El inexorable paso del tiempo

“El tiempo pasa volando” Es una frase que tiene mucho de verdad y que lamentablemente, cuando nos damos cuenta de ello es porque justamente el tiempo ha pasado…

Recuerdo que antes cuando viajaba mis prioridades eran:

Hospedarme en lo que saliera barato, aseado y no importaba si era o no bonito o cómodo porque el centro de atención estaba en que había que optimizar el dinero para la rumba, el carrete, la salida después del congreso, en fin.

Eso además de hacer un reajuste en la economía de acuerdo al bolsillo de estudiante universitaria, implicaba también que podía perfectamente terminar de rumbear a las 7 de la mañana y a las 8 de la mañana estar de pie en el congreso escuchando la conferencia o lo que fuera que había que ir a ver.

¿Comida? Eso era lo de menos, optimizaba los cafés o colaciones que entregan en los congresos porque vuelvo a insistir, la prioridad era dinero y energía para rumbear.

Ojo eso sí que durante el día era productiva, es decir, asistía a las conferencias, participaba en los talleres, tomaba notas, de verdad había también un interés académico.

Tenía la energía y vitalidad de cualquier adolescente o mujer adulta joven, con la adrenalina circulando por mi cuerpo casi, a toda hora.

Era muy sociable, se podría decir, sin ánimo a equivocarme, que era el alma de la fiesta o una de las almas, al menos.

Simpática, extrovertida, enérgica y fanática del baile, se me iban los pies al compás de cualquier sonar de tambores, creo que esto último, debido a mi origen colombiano y la relación que algun@s tenemos con la música.

20 años más tarde mi vida ha dado un vuelco increíble y quizá para mis compañer@s de aventuras de esa época de estudiante universitaria, hasta inverosímil:

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Así dan ganas de comenzar el día

Hoy salí temprano de mi hogar rumbo al trabajo, recorrí varias calles y comencé a ver la pigmentación de colores que disfruto a cabalidad cada vez que estamos en este otoño que derrite mi corazón.

Siempre camino buscando historias, pero esta vez no era propiamente de la naturaleza, era como ella junto a los seres humanos mezclándonos sin diferencias.

Le mostraba al universo que nosotros le enviamos regalos igual y que no es sólo recibir.

Iba de bajada cuando veo al señor que recoge la basura, que limpia las calles… acá ellos se ven a distancia pues le colocan unos trajes con colores vivos.

Era un hombre longevo, sus años se escondían en su caminar, con una inmensa sonrisa me da los buenos días y ya con eso estaba feliz de saber y sentir que la comunicación aún sigue viva.

De sentir que en este mundo cada vez más frío aún podemos dar señales de volver a sentir esas simples cosas que tanto nos engrandecen el alma.

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Mi hora de colación (almuerzo)

Intento vencer la rutina cada día que voy al trabajo, por ello al salir a almorzar cuento con una hora, a veces sencillamente no almuerzo y lo cambio por un exquisito café, voy a un encuentro conmigo y adonde mis pies me lleven, y hoy es un día de esos…

Me fascina sentarme en la banca del parque y ver pasar de todo…

Hasta el viento como va despeinándome e intentando quitarme la mirada, me fascina ese olor a café que tomo mientras veo niños jugando, escuchar sus risas y sus conversaciones me hace sentir añoranzas de aquellos tiempos en que fuimos niños y hacíamos lo mismo.

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Misión Copito

Como lo prometido es deuda, según dicen en mi país, aquí está la historia sobre qué paso con Copito y conmigo una vez tomé la decisión de irme a vivir sola (y con él obviamente).

Esto pasó más o menos, al año de haber llegado a Chile y de estar conviviendo en la casa de 2 personas que amablemente me abrieron las puertas de su hogar y su vida.

Una de ellas en particular era más cercana con Copito y yo suponía, ese sexto sentido que llaman, que al compartirles mi decisión podría colocarme problemas para llevarme a Copito conmigo.

Una noche que estábamos cenando, entre comida y conversación, les dije que yo tenía intenciones de independizarme y que les informaba que iba a comenzar a buscar un nuevo lugar para mí, agradeciendo toda la hospitalidad y cariño entregados y ahí de inmediato mis mayores temores cobraron forma:

“Sí ningún problema en que te vayas pero Copito se queda”.

Fue su tajante frase.

Yo guardé absoluto silencio, reconozco que me destruyó por dentro; sin embargo, como dicen por ahí, antes muerta que sencilla. Así que digna.

Al retirarme a mi habitación esa noche, me lo lloré todo. Tenía físico miedo, como les conté en el relato anterior, Copito era mi familia, entonces no era agarrar mi ropa e irme así no más, si tenía que dejarlo, era dejar también mi corazón ahí.

Al día siguiente les conté en mi trabajo (el de ese entonces) qué me pasaba y mis compañeras solidarias conmigo, creo que porque también aprendieron a ver a Copito un poco con los ojos míos, empezaron a idear n planes para que me lo llevara.

Por su parte las amigas en Colombia y otras latitudes informadas de esta novedad y obstáculo, vía internet (es maravillosa la magia de la tecnología cuando estás lejos de tod@s) comenzaron a armar bosquejos y posibles estrategias y fue así como empezó a surgir La Misión Copito.

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Vaquita a las pistas

Salgo a colación en mi trabajo y siempre miro la casa abandonada de al lado pensando en cómo estará vaquita, si se habrá acostumbrado a su nuevo hogar, de hecho siempre los vecinos me preguntan cómo estará y obviamente ninguno de quienes tanto lo cuidábamos sabemos qué responder…

Para sorpresa mía hoy al frente de la casa lo veo corriendo feliz por estas calles que tanta historia le recuerdan, parecía un niño jugando recostado en el verde de este otoño que siempre digo es mágico por la textura de sus colores, se ve bonito un poco flaco pero verlo y que me reconozca es un regalo que atesoro.

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Examen de conducción

El gran día

En una historia anterior les conté sobre el proceso que viví para aprender a conducir.

Si aún no la has leído te invito a que deambules por las estaciones y revivas junto conmigo ese momento.

Como todo en la vida tiene un comienzo y un final, en mi caso había llegado justamente el instante de cerrar este ciclo o quizá continuar manteniéndolo abierto, me refiero a que había llegado la hora de enfrentarme a sacar la licencia de conducir.

Para ser sincera no era la primera vez que me veía enfrentada a este proceso:

En Colombia hice un curso para manejar y de hecho saqué licencia de conducir.

El asunto es que en ese entonces, era más un requisito que otra cosa, porque si hacías un curso (obviamente pagando por él), te hacían sólo el examen psicotécnico y teórico.

No había examen práctico, entonces, había un 100% de probabilidad que obtuvieras dicho documento.

Bueno, siendo realista la posibilidad era de un 99% (en caso que no estudiaras).

En cambio en Chile, el examen incluye tres partes: Prueba psicotécnica, prueba teórica y prueba práctica (salir a conducir teniendo como copiloto/a al/a evaluador/a).

Habiendo clarificado el panorama al que me enfrentaba, mi día había llegado.

Mi pareja como siempre cómplice y partner me acompañó en esto, además porque el examen de conducción se había transformado en un mito urbano:

Historias como que quienes se presentaban le pedían al/a evaluador/a que se colocara el cinturón de seguridad, éste/a no accedía y si le insistías, ¿qué tanto? Te reprobaban.

Ojo que esto no fue mito, me lo contó una conocida, que le había pasado a su hija.

Historias como que quienes te evaluaban te pedían que te estacionaras donde no correspondía o que hicieras alguna maniobra prohibida para “probarte” y si accedías te reprobaban y si no también.

En fin, para ser sincera, iba dispuesta a encontrarme con el típico personaje villano de cualquier libro, teleserie, película, en fin.

A mi paso salió un caballero quien de manera muy escueta (para ser honesta seco) que me dijo “¿dónde está su auto?”

Yo lo señalé y partimos hacia esa dirección.

A estas alturas ya no veía a mi pareja. Éramos sólo el señor evaluador, mi jeep y yo.

Nos fuimos, yo como me imagino es natural en estas situaciones, iba súper nerviosa, manos heladas y transpirando, corazón latiendo a mil.

Eso sí como he dicho en otras historias, siempre digna, o como dicen por ahí antes muerta que sencilla.

El examen práctico contiene 2 recorridos: El primero es opcional (te dan varias rutas y tú eliges cuál quiere tomar) y el segundo te lo indican. Para cada uno de ellos hay un límite de tiempo y si estando en el primero se cumple el tiempo pasas de inmediato al segundo.

En total son aproximadamente 25 minutos de conducción.

Iba súper bien, según mi percepción, en el primer recorrido, o quizá era un intento de mi parte por darme ánimo, si no lo hacía yo ¿entonces quién? El señor con cara de enojo o metralla (como dicen en mi país) que iba al lado?

Hasta que llegamos al segundo recorrido y cuando me pide que cruce por un lado había un bus gigantesco estacionado justamente en esa esquina, entonces no pude doblar y tuvimos que cambiar de tramo.

Nos adentramos por una parte de la ciudad que no conocía y eso sí que era arriesgado para mí porque se podría duplicar la probabilidad de cometer infracciones o errores caros al desconocer el terreno por el que manejaba.

Para mi sorpresa, salió bastante bien, nuevamente, desde mi punto de vista.

Hasta que llegó el momento de estacionarme, que era justo afuera de las oficinas donde me había presentado a tomar el examen.

Ese es un lugar de la ciudad muy transitado, siendo horario de mañana había bastante movimiento, por lo que NO había estacionamiento disponible.

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La ida a la iglesia

De salida del trabajo pasé por la Iglesia, a pesar de ser católica no soy de ir a misa ni nada, lo puedo respetar.

Hay muchas cosas que no comparto, por lo que prefiero de vez en cuando darme el tiempo de pasar pero que en lo posible esté sin gente y hoy era el día.

Entrar y sentir esa música tan suave y lírica que transmite paz, ese lugar silencioso donde cada paso que das hace eco, donde busco esa paz interior que solo me da la fe incondicional.

Me quedo ahí por varios minutos en silencio, es un encuentro con el Dios en que confío sin intermediarios predicando su palabra.

Una vez voy saliendo no deja de llamarme la atención la cantidad de hombres en situación de calle que utilizan las bancas para dormir o calentarse las manos, veo sus rostros, gente muy joven pero que el paso del tiempo les ha dejado muchas secuelas y pienso qué habrá pasado en sus vidas para estar así, solos, con esa mirada de tristeza, de desilusión, algunos con miradas duras…

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Lo que deja el pedaleo

Como cada fin de semana procuramos con mi pareja salir a pedalear por distintas calles de nuestra ciudad, es la terapia perfecta para los días en que no vamos a trabajar y tenemos el tiempo necesario para hacerlo, pues no hay límites de tiempos ni horarios, sólo que a veces quedamos en ver qué nos dice el clima, pues donde vivimos el clima es un poco bipolar, es decir, a veces tenemos todas las estaciones en corto tiempo, pero intentamos que no sea tema y cuando salimos de verdad nos desconectamos de todo.

Veo como nuestros silencios se tornan la mejor de las terapias, cómo podemos hacer paradas frente a un instante en que la naturaleza nos hace los llamados para captar imágenes, secuencias, momentos mágicos y también tristes donde hacemos la pausa.

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Esto sí que es química

La química que se conforma en la pareja si la sabes descubrir y compartir es interesante y exquisita, cuando ya son años de relación no necesitas hablar, pues con la mirada o algunos gestos ya sabes de qué estamos hablando.

Eso me pasa con mi pareja, somos partner a toda hora, hasta por mensajes, y esto se torna muy entretenido, pues a decir verdad a veces es incómodo estar en algunas situaciones que la vida te coloca y donde no puedes decir lo que quieres por respeto al otro.

Nos tocó compartir un cumpleaños de una muy querida amiga, la generosidad de su familia y de ella siempre nos llenan de gozo y alegría pues son muy cálidos y amenos.

Claramente tienen otra forma de vida muy distinta a la nuestra, pero no tenemos problemas en acomodarnos y de verdad nos hacen sentir bien así que se pasa bonito igual. Pero llegan otras amistades de ella y hablan de cosas que para nosotros no son importantes, pues en ese mundo de grandezas para algunos nosotros no encajamos, más bien y como siempre digo disfrutamos de lo simple no de lo superficial.

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Los caminos de la vida

Les cuento que cuando recién había logrado obtener mi licencia de conducir decidí en un acto de valentía ir junto a mi sobrina, quien estaba de visita y a quien no veía hacía un par de años, al centro comercial (más conocido como mall) en el auto.

¿Por qué digo que era un desafío? Porque el estacionamiento allá era una prueba para mí que como les dije hacía poco tiempo había sacado la licencia de conducir.

Llegamos, yo me estacioné maravillosamente, estuvimos en el supermercado, hicimos compras, nos reímos, compartimos, todo fenomenal hasta que llegó el momento de regresar a la casa y tenía que sacar el vehículo de reversa, el asunto era que estaba en medio de otros autos y en la parte de atrás había una pared de cemento, es decir, imagínense cómo son los estacionamientos de los centros comerciales en hora pick, el espacio con el que contaba era muy mínimo, mi sobrina se ofreció a orientarme y yo en un acto de soberbia le dije que no era necesario.
Comencé el proceso de reversa hasta que escuché un estruendo y quedé helada, miré a mi sobrina y estaba pálida, cuando atiné en fracción de segundos a reaccionar me di cuenta que me había estrellado de reversa con la pared de cemento y que había destrozado el foco trasero izquierdo (lado del/a conductor/a).
Para colmo de males, había autos detrás, que me miraron con cara de ¡pobrecita! Y siguieron.

Yo la verdad, me sentí terrible, entre asustada y avergonzada. Lo único que atiné fue a preguntarle a mi sobrina cómo estaba quien me respondió que bien y acto seguido llamé a mi pareja y le conté todo.
Su nivel de comprensión fue maravilloso, como siempre, me contuvo y acordamos que apenas pudiera salir del trabajo nos encontraríamos en donde yo anduviera.

Lo que de aquí en adelante pasó me produce entre risa y llanto porque partimos con mi sobrina a la aseguradora, afortunadamente tenía asegurado mi vehículo y mientras llamaba a reportar el siniestro (hasta el nombre es tétrico) estaba muy nerviosa, era la primera vez que algo así me pasaba y más encima saliendo del estacionamiento.
Típico que te preguntan ¿quién tuvo la culpa? Y yo al otro lado del teléfono con voz de culpable y cara de angustia respondía “yo soy la culpable, yo tuve toda la culpa”.

Después de esta confesión teníamos que ir a Carabineros de Chile (cuerpo policial que hasta ese momento se encargaba de accidentes y “siniestros” automovilísticos) para hacer la denuncia y llevarla de nuevo a la aseguradora.

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