Historias de una hora de colación (almuerzo)

Salgo del trabajo, las temperaturas están apenas en dos grados, el sol imponente desliza sus rayos como diciendo presente, logra formar un bello paisaje y entibiar el alma que tantos masajes necesita.

Camino disfrutando cada paso, me fascina ver todos los gestos de la gente, aquellos que corren atrasados, aquellos pausados, me fijo hoy de manera fija en nuestros adultos mayores.

Y como no, si a ellos nadie los apura, tal vez porque ya pasaron por la etapa en que la vida era una competencia, ahora van sin desgaste pausadamente disfrutando de la vida… que loco no?

Llego a la plaza porque una suave melodía me lleva a buscarla, a lo lejos veo a un niño de unos 17 o 18 años encorvado, con una bufanda y un órgano convertido en piano, sus manos cubiertas en guantes por el frío que recorre su cuerpo debajo de un gigante árbol que lo resguarda.

El no mira a los transeúntes, sigue encorvado haciendo lo que se nota le encanta, sus dedos a través de esos guantes se deslizan de un lado para otro y esa melodía es tan suave que deleita a muchos.

En algunas bancas los locos viejitos están sentados mirando el horizonte, de seguro recordando a través de esa melodía cada uno de sus mejores momentos.

La energía fluye de manera exquisita en esa plaza, dan ganas de quedarse pero la hora para trabajar pasa rápidamente por lo que dejo algunos minutos de regalo para escuchar y parto con la alegría y el goce de sentir el poder de la música, esa mística que lleva, esa sensación de libertad, de unir la pasión, el amor, ese que brota por la piel cuando te consideras una enamorada de la vida y de las simples cosas.

Esas que llegan como verdaderos regalos sin pedirlo y se posan frente a ti para simplemente ser vista por los ojos del alma que habla.

Y tú… te darías el tiempo de convertir una salida en un disfrute especial donde los sentidos te guíen?

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