El día de furia de mi pareja

Hace algunos años atrás habíamos ido con mi pareja de vacaciones a visitar a una amiga muy querida, la cual vivía en uno de los lugares más hermosos que tiene este largo y angosto país.

Nuestra amiga súper preocupada por nosotros, nos había elaborado algunos posibles destinos para que conociéramos aprovechando los días que estaríamos allá.

Estos lugares se asimilaban a los que ya habíamos investigado por nuestra propia cuenta antes de llegar.

Sin embargo, había uno en particular, que nos dijo sí o sí tienen que conocer y recorrer, es hermoso y nos explicó la mística que tenía.

Mi pareja, quizá como anticipándose a cualquier situación compleja, le preguntó si para ir allá era necesario estar en óptimas condiciones físicas, ser deportista o caminante regular o algún aspecto que podría ser de cuidado o riesgo.

Lo hizo porque el lugar que nos describió nuestra amiga era un sitio donde al llegar había que hacer una caminata de ida y vuelta y como conocemos a nuestra amiga y sabemos que ella es, según nuestra óptica, de aventuras extremas, podría pasar que lo que para ella fuese fácil para nosotros implicara una sobre exigencia física o algún riesgo.

Nos respondió que no, que hasta sus padres lo habían hecho.

Aquí aclaramos que los padres de nuestra amiga no son el estereotipo de padres, es decir, ellos son, de caminar, de viajar, de cuidarse en la alimentación, o sea una mezcla entre deportista y místico.

Con ello, la verdad es que en vez de tranquilizarnos nos dejó más preocupados; sin embargo, al expresárselo dijo no se preocupen que el recorrido es fácil.

Sin más preámbulos al día siguiente partimos felices en la mañana a conocer el famoso “Muelle de todas las almas”.

Un lugar que según entendimos, fue creado por un artista en algún paraje de la hermosa naturaleza, donde luego de una larga caminata te encuentras con un puente en el que caminas y llegas hasta el mar.

Se le dice así, porque según este artista, como en ese sector se estrellan las olas del mar contra las rocas, es en ése momento donde las almas se manifiestan.

Imagínense con toda la historia y expectativa que partimos y aquí fue donde comienza la historia:

Llegamos al terminal de transporte y como el día antes habíamos comprado los tiquetes con números de asientos, pensamos (erróneamente) que íbamos con asientos designados.

Nos encontramos con una van (buseta, mini van), de aproximadamente 20 personas, que estaba llena, había gente de pie y hasta en la puerta.

Al ver esta situación, quedamos en shock, yo le pregunté a la persona a cargo que qué pasaba con nuestros asientos y me respondió “pues vaya pídalo”.

Aquí quien entró en acción fue mi pareja:

“A ver, ¿cómo que vaya pídalo? Ayer cuando compramos preguntamos y nos garantizaron que era con asiento numerado así que nos resuelven el tema”.

La señora poco amable que se había dirigido a mi, no tuvo más chance, que ir con nosotros y pedirles a las personas que estaban ocupando nuestros asientos que se levantaran.

De ahí, ¿pa qué les cuento el recorrido?

Totalmente apretados, una carretera que por ratos era de tierra y saltaba como loca la van, unos hoyos que te los encargo, en fin, fue una larga travesía.

A la hora más o menos, llegamos a un paraje donde había que detenerse a pagar peaje, porque este lugar está en medio de unas tierras de privados, entonces cuando se va para allá, hay que pagarle a los dueños de esas tierras para poder pasar.

Lo típico que suele pasar en algunos países de Latinoamérica.

Al seguir el recorrido teníamos que pasar por un puente que tenía un letrero que decía “peso máximo 40 toneladas, peligro de caerse”.

Era una estructura endeble de madera, comprenderán que al leer esto pensé “nos fuimos a la mierda”, así que miré el agua que pasaba por debajo del puente artesanal como intentando calcular en caso de caída si era muy hondo el lugar.

Afortunadamente no nos pasó nada.

Cuando por fin llegamos al famoso lugar, eran alrededor de las 12:00 del día, teníamos un hambre brutal, había más o menos 40 grados de temperatura y estábamos pasados a polvo hasta el pelo.

Para nuestra sorpresa no había ningún restaurante donde almorzar, sólo un lugar donde vendían empanadas y sólo de queso.

Resignados compramos las empanadas que le quedaban (2 cada uno si mal no recuerdo), compramos gaseosa (bebida) y nos fuimos.

El famoso lugar, era un caminito estrecho de tierra donde a medida que caminabas se perdía el camino.

Lo que te permitía identificar por dónde ir es que iba y venía gente, esa era la única señal.

No había señalética y había momentos donde te encontrabas con bifurcaciones y literalmente no sabías pa dónde ir.

Ahí tocaba esperar hasta que pasara gente y te pudiera orientar o simplemente tú seguir por donde veías venía la gente.

Imagínense la escena: 40 grados, un tierrero la cosa más verraca, nosotros caminando ya jadeando a estas alturas, sin una posibilidad de sombra, sin nada que te indique vas bien, te falta tanto para llegar, nada, la gente que te encontrabas te decía “ahh es tan lindo, les falta mucho pero vale la pena”.

Y mientras tanto, siga caminando, hasta que comenzamos a divisar unas tremendas subidas sin ningún camino, era más o menos, sin exagerar, hágase la alpinista.

Y aquí comienza la transformación de mi pareja.

Siempre de los dos yo soy la histérica, si se quiere decir de alguna forma.

Su forma de ser es tranquila, sosegada, calmada, entonces es quien tiene el control y de hecho cuando yo me enojo, utiliza el humor como arma, así que al final, termino riéndome de mí misma y se me pasa la rabia.

Comencé a notar que estaba en silencio. Mal síntoma.

Llevábamos más o menos 20 minutos de trayecto, y empiezan estas subidas y después de cada subida unas bajadas de miedo.

El sol masacrándonos literalmente, el aire caliente, la ropa pegada, polvo por todo lado, la gente que viene de vuelta y te mira con cara de destruida pero contenta, y te alientan con la mejor intención diciéndote “es muy bonito pero les falta mucho, sigan”.

Era un mensaje contradictorio, porque era como sigan que vale la pena, pero hijuemadre que les falta.

En una de esas subidas de terror, por más hacer le digo a mi pareja ¿te tomo una foto? Mira que la panorámica es espectacular, porque a decir verdad, el sitio era hermoso.

Puro verde alrededor y tenías de fondo el mar, en esas subidas del terror, eran terribles, de verdad, al menos para nosotros, llegabas arriba con la lengua afuera literalmente y luego alzabas la vista y te encontrabas con ese regalo de la naturaleza.

Era indescriptible.

Era la recompensa por tu esfuerzo, por la perseverancia.

Eso me daba aliento para seguir adelante, porque para ser sincera “el camino” que no era camino, era desalentador por si solo, seguías y seguías adelante y sólo veías subidas.

La mirada que me lanzó mi pareja fue fulminante y con tono de furia me respondió: “¿qué foto quiere me tome no ve que estoy echo mierda?”

“Espere que salga de esta y le voy a decir unas cuantas verdades a nuestra amiga, si quería deshacerse de nosotros no tenía por qué habernos mandado para acá, nos lo hubiera dicho”

Y siguió alegando por un buen rato.

Yo quedé estupefacta porque verle así era sorprendente.

No sabía si reír o quedarme callada, de verdad.

Así que con voz tranquila, sin aliento, pero tranquila, le respondí “calma, respira, mira el regalo del paisaje”.

Omitiré por respeto a l@s lector@s lo que me contestó.

Así que tomé la cámara fotográfica y tomé fotos.

Esperé un rato más en silencio, sabía por experiencia propia, que cuando estás enojad@ a veces, lo mejor es dejar a la persona en silencio.

Pasados unos minutos entre subidas y bajadas, de verdad la exigencia y desgaste físico era fulminante además con un sol que quemaba y polvo hasta en los ojos.

Entre más caminabas más difícil se tornaba el recorrido.

Como mi pareja seguía furiosa, decidí que era el momento de devolverle la mano así como infinitas veces me calma en mis instantes de cólera.

Por lo cual, simplemente seguimos caminando y me tragué todas las pute… que yo también tenía para nuestra amiga.

Más de 40 minutos de recorrido, cuando por fin divisamos la más grande subida de todas las que hasta el momento habíamos realizado y se supone por lo que la gente que venía de vuelta nos decía que después de esta estaba por fin el muelle de todas las almas.

Con las pocas fuerzas que ya no teníamos y que sacamos no sé de donde, seguimos y la imagen fue tragicómica porque al llegar a la cima divisamos un fila humana impresionante, más de 100 personas que iban desde donde empezaba la bajada de esa cima hasta el famoso muelle.

El problema era que la fila además de larga era súper lenta porque la gente llegaba hasta allá y comenzaba un estudio fotográfico, entonces podrían ser perfectamente 20 ó 30 minutos por persona o familia para tomarse fotos y por eso la fila no avanzaba con celeridad.

Así que nos miramos con mi pareja y decidimos que hasta ahí era el recorrido que hacíamos, vimos a lo lejos al muelle y el panorama era hermoso, la naturaleza majestuosa.

Nos quedamos con ese regalo y de ahí, luego de más de 1 hora de caminata tocaba devolverse, retornar.

Así que comenzamos el camino de regreso y aquí al poco andar, la que se descompuso fui yo.

Me dieron ganas de vomitar, me sentía muy mal, así que mi pareja tomó las riendas de nuevo.

Buscamos algún lugar que pudiera hacer un poquito de sombra, porque no había, nos quedamos un momento, a que me bajara un poco este malestar.

El regreso fue lapidario, porque el malestar no se me quitaba y eso me asustaba mucho porque estábamos en medio de la nada, sólo gente deambulando; pero no había primeros auxilios o algo similar.

Mi pareja me calmaba, me daba ánimo, y el camino fue más lento porque apenas encontrábamos algo que pudiera hacer algo de sombra, así fuera la más mínima, nos deteníamos a que yo descansara.

Fue más de una hora de regreso, yo estaba echo pedazos la verdad y mi pareja ni se diga.

La odisea de retorno no paró ahí, pues cuando por fin, salimos de eso y nos dirigimos a la van que nos había traído, nos dijo que no teníamos pasajes que teníamos que ver si había asientos y que salía, 2 horas después.

Para ahorrar el cuento, nos pasaron a otro bus, hicimos el camino tortuoso de regreso, pasando por el puente con el letrero de “si se excede de 40 toneladas el puente se puede caer” y este bus nos llevaba hasta otro pueblo donde tendríamos que tomar otro bus para poder llegar a destino.

Fue tremenda odisea y también una gran experiencia.

¿Qué sacamos de esto? Muchas cosas.

Aprendí que para llegar al muelle de todas las almas tienes que recorrer un camino que muchas veces ni ves, que tienes que apelar a confiar en lo que te dicen, que tienes que creer en tus fuerzas así no las sientas ni veas y que todo esto aplica a la vida misma.

Aprendí que ser pareja es tomar la batuta en momentos donde el/a otr@ no puede o no quiere hacerlo y también confiar y soltar cuando tú ya no puedes seguir siendo quien lidera.

Aprendí a conocer una faceta oscura de mi pareja que me enseñó que también por sus venas corre sangre y a conocer una faceta tranquila mía.

Aprendí que quizá la insistencia de nuestra amiga no fuera por contemplar el paisaje sino porque viviéramos esta tremenda experiencia de aprendizaje.

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