Cómo conocía a Santa Martha

Hace 10 años cuando recién llegué a Chile, una amiga colombiana que residía aquí me la presentó.

A ver, primero que todo permítanme les doy algo de contexto:

Colombia, al igual que varios países latinoamericanos se caracteriza por tener en sus raíces costumbres religiosas, específicamente, es un país con una alta tendencia católica.

Por eso, es muy común que se le conozca también como el “país del Sagrado Corazón de Jesús”, cuanta fiesta o ceremonia católica exista, allá se celebra.

La religión y la fe son dos elementos que forman parte de la vida de l@s colombian@s, sea porque creen y practican alguna religión, sea porque no.

En mi caso, provengo de un hogar católico, donde además en esos tiempos, no me preguntaban si a mi me interesaba formar parte de esta creencia, simplemente, se daba por hecho que era “lo normal”.

Fue así como me bautizaron, luego me hicieron hacer la primera comunión, de ahí, la confirmación, y por supuesto, no me perdía cuanta semana santa había, ni novena de navidad (rezo que se hace por 9 días para celebrar el nacimiento del niño Dios).

Reitero no porque fuera mi deseo, sino porque era una práctica habitual en mi casa que además no se cuestionaba, se hacía y punto.

Por supuesto como era de esperarse, al ir creciendo y teniendo más voz, me aparté de la religión y de la fe, porque además para mi en ese momento eran lo mismo.

Esto es lo que suele ocurrir cuando impones las cosas y no le das sentido.

Llegué a cuestionarme si existe Dios, no entendía los rituales de la Iglesia Católica y me enojaba sentir que se quedaron en la forma y no en el fondo.

Me molestaba ver cómo la gente profesaba adoración por los curas, como si fueran Dioses y no simples mortales igual que tú y yo.

Ese doble estándar de la religión me indignaba, cómo eran capaces de juzgar al mundo entero sintiéndose dueñ@s de la verdad cuando en su propia casa tenían tremendo rabo de paja (expresión que se usa en Colombia “el que tiene rabo de paja que no se acerque a la candela”, y que refiere a que si puedes salir implicad@ mejor quédate callad@).

En fin, fueron años de conflicto interno y también de discusiones familiares por ser “malagradecida” con Dios.

Como condimento adicional, haber estudiado Psicología tampoco favorecía mucho las certezas que son la base de cualquier religión.

Con el paso del tiempo y luego de experiencias personales, aprendí que religión y fe no son sinónimos y que si sentía la necesidad de conectarme con una energía más universal y contenedora sea Dios, Diosa, Universo, o el nombre que le quiera dar, lo podía hacer.

Aprendí que ese Dios castigador que al menos a mí me presentaron, el de si no haces lo que te digo vas al infierno y acá en la tierra sufre como un berraco para hacerte digna del paraíso, no tenía porque ser el mío.

Aprendí que también existía un Dios/Diosa llamado Amor y que cuando me conectaba con él/ella me inundaba una sensación de paz.

También aprendí que había algunos ritos de la religión católica que a mi me hacían sentido y que desde ahí podía seguir practicándolos.

Todo esto para llegar a Chile, que una compatriota en una conversación sobre las adversidades que forman parte de la vida me dijera: “¿Conoces a Santa Martha?”

Yo le respondí: “No”.

“Es la virgen de lo imposible” Me dijo.

Me contó su experiencia al hacer la novena a esta virgen y me convidó a hacerla.

La verdad, siempre he sido devota de la Virgen, no me pregunten por qué, más aún, con mi pasado belicoso y rebelde con la religión, pero siempre me pasa que escucho el Ave María y lloro, algo ocurre que me conmueve.

Por ende era una figura cercana para mí y sin más comencé a hacer la novena a Santa Martha y también a retomar la oración en mi vida.

Siempre la petición era la misma: Encontrar al amor de mi vida.

Obviamente para efectos del relato lo resumo porque era eso y más que eso.

Lo pedía con mucha fe y recuerdo que había algo de esta oración que me gustaba y que sólo vi en ella: “si conviene para el bien de mi alma y si no vos como abogada mía enderezad mi petición para el mayor beneficio de mi alma”.

Así cerraba el momento de la petición, para mi fue de una tremenda humildad y entrega que hizo que más sentido le encontrara.

Junto con orar también hacía visualizaciones de cómo me gustaría sentirme y verme con el amor de mi vida: Recuerdo que me visualizaba durmiendo juntos, bañándonos, cocinándome y yo acompañándole, en fin.

Pasó más de un año, donde todos los martes, sagradamente encendía una velita y hacía mi novena.

¿Y qué creen que pasó?

Eso vendrá en la segunda parte de esta historia que continuará…

Comparte en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *