El robo de la inocencia

Hoy escribo desde el silencio que guardó mi corazón cuando hace muchos años, en pleno crecimiento viví abusos de índole sexual.

Querían robarme la inocencia, a tal punto que debo decir que de cierta forma lo consiguieron.

Yo tenía apenas 9 años en una infancia que me inundaba de dicha, tenía todo lo que soñaba y estaba acompañada del mejor regalo de hija única… mi madre.

Entre tantos cumpleaños que se celebraban en casa de mis familiares y al cual asistían primos de mis primas, yo jugaba con esa pasión que tienen los niños sin ver más allá.

Los juegos eran al aire libre, al son de un columpio, de correr en campos que para mi eran gigantes.

Recorríamos de esquina a esquina ese sector detrás de una pelota, entre risas y gritos.

Hasta que una tarde como recuerdo llovía mucho nos hicieron jugar en casa, los primos de mis primas eran más grandes, recuerdo que eran 6 hombres.

Claramente todos distintos, dentro de ellos había uno que jugaba a hacerse el grande y comenzó por hacerlo con nosotras… niñas pequeñitas que no entendíamos qué era lo que pasaba.

Él comenzaba a hacerse el papá de la casa y eso incluía una voz de mando en la que inocentemente creíamos.

Desde preparar las tacitas del té a atender a las visitas pasábamos horas jugando hasta que esas visitas se iban y se quedaba él con nosotras.

Con esa imagen imponente de padre que se la creía todo el rato nos comenzaba a incitar con gestos obscenos, con tocarnos, con intentar darnos besos.

Recuerdo que cuando eso pasó yo no quería hablarlo con nadie, pues una era muy niña, sabía que era algo malo y bajo la presión que él ejercía del temor si hablaba recuerdo que lloraba en silencio.

Tenía ese sentimiento atroz que da el pánico, sentía que mi mamá debía saberlo pero pensaba en las amenazas de ese chico y me aterraba saber qué pasaría.

Desde ese cumpleaños ya no volví a jugar, me pasaba esas fiestas sentada al lado de mi mamá, quien sorprendida intentaba explicarse qué me pasaba.

Muchas veces me preguntó si me habían hecho algo, nunca quise decírselo, sólo recuerdo que a mis 9 años yo intenté callar ese dolor.

Con el pasar de los años y de otras tantas celebraciones recuerdo que cuando él se intentaba acercar para que “juguemos” yo ya no me asustaba.

Dentro de lo chica que era tenía claro que eso no estaba bien y que a mí no me gustaba por lo que me negaba y le decía que si me obligaba hablaría con mi mamá y con su mamá.

Creo que dentro de todo para tan corta edad fue una buena respuesta, pues le provocó miedo y me suplicaba que no le dijera a nadie y que nunca más jugaríamos así.

Debo reconocer que a pesar de haber callado ese dolor que me marcó mucho por años creo que para tener corta edad logré salvarme.

Cuando somos niños buscamos estrategias y creo que muchas veces reaccionamos mejor que los adultos.

Con el correr de los años conversé esto con especialistas y lo trabajé…

Mi familia al final nunca supo todo lo que ocurrió durante esa infancia bella en la que la fuerza de la maldad no logró arrebatarme mi preciada inocencia.

Logré comprender muchas cosas después de trabajar el tema y es por eso que hoy lo puedo escribir, creo haber sanado esas heridas de manera bondadosa.

Es difícil no irse al lado malo, pero creo que buscar el equilibrio por salud mental es siempre lo mejor.

Hoy de esa infancia créeme que han pasado muchos años y aún me lo encuentro en las calles, debo decirte que es inevitable que recuerde todo lo que ocurrió.

Pero al verlo siento pena, pues tal vez él desde ese día cambió o tal vez sigue peor, pero cuando te sanas puedes mirarlo con compasión, con lástima por esa pobreza humana que ojalá haya superado.

Y ojo que no lo digo con soberbia, al contrario, es que es inevitable que al verlo su mirada como que me dice que sigue siendo igual… espero que haya encontrado amor en su corazón para no flagelar la inocencia de ninguna niña.

Sé que es padre de familia, y espero de corazón que haya cambiado por su bien y el de su familia.

Hoy miro la vida y agradezco el haber aprendido de esta dolorosa situación.

Aunque a veces callemos es necesario sacudirnos y limpiarnos para reinventarnos.

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