El renacer: Viajar en pareja

Amo viajar, siento que al igual que los libros, viajar enriquece y alimenta mi alma, me da un respiro, oxigena mi vida.

Desde pequeña siempre me ha gustado; sin embargo, a decir verdad, fue en la época de la Universidad donde comencé a hacer realidad este sueño.

Conocer otras ciudades, otros lugares, otros climas, otras maneras de llamar las cosas, otros acentos, otros olores, en fin, es una riqueza sin igual.

No obstante, había un elemento que siempre añoraba y difícilmente podía hacer realidad: Viajar en pareja.

Ahora aquí aclaro que pareja no de un rato, me refiere a la pareja que eliges para compartir tu vida con luz y sombra y quien también elige estar a tu lado a pesar de tus oscuridades.

Esa pareja con la que puedes ser cómplice, a la que puedes mirar a los ojos con tus miedos y vulnerabilidades y quien también puede confidenciarte sus temores y debilidades.

Recuerdo que el primer viaje que hice con mi pareja fue caótico porque además fue en medio de una pelea, es decir, ya habíamos acordado viajar y días antes de partir peleamos.

Confieso que ahí me debatí ¿qué hago?

¿Viajo o no viajo?

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Un paseo con la suegra

La mamá de mi pareja en uno de sus viajes a Chile después de compartir, de conocernos, de reír y disfrutar de la vida me pidió que la acompañara para salir de compras.

Quería llevar unos recuerdos de su paso por mi país a su gente, por lo que el día estaba ideal para salir a compartir y tener ese encuentro a solas para ver cómo nos llevábamos.

Fue así que comenzó nuestra aventura, las temperaturas se daban a favor, pues es una mujer mayor pero muy activa.

Nuestra partida fue muy entretenida, aprovechamos de conversar y reir, pues le pedí que me contara como había sido la infancia de mi pareja y su entorno.

Hasta ahí iba todo bien, procedí a preguntarle qué es lo qué le interesaba comprar para ver por donde partíamos.

Como eran cosas típicas de la ciudad no era difícil, ya que claramente sabía por donde partir.

Mi sorpresa comenzó a agrandarse cuando llegamos a un lugar y vio aquellos souvenirs que le encantaron… los que tienen un valor bastante económico.

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Visita al teatro Colón

Como ya les había mencionado en historias anteriores, fui con mi pareja de vacaciones a Buenos Aires y ésta fue una experiencia maravillosa.

Dentro de los lugares que queríamos conocer estaba el Teatro Colón.

Habíamos averiguado y sabíamos que hacían tours para recorrer sus instalaciones.

Desde niña me ha gustado el teatro y cuando vivía en Cali y podía iba a ver obras de teatro, ballet, presentaciones de orquesta sinfónica, etc.

La verdad soy total ignorante en la materia; sin embargo, disfruto mucho de estos planes y afortunadamente a mi pareja también le gustan.

Hay algo que aún no he tenido la oportunidad de disfrutar y que me encantaría hacer y es asistir a un espectáculo de Ópera.

Ahí sí que soy súper ignorante; no obstante, me imagino que me emocionaría de sobre manera.

De hecho, ése es el motivo por el que disfruto tanto de este tipo de arte, porque me conectan con otras yo que habitan en mi en otras profundidades o latitudes más allá de lo que suelo conocer de mi.

En fin, ya me estaba yendo para otro lado jaja.

Les decía que fuimos a conocer el Teatro Colón, un lugar con historia y efectivamente al llegar nos dimos cuenta que realizaban un tour.

Lo hicimos y dentro del grupo en el que íbamos (éramos alrededor de 8 personas) había 2 que participaban y respondían las preguntas del guía o le formulaban preguntas.

No prestamos mayor atención, aunque para ser sincera, me llamó la atención, porque eso no es tan común y porque lo hacían con mucha soltura y seguridad.

El recorrido fue majestuoso, el lugar maravilloso, lleno de historia, de una energía indescriptible, de verdad que es un lugar al que volvería no una si no mil veces más…

Anduvimos por todos los pisos, el guía, un joven, nos explicaba desde el material con el que fue construido, hasta quiénes eran los arquitectos o el gobierno de turno, los primeros espectáculos, etc.

Era fascinante escucharlo.

Hasta que llegamos al palco que es la zona más apetecida del teatro por lo que le entendí al guía.

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Visita a la librería El Ateneo

En una de las vacaciones que tuve con mi pareja tuvimos la posibilidad de visitar Buenos Aires y como ya he mencionado en otras historias, es una ciudad, que nos gustó.

Yo soy la de los libros, pues mi pareja tiene otro tipo de gustos.

Sin embargo, siempre ha respetado e impulsado mi amor por los libros.

Cuando llegamos a Buenos Aires, en medio de tantas cosas por hacer, había un panorama que sí o sí teníamos que realizar: Conocer la librería El Ateneo (aprovechamos para hacerle propaganda jaja).

De hecho tod@ aquel/lla que sea amante de la lectura, si está en esta hermosa ciudad, le sugiero que vaya a conocerla, es un regalo para el alma.

Por distintas razones, cuando íbamos a ir algo pasaba y terminábamos haciendo otra cosa.

Hasta que llegó el tan anhelado día:

Llegamos, luego de una tremenda caminata, si algo recuerdo de esas vacaciones es que dejamos los pies en las calles, literalmente.

Y al entrar, sentía que el corazón se me iba a salir, ver tantos libros, una infraestructura majestuosa a mi modo de ver, pues esa librería está donde antes había sido un teatro.

Tres pisos de libros y más libros.

Era mi sueño hecho realidad.

Yo era como una niña, cuando le das por primera vez un dulce o cuando le entregas ese regalo que tanto esperó.

Sentí tanta emoción que sin querer ser exagerada, algunas lágrimas resbalaron por mis mejillas de pura alegría, de puro agradecimiento, de poder estar ahí y más de estar con mi amor.

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Celebración de cumpleaños

Soy de las personas que me encanta celebrar mis cumpleaños pero a mi manera, tan así es que a veces me gusta pasarlo sola con mi pareja y mi gato, otras veces con amigos, a veces salir a comer, a veces sólo estar acostada.

Intento que cada año sea distinto y hay que decirlo a veces pasan tantas cosas cuando es en grupo que prefiero evitarlo (risas).

Así fue como uno de mis cumpleaños fue en grupo y les contaré que entre risas y todo decidí que si o si el próximo sería nuevamente sólo con mi pareja y mi gato.

Lo celebramos en un lugar bien bonito fuera de casa, llegaron esas amistades de años que siempre asisten o están al pendiente de tu día para saludarte.

Llegó una amiga algo mayor que se caracteriza por ser la positiva, te das cuenta que siempre las amigas son todas distintas, algunas amargadas, otras ocupadas, estresadas, la típica que le duele todo, la que sale del trabajo tarde y llega cuando estamos terminando en fin, acá la primera en llegar fue la mayor de todas.

Ella es super positiva, chistosa, siempre le encuentra todo bueno, no sufre, o al menos no lo demuestra, aunque claramente la conozco y sè que sin hablar su mirada dice todo lo que esconde.

El caso es que ella llegó super motivada, fue la primera en llegar y me pidió que le sirviera un trago mientras esperábamos al resto.

Debo reconocer que temí lo que se vendría pues creo que ella intenta en el alcohol sacudir todo lo que oculta.

Fue así como nos tomamos el primer trago, debo decir que la conversa estaba buenísima, nos reíamos a carcajadas, en ese momento sólo éramos cuatro las que estábamos y no faltaban esas historias de vida en las que uno se enfrasca y recuerda con añoranzas.

Yo no llevaba ni dos sorbos de mi trago y mi dulce amiga ya me pedía el otro y seguía contando sus historias.

Poco a poco el resto de amistades comenzaba a entrar y comenzamos a sumarnos todas a esas historias increíbles que no faltan por contar.

Pasaban las historias y así los tragos para mi amiga que a esas alturas ya no le entendía muy bien lo que decía y todas nos reíamos pues sabíamos que ella había llegado a divertirse y apurada pues supuestamente después tenía una reunión de trabajo.

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El día de furia de mi pareja

Hace algunos años atrás habíamos ido con mi pareja de vacaciones a visitar a una amiga muy querida, la cual vivía en uno de los lugares más hermosos que tiene este largo y angosto país.

Nuestra amiga súper preocupada por nosotros, nos había elaborado algunos posibles destinos para que conociéramos aprovechando los días que estaríamos allá.

Estos lugares se asimilaban a los que ya habíamos investigado por nuestra propia cuenta antes de llegar.

Sin embargo, había uno en particular, que nos dijo sí o sí tienen que conocer y recorrer, es hermoso y nos explicó la mística que tenía.

Mi pareja, quizá como anticipándose a cualquier situación compleja, le preguntó si para ir allá era necesario estar en óptimas condiciones físicas, ser deportista o caminante regular o algún aspecto que podría ser de cuidado o riesgo.

Lo hizo porque el lugar que nos describió nuestra amiga era un sitio donde al llegar había que hacer una caminata de ida y vuelta y como conocemos a nuestra amiga y sabemos que ella es, según nuestra óptica, de aventuras extremas, podría pasar que lo que para ella fuese fácil para nosotros implicara una sobre exigencia física o algún riesgo.

Nos respondió que no, que hasta sus padres lo habían hecho.

Aquí aclaramos que los padres de nuestra amiga no son el estereotipo de padres, es decir, ellos son, de caminar, de viajar, de cuidarse en la alimentación, o sea una mezcla entre deportista y místico.

Con ello, la verdad es que en vez de tranquilizarnos nos dejó más preocupados; sin embargo, al expresárselo dijo no se preocupen que el recorrido es fácil.

Sin más preámbulos al día siguiente partimos felices en la mañana a conocer el famoso “Muelle de todas las almas”.

Un lugar que según entendimos, fue creado por un artista en algún paraje de la hermosa naturaleza, donde luego de una larga caminata te encuentras con un puente en el que caminas y llegas hasta el mar.

Se le dice así, porque según este artista, como en ese sector se estrellan las olas del mar contra las rocas, es en ése momento donde las almas se manifiestan.

Imagínense con toda la historia y expectativa que partimos y aquí fue donde comienza la historia:

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Un regalo peculiar

Una tarde de verano de hace algunos años comenzamos a crear un plan para celebrarle el cumpleaños a nuestra sobrina quien se encontraba sola nada más y nada menos que en Nueva York.

Era su primer cumpleaños lejos muy lejos de casa y queríamos estar con ella de alguna forma.

Así fue como habíamos visto por televisión un video con una canción llamada Happy que de seguro escucharon y vieron que nos transmitía pura buena energía, por lo que se nos ocurrió intentar simularla y poder así crear un video para ella…

Reconozco que para mi no era nada de fácil, ya que no soy de las que le guste aparecer en videos, yo soy más bien la que puede estar perfectamente trabajando detrás de cámaras (risas).

Puedo generar e hilar las historias pero de ahí a aparecer era todo un desafío.

Me atreví y dejé la vergüenza de lado, costó al principio pero después parecía gacela bailando en cada esquina de esos rincones apuntados para el recorrido.

Claramente nuestros celulares no eran último modelo, la tecnología nos dejaba en claro que debíamos actualizarnos pero no accedimos, queriendo con lo que contábamos crear el video y poder enviárselo como regalo de cumpleaños.

Teníamos clara la idea de donde ir a grabar ya que ella tuvo la posibilidad de viajar a Chile, a esta tierra patagónica, lo que siempre recordaba con añoranza.

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Una noche de quemas

Hace un año viajé a una isla hermosa llena de mística y de historias de brujos, una isla donde nuestros abuelos nacieron, hombres y mujeres de esfuerzo que tuvieron que dejar sus tierras desde niños para irse a otras ciudades y desde corta edad empezar a trabajar para llevar el pan a casa…
Hoy esa isla mágica conocida como Chiloé llena de paisajes hermosos donde el verde de sus praderas y sus emblemáticas iglesias forjan diariamente la historia de aquellos viejos que ya partieron y hoy honran sus memorias.
Llegar es todo un desafío pues primero viajamos en avión, después en barquitos que te mecen suavemente mientras ves las toninas (animales parecidos a delfines) saludando a los viajeros que van en busca de sus sueños.
Los días son cálidos llenitos de sol, te maravilla ver sus casitas antiguas afirmadas de troncos de madera que salen del mar, conocidas como palafitos.
Qué mejor que ir con tu pareja a recorrer esos paisajes en donde de seguro caminaban tus abuelos.

Llegar a destino y que tu mejor amiga te esté esperando porque por ahora vive allá.
Es uno de los tantos regalos que la vida me da día a día y de los cuales soy una eterna agradecida.
Llegar y recordar que hace años tuve la posibilidad de ir me hacía evocar algunas cosas.

Por ello para mi no era terrible que los viejitos de calle estuvieran esperándote a la llegada para darte su singular bienvenida y pedirte unas monedas…
Mi pareja no conocía nada de aquello por lo que no le gustaba mucho ese primer momento pero claramente con mi amiga le explicamos y lo entendió tornándose en risas saber que claramente no estamos acostumbrados a eso.
Llegar a su casa que estaba en un cerro gigantesco y que nos esperaran sus grandes perros era toda una aventura para mí, ya que, si bien me gustan, los prefiero lejos de mí, pues les tengo miedo.
Ella amablemente se coordinaba con mi pareja para acurrucarlos mientras yo entraba a su hogar, pues a decir verdad los perros eran de mi porte entonces no era bueno hacerme la valiente (risas).
La vista es privilegiada pues a tus pies están todas las islitas con su singular brillo y esos pedacitos de mar se conjugan para embellecerse con el encanto de la luna, unas copas y una buena conversación bajo este bello paisaje y sueño cumplido… que más podía pedir.
Mi amiga bella se ha perfeccionado mucho en variados temas y nos invita a una noche de limpieza espiritual para darle la bienvenida al nuevo año y quemar el año que pasó, me dice que hay que aprovechar la luna llena que viene para ese ritual.
Como andábamos de vacaciones y con ganas de experimentar cada regalo accedimos a ir.

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Encuentro con amig@s

Últimamente confieso que el tema de las amigas ha sido para mí algo complejo y desconcertante porque me he dado cuenta que en muchas ocasiones cuando me reunía con algunas de ellas terminaba bombardeada sobre sus vidas y sin un ápice de desahogo sobre la mía.

Es como si por el hecho de haber estudiado Psicología lo fuera las 24 horas del día, como me pasaba en mis años de estudiante cuando iba a una fiesta y no podía confesar qué era lo que estudiaba porque terminaba en un rincón de la sala escuchando historias interminables y yo lo único que quería era rumbear (modismo colombiano que se refiere a bailar).

Eso hasta hace muy poco cuando tuve la fortuna de reencontrarme con una amiga que hacía años, más o menos 6, no nos veíamos ni sabíamos nada la una de la otra.

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Aprender a conducir

Desde que era niña soñaba con manejar un auto, carro o vehículo como quieran llamarle. Recuerdo que tendría más o menos 8 años, tomaba alguna tapa de olla de la cocina, las cajas de betún y los cepillos para sacar lustre a los zapatos, con esta confesión, estoy revelando mi edad de manera exorbitante jaja.

Me sentaba dentro de una especie de bañera o si no, así no más, en el piso y simulaba que entre las cajas de betún y cepillos para sacar brillo, eran los pedales, que la tapa de la olla era el volante y si por ahí había una sombrilla o paraguas era mi caja de cambios.

¡¡¡Listo a conducir se dijo!!!, podía pasar horas jugando a eso, imaginando que recorría grandes distancias, que a veces en vez de auto era un bus de transporte público y entonces la cosa se ponía más entretenida porque tenía que lidiar con pasajeros (tod@s en mi imaginación) y dar vuelto.

Al crecer, a los 36 años, pude comprar mi primer vehículo, es un jeep y le amo, me imagino como tod@s aman o recuerdan a su primer auto.

Ya teniendo el jeep, estaba lista para evocar esos juegos de infancia; sin embargo, tenía un problema o una dificultad: Aprender a conducir y además sacar la licencia para manejar.

Me matriculé en un curso de esos en que te llevan en un auto y el/la instructor/a anda con pedales adaptados en el lado del/a copiloto/a por si requiere usarlos.

Lo encontré súper precavido; sin embargo, el problema era cuando la instructora (en mi caso) maniobraba los pedales y yo ni cuenta me daba, o me daba instrucciones para estacionarme de reversa y yo obedecía por inercia sin comprender qué era lo que estaba haciendo.

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