco), me ocurre lo mismo, las mismas desagradables sensaciones físicas.

Hasta el punto que he tenido que ir al médico para que me recete alguna pastilla que pueda calmarme y aún así esto no ha resultado.

Terminé por tomar flores de Bach y hacer ejercicios de respiración que si bien no me quitan el pánico o la fobia a volar, sí me permiten afrontarlo porque por mi trabajo tengo que hacerlo.

O simplemente porque en algún momento necesito viajar.

Desde este episodio cuando alguien me comenta que tiene miedo frente a algo ya no me pregunto ¿será para tanto? Si no que simplemente, le comprendo porque yo también siento miedo y sé lo que este puede llegar a generar.

Y tú ¿a qué le temes?

Comparte en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *