El robo de la inocencia

Hoy escribo desde el silencio que guardó mi corazón cuando hace muchos años, en pleno crecimiento viví abusos de índole sexual.

Querían robarme la inocencia, a tal punto que debo decir que de cierta forma lo consiguieron.

Yo tenía apenas 9 años en una infancia que me inundaba de dicha, tenía todo lo que soñaba y estaba acompañada del mejor regalo de hija única… mi madre.

Entre tantos cumpleaños que se celebraban en casa de mis familiares y al cual asistían primos de mis primas, yo jugaba con esa pasión que tienen los niños sin ver más allá.

Los juegos eran al aire libre, al son de un columpio, de correr en campos que para mi eran gigantes.

Recorríamos de esquina a esquina ese sector detrás de una pelota, entre risas y gritos.

Hasta que una tarde como recuerdo llovía mucho nos hicieron jugar en casa, los primos de mis primas eran más grandes, recuerdo que eran 6 hombres.

Claramente todos distintos, dentro de ellos había uno que jugaba a hacerse el grande y comenzó por hacerlo con nosotras… niñas pequeñitas que no entendíamos qué era lo que pasaba.

Él comenzaba a hacerse el papá de la casa y eso incluía una voz de mando en la que inocentemente creíamos.

Desde preparar las tacitas del té a atender a las visitas pasábamos horas jugando hasta que esas visitas se iban y se quedaba él con nosotras.

Continuar leyendo


La desilusión en el trabajo

A mis 38 años aún, puedo decir sin miedo a equivocarme que quizá estoy atravesando por un momento difícil en el ámbito laboral o profesional. Me explico.

Típico que cuando me preguntaban para qué había elegido estudiar Psicología respondía totalmente convencida y segura “para ayudar a las personas”.

Con el tiempo descubrí que más que ayudar al resto era a mí misma a quien quería ayudar.

De eso han pasado ya más de 10 años quizá, y he transitado afortunadamente por distintos ámbitos de mi carrera.

En todos ellos siempre queriendo aportar, creyendo en que sí es posible generar un cambio social por muy adversa que sea la situación.

En varios de estos espacios de trabajo he salido hastiada por la corrupción, la violencia, por una realidad social marginal que se me viene encima.

Siempre recuerdo cuando en alguna intervención, con la mejor de las intenciones le decía a un joven “siempre la mejor vía para resolver los problemas es el diálogo” y él con esa experiencia que te da la calle me respondía “dígale eso a la bala que me disparan si intento ponerme a charlar y no salgo corriendo”.

¿Qué respondes?

Encoges tus hombros y tomas conciencia que por muy buena voluntad que tengas, estamos inmers@s en un sistema que es superior y que sería totalmente irresponsable seguir diciendo esas pelotudeces.

Si hay algo de lo que me hastié fue de trabajar en el área social.

Hay que tener estómago para estar ahí o hay que volverse indolente.

Yo no tengo ni lo uno ni lo otro.

Cuando miro hacia atrás los distintos empleos en los que he estado hay varios elementos en común:

Gente floja que no quiere hacer nada, gente floja que además de no querer hacer nada estorba o le molesta que el resto sí haga y gente inescrupulosa.

Ahora también hay la gente que sí quiere trabajar y aportar, lamentablemente, en muchos casos esa es la menor.

Yo siempre he dicho que para poder estar en un trabajo necesito vibrar con él, que me haga sentido.

Y es verdad, si no siento pasión por él, por lo que hago, lamentablemente no puedo estar, o mejor dicho, no estoy.

Esto va más allá de ganar dinero y de la necesidad que tenemos la mayoría de las personas que habitamos este planeta de pagar los consumos, la comida y de mantenernos.

Sin embargo de un tiempo para acá me he ido percatando de otra cosa:

El trabajo en vez de ser un factor protector y generador de placer se ha convertido en un factor estresante.

Persona con la que hablo me dice que está cansada, sin tiempo y lo que es peor, yo igual así me siento.

Agendas hasta mediados de año llenas o hasta fines inclusive, días a los que le faltan horas para poder responder con todas las demandas del resto.

Yo me pregunto: ¿para qué?

Continuar leyendo


Las consecuencias de la fuga de Copito

En una historia anterior les conté sobre la fuga de Copito.

Pues bueno, ese capítulo en nuestras vidas tuvo consecuencias, lamentablemente éstas fueron para él.

Como les había dicho, al lograr recuperarlo, Copito tenía una costra en su nariz y yo, ilusamente, pensé que era un resto del árbol de pino en el que se había subido.

Groso error.

Se lo arranqué pensando en que era una esquirla del árbol que se había depositado en esa parte de su cuerpo y creí que con eso estaría todo ok.

Lamentablemente no fue así.

A los pocos días, el pelaje de su nariz comenzó a caérsele y con él le quedaba un tremendo pelón en esa delicada zona.

De inmediato lo llevé a su veterinaria.

Le conté toda la situación del escape, los arañazos, el trozo de árbol en su nariz, etc.

De inmediato le inyectó corticoides, le recetó unos medicamentos y quedamos en volver a vernos en 2 días.

Hice absolutamente todo lo que la veterinaria me indicó, seguí el tratamiento al pie de la letra.

El asunto es que al segundo día que lo llevé a control con la veterinaria aparentemente estaba un poco mejor, así que de nuevo inyección y en 2 días más control.

Pasó una semana y el tema es que le comenzaba a salir pelaje en su nariz hasta que durara el efecto de la inyección del corticoides, luego de esto volvía a pelarse.

Era angustiante, era frustrante y era inmensamente doloroso porque Copito cada vez se asustaba más al saber que había que llevarlo a la veterinaria para que lo chuzaran.

Maullaba como loco, arañaba la jaula y se enrollaba sobre sí como sabiendo que al salir de ahí le esperaba la aguja de nuevo.

Se me partía el corazón, además porque nunca desde que lo tengo, he sido un aporte a la hora de tenerlo o ayudarlo a tomar cuando lo he llevado a la veterinaria.

Por poco me pongo a llorar y más bien, la veterinaria termina consolándome a mí.

Es lamentable mi condición y por más que trato de hacer de tripas corazón (como dicen en mi tierra), me cuesta muchísimo.

Esta vez no fue la excepción, yo me quedaba con él para que al menos me viera, mientras de nuevo lo volvían a inyectar.

Ya a estas alturas no aguanté más, así que al salir de la veterinaria, decidí consultar una segunda opinión.

Continuar leyendo


Cuando muerdes la mano del que te da de comer

Soy de las personas que cree que debemos ser agradecidos de la vida y de quienes están junto a nosotros no sólo en los buenos tiempos sino también en los malos.

No podemos borrar nuestra historia, nuestro pasado, nuestras heridas y quienes estuvieron ahí para salvarnos.

Claramente no es lo que me tocó ver y vivir hace algún tiempo atrás por parte de un familiar muy cercano.

A él y su núcleo familiar les cambió la vida radicalmente pero a favor, luego de años de problemas de alcohol, de desorden, de vivir una vida a punta de regalos, de no conocer el origen de los gastos, etc.

Después de estar esperando las horas para que literalmente muriera luego de que su cuerpo reventara por el alcohol, cuando ya no le quedaba sangre en el cuerpo y los doctores decían que de esa noche no pasaba viene el regalo de Dios para él que lo continuaba dejando en la tierra.

Sus posibilidades comenzaron a hacerse una realidad y salió del peligro, tanto así que por alrededor de dos o tres años cambió su vida a favor y junto a él la de su núcleo familiar.

Durante ese tiempo rejuveneció, ya no probaba nada de alcohol, hacía ejercicios y su semblante era muy distinto.

Junto con este cambio vinieron otros. Se apoderó de un negocio de su padrastro, quien estaba muriendo lentamente y donde las cuentas eran negativas.

El toma este negocio y lo repunta, con claros intereses lucrativos por ser como él.

Lo logra, y él y su núcleo tienen un cambio de vida que es a toda vista a otro nivel.

En este cambio el comienza a sentirse dueño del mundo y de quienes también somos familiares y ahí comienza el caos.

Pretendía manejarnos todo y comprarnos con su sucio dinero. Como no me hice parte comenzó a destruirme, más bien dicho a tratar de hacerlo.

Fueron tantos altercados y tanta prepotencia que al recordarlo me viene esa nostalgia de sentir y creer que nuestros padres tenían tanta bondad que no lograba entender de dónde él sacaba ese genio, esa forma de ser tan cruel y humillativa.

Claramente cuando él vivía con sus adicciones quienes estábamos ahí éramos nosotros, velando por sus hijos que a veces no tenían ni qué comer ni mucho menos con qué vestirse.

Hoy para ellos no existe tal pasado, ahora ya no saluda, ya no se junta con gente como nosotros, dice que no lo hace porque somos unos aprovechadores sin ningún atisbo de encontrar de dónde.

Continuar leyendo


Besos al cielo en el día de la madre

Hoy en el día de la madre necesito escribir esas emociones que aprietan mi pecho, ese olor a ausencia que percibo en cada recodo de mi alma.

Tuve la suerte de tener varias madres… sin duda alguna quien me tuvo en su vientre es la primera, esa gordita de mirada coqueta, que  sin hablarnos me entendía.

De la que recibía esos abrazos que me atrapaban entera como sintiendo que sus brazos eran el refugio perfecto.

Hace muchos años que partió y ¿sabes algo? Es increíble pero cuando pienso en ella, cuando la veo en mis recuerdos aún siento hasta la forma de sus manos que me encantaban.

Aún recuerdo su voz, como cuando me cantaba… me parece estarla viendo sentada en ese sillón con vista al patio donde le encantaba leer el diario.

Ella fue madre y padre, por ello todo mi amor, gratitud y reconocimiento… debo reconocer que hizo el trabajo perfecto.

Pienso en todo su pasado antes de tenerme y creo que fue un trabajo duro, donde el camino le tenía preparada varias piedras, atajos y riachuelos en donde con miedo y todo sé que las pasó.

Una mujer dulce, guerrera, apasionada, de una ternura infinita que hasta hoy que la recuerdo me derrite.

Continuar leyendo


La vieja casona de mi tía

Recuerdo mi infancia con añoranzas y agradecimientos. Cuando era niña iba con mi madre y mi abuela a ver a mis tíos y tías a un pueblito cerca de mi ciudad.

En esos tiempos  era un panorama ideal, recuerdo que preparábamos maletas y nos íbamos por semanas.

Llegábamos a destino y todos mis tíos estaban fuera de la casa esperándonos con ansias y esos abrazos eran interminables.

Nos llenábamos de cariño, éramos un grupo grande y yo en ese entonces la única niña.

Traviesa y juguetona es como me veía, una niña feliz rodeada de amor.

Por su lado tenía un mundo de vecinos/as que me esperaban en la casa de al lado para comenzar a jugar rápidamente para aprovechar el tiempo.

Esos juegos en los que no necesitabas una consola o un computador, esos juegos donde compartías con los demás, donde podías tirar la pelota al vidrio de la vecina y esta salía con cara de enojada a decirte que no se repita.

Podíamos estar hasta altas horas de la noche y no pasaba nada malo.

Sabía que era hora de entrarme porque se sentía ese olor a comida exquisito que avecinaba que había terminado la jugarreta.

Me despedía de mis amigos y coordinábamos el día siguiente con hora y lugar… no perdíamos el tiempo.

Entraba a la casa de mi tía y continuaba para mí la diversión, pues después de cenar mi tía en compañía de mi mamá recogían la loza dejaban todo listo y jugábamos a las cartas, mientras mi abuela se iba a dormir.

Continuar leyendo


La ceremonia de titulación de mi sobrina

A decir verdad provengo de una familia pequeña, en la que del matrimonio somos 2 hermanas (mi hermana mayor y yo) y de su propia familia tengo 1 sobrina de 27 años aproximadamente.

La relación con mi sobrina cuando la miro a lo largo de estos años fue creciendo de menos a más.

Antes que ella llegara yo era el centro de atención, entonces antes que ella naciera, sentía celos y miedo que fuera a quitarme el lugar que tenía hasta ese momento.

Sin embargo, cuando nació tengo que confesar que todo cambió, me enterneció y también reconozco que el papel de mi hermana en esto fue fundamental porque no me hizo a un lado.

Todo lo contrario, me invitaba a que le diera de comer, a que la hiciera dormir, dejaba que la cargara, entonces dejaba que fuera parte de este hermoso proceso.

Yo adolescente, en ese entonces, seguí en mi mundo y cuando mi sobrina comenzó a balbucear las primeras palabras y dar los primeros pasos andaba detrás de mí.

Sinceramente, siendo adolescente, esto me molestaba o inquietaba porque como comprenderán en la adolescencia a duras penas te aguantas por rato a ti misma.

Cuando comenzó a dibujar me hacía infinidad de dibujos, podría decir sin temor a equivocarme que todos los días tenía este hermoso regalo.

De la infinidad de obras de arte que me hizo, guardo una preciada colección.

Así transcurrieron los años y yo terminé por convertirme en quien revisaba sus tareas, y quizá, a mi modo de ver, la veía.

Hasta que llegado un momento descubrí que en vez de estar siendo la tía estaba asumiendo el rol más de mamá, obviamente que darme cuenta de esto, fue gracias a un proceso terapéutico.

Ahí muy a pesar mío, decidí que era hora de asumir el lugar que me correspondía de ser tía, aún si eso implicaba dejar sola a mi sobrina en la casa, en términos de la presencia y el rol que venía trayendo con ella hasta ese momento.

Fue una transición dura y dolorosa, implicó que por decisión propia me fuera a vivir sola y ahí recuerdo las palabras de una gran amiga que me dijo: “si quieres ayudar a tu sobrina, demuéstrale que se puede ser feliz con tu propio ejemplo, que la vida puede ser distinta”.

Me costó no se imaginan cuánto, me dolió y sentí mucha culpa porque a pesar de saber que era lo que necesitaba hacer, también sabía que era abandonarla y por mi propia historia tengo temas con eso, porque sé lo que se siente ser abandonada.

Continuar leyendo


La fuga de Copito (I parte)

Como les había contado en otras historias anteriores, al año de haber llegado a vivir a Chile, decidí que era momento de irme a vivir sola, es decir, con mi gato.

Quienes tienen o han tenido contacto con gatos saben que éstos son animales de hábitos.

Por consiguiente, cualquier cambio que introduces en sus vidas, puede generar alteraciones en sus conductas o estados de ánimo.

Así que si puedes, la idea es ir introduciendo de a poco estos cambios.

Lo menciono porque Copito desde que yo llegué había estado en esa casa, al comienzo afuera y luego adentro.

Era un gato que salía a recorrer y volvía a dormir, a pesar que la veterinaria me había sugerido que si podía lo dejara sólo adentro.

No obstante como vivía con 2 personas más era imposible que éstas fueran estrictas en esto con él, por lo tanto, él seguía saliendo.

Cuando ya había decidido irme a vivir sólo con él, se iban a presentar varios cambios:

  • Cambio de casa
  • Cambio de personas alrededor
  • Cambio de alrededores
  • Ya no podría salir, es decir, iba a ser un gato indoor.

No era menor lo que le esperaba o mejor dicho, lo que nos esperaba.

Lo primero que hice fue llevarlo a que estuviera un rato en la casa mientras la limpiábamos, para que se familiarizara con el entorno.

Al día siguiente nos fuimos con todas nuestras maletas y aquí comenzó la odisea.

Miraba la casa y la recorría al comienzo con curiosidad, a mi modo de entender, luego empezaba a maullar, me imagino, que llamando a las otras personas o queriendo salir.

Nos habíamos ido a vivir a una casa en el centro de la ciudad, por ende era una lugar muy transitado por vehículos, era un entorno desconocido para él.

Las posibilidades que se perdiera eran infinitas o que le pasara algo y yo no estaba dispuesta a arriesgarlo así.

Reconozco que esos días fueron muy intensos y tensos porque lo que menos quería era lastimarlo y sentía que lo estaba haciendo.

Como le había consultado a la veterinaria y me había documentado para hacer este cambio, decidí entonces, comprarle un arnés (especie de collar para sacar a pasear a gatos o perros).

Averigüé cuáles eran los mejores y más seguros, supuestamente.

Copito estaba alterado, maullaba, recorría la casa y en ocasiones se echaba en un rincón.

Pensarán que soy la más bruja de todas las brujas, créanme que peor me sentía yo.

Sentía miedo, Copito era lo único que tenía y no quería arriesgarme a perderlo.

Era mi conexión con la humanidad, no la ajena, si no la propia, por llamarlo de alguna forma.

Una vez comprado el arnés, el plan era primero probarlo con él en la casa de a poco, 1 minuto, luego 3 y así sucesivamente, hasta que se familiarizara con éste y así lograr sacarlo a pasear.

Fui persistente e insistente con esto. Al comienzo le molestaba.

Copito ha sido un gato al que no le gustan ni collares, ni arnés, ni ropa, ni nada que le coloques.

Ésa es una de sus características desde siempre.

Sin embargo, yo tenía la esperanza que con el arnés fuera distinto.

Transcurrido un mes quizá, pensé, ilusamente, que ya estábamos listos para dar el primer gran paso:

Sacarlo a pasear con el arnés, ahí alrededor, es decir, afuera de la puerta de la casa, literalmente.

Esta experiencia fue positiva dentro de todo, intentó zafarse del arnés y ahí yo apliqué presión, en términos, que era yo la que estaba al mando, obviamente, sin lastimarlo.

Duramos unos breves y a la vez largos minutos, yo muerta de susto; no obstante, como todo salió “bien”, dentro de lo abordable, no tuve problema.

Así seguimos por varias semanas, incrementando frecuencia en días y tiempo de salida, eso sí, siempre afuera de la puerta de la casa.

Hasta que un día como de costumbre lo saqué a pasear con el arnés, él intentó como era habitual zafarse y como siempre pasábamos por este ritual, yo le llamaba la atención y listo.

Él comenzaba a oler y caminar alrededor hasta que pasados unos minutos nos entrábamos, pensé que era más de lo mismo.

Estaba muy equivocada…

De repente estando en medio de esta pugna que se intenta zafar y es como si caminara hacia atrás y yo que le llamaba la atención, cuando en cuestión de segundos, me quedé con el arnés en la mano.

Se había logrado soltar.

Continuar leyendo


Pánico a volar

Algunas veces me pasaba que me costaba trabajo comprender cuando había personas que manifestaban sentir miedo incontrolable hacia algo o alguien, por ejemplo, gente que le tiene miedo a los perros, a las alturas, etc.

No me refiero a los nervios que te puede llegar a producir, me refiero a ese miedo que más que miedo es pánico, es terror, que te petrifica, te detiene, te altera.

La verdad es que pensaba que eran exagerad@s, ¿cómo tanto?

Hasta que me pasó a mí:

Primero aclarar que cuando vives en el lugar donde vivo ahora, vientos que alcanzan más de 100 km/h, ahí te das cuenta que la leve brisa que yo sentía en mi Cali natal no es nada.

Entonces el panorama cambia, lo que antes sentías como “turbulencia” cuando volabas no es la misma que la que puedes sentir estando en el aire con esos vientos que salen acá.

Recuerdo que la primera vez en mi vida, que viajé en avioneta fue justamente acá y se suponía que el vuelo debería durar 11 minutos.

Sí, tan sólo 11 minutos.

¿Qué me podría pasar estando en el aire durante 11 minutos? Pensé.

Bueno mucho, tanto que desde aquel entonces, no soy la misma ni me relaciono de igual forma con los aviones o cualquier medio de transporte que no sea terrestre acá.

La avioneta de la que les hablo cuenta en total con 8 puestos, incluyendo el piloto.

Sale así llueve o truene, es decir, si hay vientos de más de 100 km/h que es común acá, pues sale, ¿cuál es el problema?

Recuerdo que cuando llegué al aeropuerto y la vi dije “qué bonita!”, “tan chiquita”.

De ida fue tranquilo el vuelo, contemplas un paisaje maravilloso, indescriptible, como son los paisajes que hay por estas tierras.

Y a los 11 minutos exactos ya estábamos del otro lado.

“Genial” pensé, esto es todo, qué bien!.

Al  regreso fue que comenzó la odisea.

Continuar leyendo


Mi primera mascota

Nunca fui de crecer con mascotas, de hecho esquivaba siempre a esos animalitos que rondaban por mi casa, nunca crecí ni con perros ni gatos, pero con el correr de los años, una tarde de rutina me encuentro con un gatito chiquitito fuera de una casa, era tan indefenso y bebé, con suerte tendría unas semanas y lo veo ahí solito, maullando como quien pide a gritos que lo vean, que lo sienta.

No pude evitar acercarme y cuando lo vi me enamoré de ese ser indefenso, era tan exquisito, de colores café con leche y blanco, la dulzura de sus ojitos pardos me cautivaron y dije… parece un ángel… así que el nombre surgió de una… se llamará Angelito…

Es así como con ayuda de otras personas me lo llevé a la casa, tenía miedo de cómo sería nuestra convivencia pues nunca en mi vida había cargado ni tocado a un gato, así que era todo un desafío….

Me tocó enseñarle que podía estar en la casa y que yo lo querría y respetaría pero que él también tenía que hacerlo, pues a mi no me gustaba que me tocara.

De verdad creo que todo era muy raro.

Por suerte en la casa había quien le hiciera mimos, pero yo debía aprender a hacerlo y de hecho lo intenté muchas veces y creo que lo logré pero no como a él le hubiese gustado creo yo….

Tuve la dicha de tenerlo cerca de seis años a mi lado y nos hicimos buenos amigos, resultó ser todo un cazador, un gato muy perceptivo, muy llevado de sus ideas y por sobre todo muy pero muy desordenado.

A veces no llegaba a la casa por días, después que lo hacía llegaba todo cochino como si tuviera una pandilla de amigos.

Una noche cerca de navidad nos quedamos solos en casa y como de costumbre la ventana quedaba abierta para que él saliera a juntarse con su pandilla, lo extraño fue que como nunca estaba muy pegado a mi y como que no quería salir.

Continuar leyendo