Mi primera mascota

Nunca fui de crecer con mascotas, de hecho esquivaba siempre a esos animalitos que rondaban por mi casa, nunca crecí ni con perros ni gatos, pero con el correr de los años, una tarde de rutina me encuentro con un gatito chiquitito fuera de una casa, era tan indefenso y bebé, con suerte tendría unas semanas y lo veo ahí solito, maullando como quien pide a gritos que lo vean, que lo sienta.

No pude evitar acercarme y cuando lo vi me enamoré de ese ser indefenso, era tan exquisito, de colores café con leche y blanco, la dulzura de sus ojitos pardos me cautivaron y dije… parece un ángel… así que el nombre surgió de una… se llamará Angelito…

Es así como con ayuda de otras personas me lo llevé a la casa, tenía miedo de cómo sería nuestra convivencia pues nunca en mi vida había cargado ni tocado a un gato, así que era todo un desafío….

Me tocó enseñarle que podía estar en la casa y que yo lo querría y respetaría pero que él también tenía que hacerlo, pues a mi no me gustaba que me tocara.

De verdad creo que todo era muy raro.

Por suerte en la casa había quien le hiciera mimos, pero yo debía aprender a hacerlo y de hecho lo intenté muchas veces y creo que lo logré pero no como a él le hubiese gustado creo yo….

Tuve la dicha de tenerlo cerca de seis años a mi lado y nos hicimos buenos amigos, resultó ser todo un cazador, un gato muy perceptivo, muy llevado de sus ideas y por sobre todo muy pero muy desordenado.

A veces no llegaba a la casa por días, después que lo hacía llegaba todo cochino como si tuviera una pandilla de amigos.

Una noche cerca de navidad nos quedamos solos en casa y como de costumbre la ventana quedaba abierta para que él saliera a juntarse con su pandilla, lo extraño fue que como nunca estaba muy pegado a mi y como que no quería salir.

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El día en que fui odiada por ser migrante

Hace ya 10 años que vivo en Chile y mi experiencia entre sumas y restas es altamente positiva, es decir, durante este tiempo me he siento mayoritariamente querida, integrada e incluso cuidada.

Sin embargo, como todo en la vida no siempre ha sido así.

Recuerdo en particular un episodio hace varios años atrás que me dejó marcada por la intensidad de emociones que generó en un momento dado.

Parte de las funciones que tenía eran ir a dar charlas preventivas a ciertos grupos etarios y dentro de éstos se encontraba personal de las Fuerzas Aéreas.

Era un día común y corriente en mi trabajo, llegué al salón donde se suponía realizaría la charla, había alrededor de 30 conscriptos o soldados, la verdad es que la terminología militar no es lo mío.

Dentro del personal que aguardaba por mi, estaba el Mayor, Sargento o no sé qué rango tendría; pero era el Jefe del personal.

Un caballero amable, me saludó con cordialidad y luego de pedirle al grupo de soldados (más bien exigirles) que se “comportaran” se retiró, no sin antes, decirme que cualquier cosa le avisara.

No sé si me estaba previniendo de algo o qué, la verdad, yo supuse que eso era parte de la lógica militar.

Al quedarme a solas con el grupo, les saludé y di comienzo, como siempre, a la charla.

El tema era delicado, pues íbamos a conversar sobre la violencia de género y para nadie es un desconocimiento, que entre los cuerpos militares, dada la mentalidad que tienen en términos de jerarquías y estructuras, el rol de la mujer, muchas veces, está supeditado a los designios de los hombres.

La verdad, hice mi mayor esfuerzo por romper el hielo y que conversáramos desde lo real, que era lo que me importaba, sabiendo, que el grupo tenía la instrucción de “comportarse” y que quizá esto hiciera que hablaran desde el deber ser.

La charla trascurrió y a medida que el tiempo iba pasando empezaron a opinar, a dejar entrever las creencias que subyacen a las prácticas que podemos tener en la vida.

Estaba logrando mi objetivo, cuando en medio de un ejercicio, uno de los soldados me mira fijamente a los ojos, como si los suyos expulsaran fuego y me dice enfáticamente “por ejemplo: a mi no me gustan los extranjeros, yo los odio, ¿qué vienen a hacer a mi país? ¿por qué no se devuelven al suyo?”

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Hay palabras que duelen más que los golpes

Hay palabras que duelen más que los golpes, y créeme que esas heridas no sanan fácil, no basta con colocarle un algodoncito porque con eso solo puedo tapar el dolor y dejar que se pudra, necesitaba limpiarlas y que así pudieran regenerarse.

Una tarde de invierno recibo la llamada de mi prima, la que hasta aquel momento era como mi hermana, me decía que necesitaba urgente conversar conmigo por mi en ese entonces, nueva relación de pareja.

Me sentía nerviosa porque conociéndola lo más probable era que para variar no era lo que ella esperaba, pues toda la vida fue igual, creo que en su juego de ser la hermana mayor se sentía con el derecho a decidir por mi.

Claramente creo que esto no fue gratuito pues yo siempre buscaba su aprobación para todo.

Esta vez para mi era distinto, sabía que al elegir a mi pareja tocaba romper con muchas cosas y entre ellas con gran parte de mi familia.

Estaba consciente de lo que quería y buscaba al menos la posibilidad de que accediera a escucharme y a conocer a mi pareja, pero eso no ocurrió.

Siempre me dijo que cualquier persona que se me acercaba tenía o algún defecto o simplemente era muy poca cosa, como si yo fuera de la realeza, que todos me iban a querer por interés y que debía casi buscarme un artista.

Yo nunca le hice caso, porque al final igual terminaba aceptándolos, pero esta vez ya en 9 años creo que ya no fue.

Recuerdo que al comenzar a conversar lo primero que me dijo es que estaba cometiendo un error y que al igual que los yogurt tenía fecha de vencimiento.

Me dijo que mi pareja era mucho para mi, porque tenia mundo, que era intelectual, estudioso y viajero y que yo no encajaba.

Ya a esas aturas en que yo aún no hablaba me dio mucha risa porque era primera vez que ahora era mucho, ya que siempre era poco.

Me dejó en claro que si tomaba esa decisión implicaba una separación con la familia.

Llegamos al punto que realmente a mi me interesaba, que era cómo iba a quedar la relación con mi sobrino y futuro ahijado.

Ahí sentí como si estuviera en un espectáculo de box pues sentía que venían patadas y golpes duros por la forma en que ella me decía sin tapujos que me olvidara de que todo iba a ser normal con él.

Que me olvidara de ser su madrina y que viviera mi vida.

Recuerdo que me sudaban las manos y sentía mi cuerpo tiritar, intentaba estar digna cuando sentía que el alma se me partía en pedazos.

No podía creer en tanto egoísmo, si bien siempre ella tuvo una forma de ser muy brutal para decir las cosas, como les digo sin gritos pero no por eso no me violentaba.

Lo único que me atreví a decir es que paráramos la conversación, que por su hijo no me preocupaba porque para mi el valor del amor va más allá del título o la “responsabilidad” de ser madrina.

Le dije que no lo compartía y que me dolía pero que esperaría que él creciera pues apenas tenía 3 añitos y que lo que habíamos construido nos delataría con el pasar del tiempo.

A pesar de ser un relato muy duro creo que mi sobrino y yo logramos trascender muchas barreras, hasta el día de hoy él tiene 12 años y nuestro amor sigue intacto.

Luego de pasar por muchos desacuerdos para poder vernos y esperar a que creciera y pudiera él solito buscarme, lo que siempre ha hecho, logramos traspasar todas las piedras del camino.

No ha sido fácil pero ya está más grande y cada vez que viene a Chile como él dice siempre me avisa y me busca y yo le pido autorización a ella para poder verlo.

A pesar de que nunca logramos con ella volver a conversar el tema creo que se resignó y después de todos estos años de repente me escribe o me envía fotos de mi niño.

El poder del amor es tan mágico y tan increíble, pues desde bebé estuvo tan pegadito a mi que creo que fue un lazo tan potente que nos unió de manera magistral y hoy lo veo como dos o tres veces al año e intento disfrutarlo.

Ya sus conversaciones van cambiando, ya vamos dejando los juegos para centrarnos en conversaciones mas de grandes como dice él y yo vivo agradecida de ese regalo, el de sentir cómo nos amamos y de cómo el aceptó a mi pareja y le quiere y respeta.

Tuvimos que dolernos, tuvimos que llorarnos y extrañarnos pero al final siento que valió la pena pues si perdí a una prima creo haber ganado a un ser maravilloso que me refleja la inocencia y la bondad en esa mirada dulce que en él habita.

El me dice que me quiere feliz, que me ama a mi y a mi pareja y eso lo hace sentir en cada visita.


Mi supuesta amiga y hermana

Hace mucho tiempo tuve la dicha de conocer a una amiga, de esas que caen como estrellas fugaces en tu vida, esas que ni te avisan, esas que con simples sonrisas llegan para quedarse y enseñarte formas distintas de ver la vida.

Creo que el poder de la amistad es infinito y poderoso y cederle poder puede ser muy peligroso pues nos inundamos de las cosas buenas y las malas quedan guardadas o nunca afloran.

Pasamos momentos muy lindos con ella, de hecho la conocí porque llegó a trabajar a mi oficina, el grupo de compañeras en ese entonces era delicioso, pues a pesar de tener a una Jefa algo loca (risas) lográbamos pasarlo bien y generar un buen trabajo en equipo.

Ella estuvo presente en muchos momentos importantes de mi vida, lo cual le agradezco infinitamente.

El tema es que esta estrella fugaz de un día para otro comenzó a alejarse, se volvió muy yo-yo (modismo que define que sólo existía ella).

Justo dejó de trabajar con nosotras y creo si mal no recuerdo que tuvimos la dicha de reunirnos tal vez un par de meses que seguían, de ahí no más.

Ya no teníamos tema de conversación, sólo era pasarlo bien y salir de fiestas, ya no existía un cómo estás…

Eso generó que yo comenzara a inquietarme, pues de pasar a compartir a diario y a reírnos de la vida y sus matices pasamos a ni vernos, ni llamarnos sin explicación alguna.

Recuerdo que hice muchos intentos de llamarla, de ir a su casa y nada.

De hecho varias veces la encontré en la calle y me saludaba muy atenta pero siempre con un tono como de “ocupada”.

Un día me avisan que fallece su hermano en un trágico accidente, obviamente dejo de lados todas mis dudas e inquietudes y pienso que lo ideal es ir a acompañarla en tan doloroso momento.

Cuando nos vimos nos dimos un abrazo tan exquisito que creo que dejaba entre ver que había mucho cariño y que aún tenía la chance de conversar con ella y ver qué le pasaba.

Claramente no era ése el momento, ella me dice que con lo de su hermano ella pretende recuperar el tiempo perdido y remediar las estupideces que hacía desde que se había salido de su centro, con esas mismas palabras que no olvido.

Yo me alegro y le digo que qué rico sería tenerla de vuelta, pues siempre hubo una conexión como si en alguna otra vida hubiésemos sido hermanas.

Si cuando fuimos de visita al cementerio hace algún tiempo nos quedamos perplejas cuando vemos la tumba de una hermana mía que falleció antes que yo naciera que lleva su mismo nombre y año de nacimiento.

Cosas así fueron las que nos generaron mucho amor y cariño, esas cosas que la vida te brinda sin aviso y que llegan como sorpresas positivas a alimentar tu alma.

Ella es de muchas palabras y fue así que cuando salimos del funeral de su hermano me prometió y juró que nos juntaríamos.

Pasó mucho tiempo y nunca lo hizo, salvo cuando mi pareja le pidió que estuviera en mi cumpleaños, que era preparado de sorpresa por lo que mucho después me enteré.

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La bondad de mi padre

Años atrás cuando en un intento por mejorar la relación con mi papá, acordamos reunirnos al menos de vez en cuando, sí a ese nivel estaba la relación desde siempre, tan sólo para charlar y compartir un rato recuerdo una ocasión en particular.

Mi papá aún vivía sólo en el taller de mecánica que tenía, o mejor dicho arrendaba, era un día sábado y habíamos acordado que yo iría para allá para almorzar juntos.

El contexto financiero de mi papá era en total bancarrota, siempre me sorprendió, ahora que lo pienso, la tremenda capacidad que tenía para sonreír así la vida no lo hiciera muy seguido con él.

Llegué al taller y allí estaba él, sonriente, lleno de grasa, con sus ojos café oscuros y grandes, y su típico saludo de “hola mija”, parecía que no tenía mucho movimiento de trabajo de un tiempo para acá, le pregunté a dónde íbamos a almorzar y me respondió que al restaurante del frente.

Mi papá era un hombre de estatura baja (1,64 cm aproximadamente), siempre que lo recuerdo mayoritariamente fue de contextura gruesa; sin embargo, desde ese tiempo estaba flaco y para nadie era un desconocimiento que no tenía plata ni para comer muchas veces; no obstante, el salía airoso de la lucha diaria.

Reconozco que yo aceptaba la invitación a almorzar porque nunca me había invitado a nada en la vida, era mi manera de sentir, quizá, que él por fin, estaba asumiendo, así fuera tarde, la responsabilidad de tener una hija.

En fin, ese día, fuimos al restaurante del frente, él saludó amablemente a l@s dueñ@s a quienes parecía les conocía, me invitó a sentarme en alguna mesa y de inmediato ordenamos la comida.

Comenzamos a conversar de lo cotidiano del día; sin embargo, lo que a continuación ocurrió me dejó perpleja, tanto, que hasta la fecha lo recuerdo con total nitidez:

De la nada apareció un hombre pidiendo limosna, llámesele habitante de la calle, pordiosero, limosnero o como sea que se les dice en su ciudad, el caso es que este caballero se asomó a la puerta de entrada del restaurante pidiendo comida, hasta aquí esto no tiene nada de impactante, al menos no en Colombia.

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El poder que le cedí al miedo

 

De niña siempre lo digo tuve una infancia tan exquisita, tan perfecta que crecí pensando que el mundo era espectacular porque simplemente estaba rodeada de mi familia que eran muchos/as y recuerdo los cumpleaños, los malones, las fiestas y todos en patota. Hija única viviendo con adultos era muy entretenido pues era la regalona (modismo chileno para referirse a consentida), de ellos/as y los ojos de mi madre. Pasaba días tan lindos, en un ambiente donde al menos para mí todo era como de cuento, salía a pasear de la mano de mamá, intentaba aprender a andar en bicicleta y ella se sentaba a verme. La protección y esa unión tan fuerte que teníamos era sencillamente deliciosa y permitía que yo fuera y me sintiera la niña más feliz del mundo. A medida que llegaba la noche como yo era muy niña le pedía a mamá dormir juntas, y ahí toda la alegría se transformaba en una opresión en el pecho, pues siempre que nos acostábamos ella tomaba mi mano y me daba el beso de buenas noches y yo cuando ella lo hacía sentía mucha angustia, ganas de llorar y le decía que tenía mucho miedo de que ella se pudiera morir. Creo que ella intentaba consolarme pero que a ella igual le hacía sentido o al menos quedaba con la misma angustia no expresada.

Tuve la dicha de tenerla junto a mi hasta los 15 años de mi vida cuando un cáncer terminal le quitó la vida drásticamente, yo veía que ella se iba apagando lentamente y no podía aguantar el dolor que sentía de verla con todas esas cosas que le colocan en el hospital, por lo que le pedía con todas mis fuerzas a Dios que se la llevara y que yo me haría cargo de mi vida… creo si bien nunca me arrepentí de lo que pedí, nunca dimensioné el dolor hasta el día de hoy que siento por no tenerla, es más siempre le pido al universo la dicha de encontrármela en sueños para volver a sentirla, a escucharla, a contarle que hoy después de muchos años y de muchas tormentas tengo el amor que yo y ella soñamos, ese que te respeta, el que te acuna, el que te ama con su vida…

En esos muchos años viví nuevas pérdidas, muchas desilusiones  y fui testigo de cómo ese sueño de infancia al perder a mi madre comenzó a mostrarse en facetas horribles en donde sentí miedo, desconfianza y mucho dolor de ver y vivir cómo la gente que tanto me amaba hacía su vida y sin ningún pudor me daba la espalda en momentos en los que yo optaba por tomar mis propias decisiones, me hacían sentir que cualquier persona que me quisiera o se acercara a mi sería por interés como si yo no valiera nada y tantas miles de otras situaciones que ni en un libro alcanzaría a describir.

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La viejecilla de gafas… Mi súper tía

Aún la veo en un rincón de la cocina, en su diván, sentada tejiendo las bufandas para sus sobrinos en una fría mañana de invierno… su forma de ver la vida era magnífica, una mujer extremadamente limpia, preocupada de que todo le combinara a pesar de no tener el disfrute de ver los colores, cocinaba y ese toque mágico que le daba a sus preparaciones no necesitaban verse sino sentirse… aquella viejecilla delgada, que caminaba mostrando en sus canas la experiencia de la vida dura que le había tocado vivir mostraba en todo su esplendor  cómo los años pasaban por su lado y la mantenían intacta a sus sesenta casi setenta años… la sabiduría en cada palabra, la sonrisa en los labios en cada conversación, sus manos con esas arrugas fruto del esfuerzo, pues para ella era difícil vivir pero la energía que irradiaba permitía que eso se mantuviera en el más completo anonimato.

Le bastaron siete años para vivir completamente “sana” y disfrutar de su familia, hermanos y hermanas, primos/as y tíos/as, del compartir con sus padres en tiempos antiguos donde se daba el espacio del disfrute, donde la tecnología no hacía de las suyas. De ahí para adelante una dura enfermedad acabó por arrebatarle la vista, imagina que de pronto todo se oscurece y te dicen que ya no podrás ver más, que eso literalmente había sido todo… En nuestras muchas conversaciones tuve el tiempo de conocer su infancia, sus dolores y amarguras y la postura con que enfrentó desde ahí su nueva situación, su nuevo enfrentar la vida… Y re-comenzó todo con esa chispa que le dieron sus siete años de vida guiándose solita y armando su propio recorrido.

Desde pequeña recuerdo que para mí era mi super tía, pues no entendía cómo ella andaba para todos lados, lavaba, cocinaba, planchaba, combinaba su ropa, sabía dónde dejaba sus remedios y cómo diferenciarlos, es que de verdad era para mí mi super tía.

Recuerdo que de noche la iba a acompañar a su pieza, pues le encantaba encerrarse tempranito y escuchar música, colocaba una radio viejita a pilas debajo de su almohada la que no se apagaba hasta el otro día cuando se levantaba. Eran unas conversaciones llenas de sabiduría y reflexión, siempre el optimismo y las ganas de vivir estaban intactas para ella y siempre me aconsejaba en cada cosa que le contaba.

Una noche antes de que se fuera a descansar hablamos justamente de eso, como si la vida nos estuviera preparando para separarnos, incluso reímos mucho porque ella era muy práctica, ya con su pensión de invalidez había comprado su terreno en el cementerio y su lápida, como verán era extremadamente ordenada y me decía que por favor no hiciera tal de gastar dinero en flores o misas, porque cuando ella partiera estaría tan bien que nada de eso sería necesario, como todos al hablar de este tema siempre creo que decimos “las cosas que hablas, si eres joven aún para eso”, o evitamos diciendo “no quiero hablar de eso”, pero como siempre ella tenía una muletilla que decía “yo te digo no más”.

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Viviendo con el/a enemigo/a

¿Alguna vez han sentido que hay personas que logran sacar lo peor que habita en ustedes?, ¿Aquella oscuridad que ni ustedes mism@s sabían que existía?, ¿ese inframundo que nos ronda y que en ocasiones pareciera que se apodera de nosotr@s?

Pues eso por lo bajo es lo que despiertan en mi algunas personas, muy pocas afortunadamente, lo que sí me sorprendió y desconcertó fue encontrarme cara a cara con mi sombra…

Les confieso que ese encuentro no fue para nada agradable, más bien me llenó de pánico e impacto descubrir que al estilo del Dr Jekyll y Mr Hyde, en mí cohabitaban luz y sombra, es decir, siempre supe desde el raciocinio que así era; sin embargo, otra cosa es cuando te enfrentas cara a cara con ello.

Quizá crean que estoy hablando vagamente del tema, creo que la dificultad en enfocar surge de lo complejo que es, o sea, para nadie es secreto que esta sociedad resalta unas emociones por encima de otras; ya, si la idea tampoco es irme por la tangente.

Lo primero que confieso es que darme cuenta que me cuesta ser más tolerante con algunas personas por su forma de pensar o actuar ha sido un proceso en mi vida; no obstante me consideraba inclusiva o por lo menos, como dije, tolerante. El asunto es cuando la acción del/a otr@ atenta contra la tuya, es decir, cuando la libertad del@ otr@ coarta la mía y ahí sí que encontré tema, ahí comenzó a surgir en mí un malestar inconmensurable, más aún, cuando al abordar los conflictos las personas siguen insistiendo en hacer lo que te molesta sabiendo que eso no corresponde porque atenta contra tu espacio, tu individualidad, tu pedazo de libertad.

Acciones como sacar la basura y que la dejen afuera de tu casa cuando no es tu basura molestan, al menos a mí sí, ok, no me colocaré grave (como dicen en Chile) y si les dijera que no fue una ni dos si no mil y una vez, intentar estacionar tu vehículo afuera de tu casa y no poder porque hay otros autos que no son tuyos en el espacio que está delimitado para ti, querer estar en el patio de tu casa de manera tranquila y no poder porque el perro del/a vecin@ ladra y pareciera que si no fuera por una reja te ataca., y así podría seguir enumerando muchas situaciones que no son por sí solas las que te colocan al límite; es la sumatoria de ellas, la frecuencia con la que ocurren y la naturalidad con la que otras personas las toman lo que hace que en tu interior vaya cultivándose una ira y una impotencia indescriptible…

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En una encrucijada

Les ha pasado que sienten que han llegado a un lado del camino donde saben por dónde tienen que seguir, el camino conocido, ése de levantarse a determinada hora en la mañana, ducharse, vestirse, tomar desayuno, salir a trabajar, regresar en la tarde cansado, con el único deseo de dormir y descansar y a la vez con la tristeza de sentir que se te pasó otro día más, de rutina, de tu preciosa vida, de tu irrecuperable vida y tú sumido/a en la rutina…?

Sientes que quieres salir corriendo, dejar todo atrás y quedarte en tu casa, disfrutar del regalo de la compañía de tu pareja y tu gato y anhelas con todo tu corazón que te pase algo similar a lo que le pasó a Forrest Gump cuando le dijeron que era millonario y ya no tenía que preocuparse nunca más por el dinero y él, magistral y sabiamente respondió “¡qué bueno! Una preocupación menos”. Sin embargo, sabes que aún no te ha llegado esa señal, que quizá no te llegue y entonces sigues con tu rutina sintiendo que cada vez más te va carcomiendo el alma por dentro…

Y te preguntas ¿qué voy a hacer?, ¿qué quiero hacer? Y entonces comienza ese diálogo interminable interno en ti: Y con qué voy a emprender un negocio si pa eso necesito plata?, ¿y en qué lo voy a hacer?, en mi caso, además yo provengo del mundo de las ideas, es decir, de lo abstracto, ¿quién paga por eso? Cuando menos piensas, estás sumido/a en una profunda tristeza y te sientes en un callejón sin salida… Continuar leyendo


El Perdón

Alguna vez te has planteado la posibilidad de pedirle perdón a la persona que según tú te lastimó? Complejo cierto?

A la edad de un año mis padres se separaron y desde entonces viví sólo con mi mamá, añorando y pidiéndole ver a mi padre, a lo cual ésta accedía; sin embargo, el problema era que él no estaba disponible para mí. Esto qué significa? Que cuando yo iba a verlo en el taller de mecánica donde trabajaba, él simplemente no estaba o se encontraba ocupado, cuando me prometía algo no cumplía y lo que era más triste y doloroso para mí era verlo ser tan dulce y tierno con otro hijo que él tenía un poco más pequeño en edad que yo. Esta última parte reconozco que me lastimaba mucho porque me hacía preguntar qué tiene él que no tenga yo? O lo que es peor qué tengo yo de malo?

Claramente y por obvias razones que no entraré a detallar más para no hacer más largo el relato reconozco que crecí con un profundo resentimiento hacia mi papá, era rabia, ira en su máxima expresión, lo que sentía por aquel hombre. Ni los años en terapia, ni los miles de cojines que golpeaba o los muchos gritos que exclamaba me ayudaban a dejar de sentir rabia y para colmo de males como la vida es sabia a la edad de 25 años por esas vueltas que da mi papá terminó viviendo con nosotras (mi mamá y yo) en nuestra casa, aclaro que no es que hubiesen vuelto, simplemente por problemas económicos, básicamente no tenía dónde vivir, accedimos (la verdad es que yo no) a vivir con él y ahí fue más terrible porque de repente de 1 año a 25 años ha pasado claramente bastante agua debajo del puente como dicen, entonces de repente tener un papá que intente ser papá hablándome de mi mamá o lo que es peor intentando tímidamente controlarme con las salidas fue la gota que rebasó la copa. Todo esto es un intento resumido para intentar transmitirles que claramente mi relación con mi papá era de lo más complicada y compleja por decir menos.

Quiero destacar que ya siendo más grande tuve algunos tímidos acercamientos con él y en esto me ayudó profundamente ser estudiante de Psicología, por aquel entonces, en esos encuentros, mediados por el alcohol, él me pedía perdón, pero la verdad yo no le creía, crecí creyendo que mi papá no me quería porque no había indicios que me demostraran lo contrario, entonces por qué creerle ahora? Más aún cuando claramente no era un hombre que cumpliera su palabra y esto para mí lo hacía de no fiar.

En fin, a estas alturas de este relato, me imagino que es posible que el/la lector/a vea que con justa razón, yo le tenía rabia, en otras palabras, él se lo había buscado y desde ahí estaba más que justificado mi sentir. Si lo pusiéramos en términos de víctima y victimario, él era el victimario y yo la víctima, en un prisma blanco y negro, él sería lo negro y yo lo blanco.

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