En busca de uno de muchos sueños

Íbamos felices a esa isla bella donde el mar se expresa en distintas tonalidades, le llaman el mar de los siete colores… a miles de kilómetros buscando ese paisaje mágico que sólo conocía por fotos, era el momento de vencer los miedos, para intentar atreverme y vivir la experiencia de pasear por muchos aviones para llegar a la soñada Isla de San Andrés.

Les comentaba que el tema era atrevernos, pues vivimos en una zona aislada donde para aterrizar debemos tener mucho coraje, ya que cruzamos nada más y nada menos que el famoso Estrecho de Magallanes, ubicado en el extremo sur de Chile, si miran en un mapa es lo último que se ve.

Con casi siempre muchas rachas de viento, por lo que la experiencia casi siempre es como estar en la ruleta rusa, para quienes no tienen miedo a volar es maravilloso pero para quienes somos un poco más cobardes créeme que es todo un desafío.

Cada avión que tomábamos nos iba relajando pues estar en el avión era como ir sobre las nubes que nos iban meciendo…  La sensación era tan exquisita que nos atrevimos a ver por las ventanas el exquisito sol que pintaba de suaves y tenues colores cada nubecilla que se paseaba como  tiernos dulces de algodón.

Al llegar los miedos desaparecen y cómo no si ves la isla desde esa altura, comienzas a ver ese mar bañado de colores, cada rayito de sol lo pinta de distintos colores, es como estar tocándolo con las manos, definitivamente un paraíso.

La Isla en sí y sus encantos es fascinante, el calor que supera los 42 grados y su gente regalando sonrisas, hospitalidad, ternura y enseñando orgullosos su cultura en todos los sentidos es el mejor regalo de bienvenida.

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La cosecha de papas

El día estaba exquisito… el sol apostando a regalarnos sus rayos y el aire calmito y tibio… nosotras, tres mujeres planeando lo que sería el día, una dice que quiere hacer un asado y todas corrimos  rápidamente a dar el sí.

Preparamos la salida a comprar, como hace mucho tiempo que no veíamos a una la idea era regalonearla (complacerla), así que la caminata fue llena de historias del día a día, de compartir experiencias, de lo bueno, lo malo y lo divino que ocurre cada día.

Salimos con todas las compras listas y la verdad que el camino se tornó interesantísimo y ameno, pues de verdad esto de compartir experiencias da para mucho, tanto así que entre que una hablaba y la otra reía, más la que llevaba la bolsa más liviana era la que iba más despistada, cómo no, si le habíamos dicho en reiteradas oportunidades que parecía que fuera bailando con la bolsa de papas, ya que hacía tremendas piruetas (acrobacias) con ella.

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Cambio de piel: Viajar

Confieso que desde pequeña siempre me ha gustado viajar; sin embargo, por razones económicas no lo hacíamos en mi familia, de hecho, crecí creyendo y aún lo hago, que a mi mamá no le gustaba viajar, más allá que no hubiese dinero para hacerlo.

El viaje más largo que de niña hice y recuerdo fue cuando mi madrina me llevó con su pareja, ahora esposo, a una hacienda (finca le decimos en Colombia) que él cuidaba y en ella había un “riachuelo”, honestamente era menos que un intento de charco de agua, con esa promesa me llevaron y lo que me encontré no me dio para sumergir más allá de la pantorrilla, tenía 9 años, creo.

Años después, cuando mi cuñado estaba recién de novio con mi hermana, él nos invitó a todas (mi hermana, mi mamá y yo) a Popayán, una ciudad más pequeña que en la que vivíamos, a un poco más de 2 horas en auto (carro le decimos en Colombia). Allí estuvimos 2 días si la memoria no me falla, ese sí que fue mi primer viaje, oficialmente hablando, con decirles que en el hotel ninguna de las 3 sabíamos que el aparato que ahora no recuerdo el nombre, para solicitar algo a recepción servía para eso y creímos ilusamente que era una radio, ahí tenía 12 años aproximadamente.

Mi primer viaje en avión fue cuando cumplí 15 años y mi hermana de regalo me envió a las hermosas Islas de San Andrés en Colombia, para quienes conocen saben de la belleza de la que hablo y para quienes aún no, les invito a conocer el mar de 7 colores (por las 7 tonalidades de azul que tiene). Ese viaje fue inolvidable, imagínense con las hormonas de adolescente en una isla paradisiaca, jaja, fue muy divertido.

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El Planetario

Esta historia tuvo su origen durante las vacaciones con mi pareja. En esta oportunidad decidimos visitar Argentina, específicamente Buenos Aires, totalmente recomendado, simplemente espectacular, eso sí, si lo que buscas es llegar a una ciudad grande, con múltiples ofertas, que no duerme, o al menos la mayor parte del tiempo está despierta…

Entre los lugares que elegimos conocer fuimos al Planetario y a mí se me ocurrió como sorpresa, ingresar al show que realizan en éste. Así que súper emocionada invité a mi pareja y como sé que tiene temas de vértigo, bueno, realmente, son crisis de pánico, decidí para no espantar que una vez adentro del salón del Planetario le iba a contar de qué se trataría el espectáculo. Éste consiste en que realizas un viaje espacial, literalmente, porque las imágenes son impresionantes, así como el sonido, de verdad dan la sensación que eres tú el/la astronauta. Sin embargo, confieso que nunca me imaginé que sería así de real, pues mi experiencia más cercana, fue hace millones de años cuando yo era muy joven (tendría 20 años aproximadamente) y fue en el Planetario de Bogotá en ese entonces.

Una vez ya adentro, luego de haberle confesado de qué creía y sabía yo por experiencia previa que se trataría el show, mi pareja además de tragar saliva me miró con ojos de “esto sólo se te puede ocurrir a ti; pero igual te amo”.

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Nunca fue Tía Lucha

A mis cortos 15 años a menudo solía ocurrir que por vivir con mi abuela debía seguir las reglas de su casa, como por ejemplo llegar temprano (muyyyyy temprano), acostarme con las gallinas como dicen por acá, levantarme si o si temprano, sino ocurría lo de siempre… unos gritos muy acústicos que dejaban chico el despertador diciendo “Levantateeeeeeeeeeee chicaaaaaaaaaa” y como dormíamos en la misma pieza de una casa viejita  eso hacía un eco tan fuerte que figuraba como si te lo dijera sin respirar, por lo que más que rápido yo ya estaba de pie. Eso ocurría todos los días de lunes a viernes sagradamente.  Comenzaba mi día y yo me programaba para ir al colegio y volver a las 13:00 horas a almorzar. Digamos que lo pasaba muy bien en el colegio, ya llegando a casa mi almuerzo siempre era con música de fondo, una música muy lenta que parece que me saludaba cuando entraba y me auguraba lo que vendría….. esa música era el inicio del bloque de las notas necrológicas, por lo que  en mi almuerzo siempre estábamos escuchando que conocido o conocida moría. ¡Que tétrico cierto! Pero esta ciudad es muy chiquita y hace muuuuuchos años atrás eso solía ocurrir no sólo en mi casa si no en muchas otras. El tema es que era ahí mi súplica. Yo rogaba que no fuera nadie conocido para ella pues desde que falleció mi mamá ella muerto que conocía decía que había estado en el velorio de mi mamá y que como retribución la familia debía estar presente, comprenderán que la familia éramos ella y yo y ella estaba postrada en cama entonces quién asistiría a cada velorio? Obviamente quien les cuenta.

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